Criticar no basta: proponer es el camino: Gustavo Vicencio

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«Que el propósito común nos una en la labor conjunta, 

infinitamente superior a los motivos personales de separación o discrepancia» 

Manuel Gómez Morin

      Durante años la oposición mexicana ha vivido confortable en el terreno de la denuncia. Señalar los excesos del morenismo —la corrupción, la militarización sin resultados, el desabasto de medicinas, el huachicol fiscal, la captura de las instituciones— es necesario y, la mayoría de las veces, justo. Pero la crítica, sin una propuesta que la acompañe, se agota en sí misma. Se convierte en ruido de fondo que el gobierno en turno aprende a ignorar y que la ciudadanía, cansada, deja de escuchar. Si la oposición aspira a algo más que administrar la indignación, tiene que dar el siguiente paso: decir qué haría distinto.

      Por eso vale la pena detenerse en un hecho reciente que, más allá de las filias partidistas, merece reconocimiento: la presentación por parte del PAN de las «111 Soluciones para México», un paquete de propuestas concretas en materia de seguridad, salud, economía, combate a la corrupción y fortalecimiento institucional. No se trata de un documento teórico redactado desde un escritorio, sino de un ejercicio que recoge, según sus propios dirigentes, experiencias ya aplicadas en gobiernos panistas y aportaciones de militantes y ciudadanos. Entre las propuestas destacan algunas que merecen subrayarse. En seguridad, plantea el uso de tecnología y patrullajes con drones, la integración de cámaras de videovigilancia particulares al sistema C5, y penas de cadena perpetua para funcionarios coludidos con el crimen organizado. En salud, retoma la idea de un esquema tipo Seguro Popular para garantizar cobertura a quienes carecen de seguridad social. En materia económica propone reducir el IVA del 16 al 10 por ciento, bajar el IEPS a los combustibles y exentar del ISR a los aguinaldos y salarios menores. También plantea sanear las finanzas de Pemex mediante la venta de la refinería de Dos Bocas, así como duplicar en seis años el número de policías locales y devolver gradualmente a las Fuerzas Armadas a sus tareas originales.

      Se puede coincidir o no con cada punto. Algunas propuestas generarán debate legítimo, incluso dentro de las filas panistas. Pero ese no es el punto central. Lo relevante es el mensaje de fondo, expresado con claridad por los propios líderes del partido: México no necesita solamente una oposición que critique, sino una alternativa que ofrezca soluciones concretas y viables. Ese giro discursivo, de la queja permanente a la propuesta articulada, es exactamente lo que la ciudadanía ha reclamado durante años.

      Aquí conviene insistir en algo incómodo pero cierto. Sabemos que los partidos políticos cargan con una pésima reputación. La desconfianza está más que justificada por años de simulación, de intereses particulares disfrazados de causas nobles, de siglas que compiten más por el poder que por las ideas. Sin embargo, nos guste o no, en una democracia el poder se conquista, se limita y se sustituye a través de la participación política, y esa participación pasa, inevitablemente, por los partidos. No existe otra vía institucional para llegar al poder y transformarlo desde adentro. Quien renuncia a esa cancha por desprecio, no derrota a los partidos: simplemente deja el terreno libre para que lo ocupen otros.

Las «111 Soluciones» no son perfectas ni definitivas. Son, eso sí, un primer avance necesario: una oposición que empieza a construir narrativa propia en lugar de limitarse a reaccionar ante la agenda del oficialismo. Ese esfuerzo merece valorarse, no como propaganda partidista, sino como una señal de que al menos una parte de la oposición entendió la lección: gobernar no se demuestra criticando, se demuestra proponiendo.

 Ahora corresponde al PAN predicar con el ejemplo: regresar a su vida democrática, a luchar internamente contra la simulación y el grupismo, a escuchar todas las voces, en particular las más incómodas y críticas. Solo así tendrá la autoridad moral para presentarse ante la ciudadanía otra vez como una opción creíble, confiable, que ha aprendido de sus errores y que tiene visión de futuro. El reto de a la ciudadanía será exigir que esas propuestas se sostengan, se enriquezcan y se cumplan, pero sobre todo, irse involucrando más y más en la política a fin de que los espacios que ahora tienen los “indeseables” los ocupen líderes y personas de bien que buscan verdaderamente el bien de México. Está interesante el reto de la simbiosis partidos-ciudadanos. ¡A darle!

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