El tigre y la Constitución
Conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes en lo que sea indispensable para afianzar la paz y el porvenir de la nación
Benito Juárez
Antes de partir al exilio, Porfirio Díaz le dijo a Victoriano Huerta: Madero ha soltado un tigre, a ver quién lo amarra”. En los órganos del Estado, en todos los órdenes, hubo continuidad. Luis Cabrera declaró: “Revolución que transa es revolución vencida o perdida”.
Muchos personajes relevantes habían previsto el fin de la dictadura y hacían propuestas de cómo reemplazarla. Justo Sierra proponía en 1892 un partido único, liberal y conservador. Francisco Bulnes hablaba de bipartidismo; es decir, organizar a las corrientes políticas que desde la independencia contendían por el poder. En 1903, al discutirse la sexta reelección de don Porfirio, expresó: “El país quiere, ¿sabéis, señores, lo que verdaderamente quiere este país? Pues bien, quiere que el sucesor del general Díaz se llame (…) la ley”. El jurista chiapaneco Querido Moheno escribió en 1908 un interesante ensayo denominado “¿Hacia dónde vamos?”. Transcribo tres ideas.
El diagnóstico: “Díaz se encontró con un cuadro de instituciones tan avanzadas (…) y con un pueblo de indigentes, inculto, viciado en las abominables prácticas de la guerra civil, y necesariamente sin noción siquiera del respeto a la ley”.
La propuesta: “Esa solución se alcanza por la organización de los partidos políticos, por el sufragio activo y limitado, en un medio de publicidad, de libertades públicas, a la cabeza de todas las libertades de imprenta, garantizada por la inmovilidad de los funcionarios judiciales y el jurado popular extendido a toda la nación, dentro de una norma sencilla de gobierno, aplazando para mejores tiempos el federalismo, que entre nosotros vincula al caciquismo odioso”.
Agrega una reflexión audaz e inquietante: “Los gobiernos parlamentarios no solamente son una excelente escuela práctica donde el pueblo se educa y adiestra para la vida pública, sino que reúne esta inmensa ventaja: duran tanto tiempo cuanto benefician al Estado y cesan en el momento en que su gestión no responde a los anhelos de la opinión pública”.
En el mismo año, don Porfirio declara que vería con buenos ojos la creación de partidos porque ya estaba el pueblo de México preparado para la democracia. En el mismo sentido, Madero (en su libro La sucesión presidencial) hace una crítica al gobierno y coincide en las propuestas. Al año siguiente, Andrés Molina Enríquez hace un repaso insistiendo en el asunto agrario como uno de los grandes problemas nacionales. Termina su estudio con las siguientes alentadoras predicciones: “Tiempo es ya que formemos una nación propiamente dicha, la nación mexicana, y que hagamos de esa nación soberana absoluta de sus destinos y dueña y señora de su porvenir”.
Finalmente, Venustiano Carranza, sustentando su iniciativa de ley en las tesis de Emilio Rabasa Estebanell, adopta el régimen presidencial que en mucho correspondía a un porfirismo acotado. Con la Constitución de 1917 se amarra de nuevo al tigre.
En 1968 Octavio Paz nos advirtió de la fiereza del animal. Siendo poeta, prefirió sustituirlo por el rey de la selva: “La vergüenza es ira/vuelta contra uno mismo/si/una nación entera se avergüenza/es león que se agazapa para saltar”.
En marzo de 2018, en la Convención Nacional Bancaria, AMLO, entonces candidato a la Presidencia, dijo: “Si hay fraude, yo me voy a Palenque, Chiapas, y a ver quién amarra al tigre”. Ganó. El periodo posterior a su triunfo fue el embelesamiento de su ego. Culminaba una lucha heroica e iniciaba la acariciada era de hacer su voluntad y designar a subalternos sumisos.
Gobernó y asumió el poder en plenitud. Sí, se fue a Palenque, pero continúa entrometiéndose en la administración actual. Es un fajador empedernido. Lo de él es medirse con el prójimo, no aliarse en una tarea común. Su Cuarta Transformación y su movimiento se tornaron cascarón vacío. Cumplió: soltó al tigre.
