Los diamantes son para siempre: 75

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Nuestro Boletín de Plumas Azules, que inició y persiste gracias al esfuerzo personal de Miguel Díaz, llega a su número setenta y cinco. Los boletines semanales llevan la colaboración de varios miembros de nuestro Consejo de Plumas Azules y de articulistas, columnistas invitados. Y como en la vida de las personas e instituciones, hay ciertos números casi mágicos o simbólicos, y el 75 es uno de ellos.

Las bodas de oro son de cincuenta años y las de setenta y cinco son de diamante. Así que podemos celebrar como un diamante (azul) el número setenta y cinco. Simbólico pero real en nuestro andar de comunicadores en materias sociales y políticas a favor de México.

Una exitosa película de James Bond era la de “Diamonds are forever”: los diamantes son para siempre, y bien podemos esperar que esta semana setenta y cinco continúe indefinidamente con el esfuerzo editorial de muchos, acostumbrados a reflexionar y de allí a escribir con calidad, estilo, entusiasmo, analizando la realidad y devenir político-social mexicano principalmente.

MI 75 PERSONAL.

Este número 75 me lleva a una experiencia personal muy valiosa. Se trata de mi participación en un curso para ejecutivos senior, con experiencia, en una institución universitaria del Canadá, que se realizaba dos veces al año (de 1952 a 2001), presencialmente, después de haber leído varios meses antes textos relativos al tema de cada curso, llamado por ellos “sesión”.

Era la Escuela de Administración Avanzada de Banff, BSAM, en la población del mismo nombre, en la provincia de Alberta. El curso era para personas canadienses y de otros países con al menos 35 años de edad, experiencia a nivel de dirección de empresas y otros requisitos más. Esta escuela era respaldada por cuatro prestigiosas universidades de ese país: Alberta, British Columbia, Manitoba, y Saskatchewan, cuyos maestros se reunían dos veces al año por cinco semanas en magníficas instalaciones. Colaboraba yo entonces en Pemex con la dirección corporativa de finanzas, y al recibir una beca de la escuela, tuve la oportunidad de aprovecharla.

Había años antes estudiado en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, con beca de ese reino, y una de las grandes riquezas intelectuales que se adquieren estudiando en otros países, es la de la convivencia con estudiantes provenientes de otras culturas. Se aprende mucho de la vida de otros pueblos, amén de la del país sede, y de nuestra propia visión nacional.

En el caso de Banff, mi “sesión” era precisamente la número 75, y terminé convencido de la verdad simbólica de que los diamantes setenta y cinco son para siempre.

De unos 35 participantes la mayoría eran ejecutivos y funcionarios canadienses, el resto, dos mexicanos, un coreano (que nosotros adoptamos), un dominicano, cuatro malasios, un gringo y dos eslovacos. Como regiomontano, pude aprender que los canadienses, en su cultura, trato humano, interés por el trabajo y el aprendizaje, semejaban la cultura del mundo ejecutivo regiomontano.

Esos canadienses con los que conviví muchas horas académicas (diez diarias de clase y estudio de casos, cuatro y media los sábados y cinco los domingos) más las de convivencias, me resultaron personas muy agradables, sencillas y amigables. Mucho puedo decir también de los otros extranjeros. Un detalle: en Canadá la puntualidad (inglesa) es esencial. Aparte de lo estudiado y lo compartido de experiencias ejecutivas personales, lo aprendido de las personas lo considero lo más valioso.

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