octubre 28, 2026

CUANDO LA CALLE REBASA A LOS PARTIDOS

Lo que Serbia le enseña a México para vencer a un régimen autoritario

«Locura es hacer lo mismo una y otra vez

y esperar resultados diferentes.»

— Atribuida a Albert Einstein

UNA VICTORIA HISTÓRICA POR LA NORMALIDAD DEMOCRÁTICA

El resultado de la elección en Serbia es histórico. Tras catorce años, pierde el poder el Partido Progresista

Serbio de Aleksandar Vučić —el hombre fuerte del país, el Peje serbio—, ministro de Información de

Milošević, primer ministro desde 2014 y presidente de 2017 hasta su renuncia en septiembre de 2026. Y

lo pierde en una elección que él mismo convocó.

Una lista sin partido, sin líder y sin políticos de carrera ganó sola la mayoría absoluta del parlamento, y

Vučić tuvo que reconocer la derrota esa misma noche. Para leer bien a Serbia hay que despejar primero

cuatro lecturas cómodas y falsas. No fue izquierda contra derecha, ni liberales contra conservadores, ni

ricos contra pobres, ni una lucha entre generaciones. Quien lo mire con esos lentes no entiende por qué

la Lista Estudiantil derrotó a Vučić.

No fue ideológico. Los investigadores del Instituto Harriman de Columbia lo llamaron un movimiento «no

alineado»: su fuerza venía de exigir justicia y negarse a tomar partido, de modo que orientaciones opuestas

cupieran bajo el mismo techo. Unos lo acusaron de nacionalista; el régimen, de instrumento extranjero.

Ninguna etiqueta pegó.

No fue de clase. En la misma calle estuvieron agricultores, sindicatos, médicos, maestros, artistas y

empresarios.

No fue generacional. Lo encendieron los jóvenes, pero ningún estudiante fue candidato: la lista la

integraron profesores, médicos y profesionistas de todas las edades, y el movimiento contó desde el

principio con el respaldo de maestros, académicos y autoridades universitarias.

El eje fue otro: recuperar la normalidad democrática. Las demandas se formularon como exigencias

legales, no políticas: que la Constitución y la ley valieran para todos. El semanario independiente Vreme lo

describió como patriotismo constitucional.

Dos estudiantes de la Facultad de Artes Dramáticas lo dijeron más simple: «insistimos en que las

instituciones hagan su trabajo». Lo que pedían era vivir con normalidad en su propio país.

1.Esa es la lección para México. Aquí el debate público está secuestrado por falsas dicotomías: pueblo contra

élite, transformación contra conservadores, pobres contra ricos. Es el marco que el poder impone porque

le conviene. Serbia muestra que se gana cuando se rompe ese marco y se pone en el centro algo que no

es de izquierda ni de derecha: que las instituciones vuelvan a funcionar, empujadas por ciudadanos que

no le deben nada a nadie.

En México no hay dos bandos, sino tres: el morenista, que defiende al régimen; el opositor, que quiere

recuperar lo que perdió, y el ciudadano, que sólo quiere un país que funcione. Los dos primeros se

necesitan para existir. El tercero es mayoría y no tiene quién lo represente.

Una advertencia. Este ensayo no propone una estrategia; interpreta una lección. Serbia no se copia: se

lee. Su sistema electoral, su calendario y su historia no son los nuestros, y lo que funcionó allá tendrá que

traducirse aquí con paciencia, prueba y error. Lo que sigue señala un camino; recorrerlo es tarea de

muchos y está casi todo por hacer.

LA CHISPA NO BASTA; LO QUE CUENTA ES DURAR

Todo empezó con un derrumbe. El 1 de noviembre de 2024 cayó la marquesina de concreto de la estación

de trenes de Novi Sad, recién remodelada, y mató a 16 personas. Para buena parte de los serbios no fue

un accidente: fue la corrupción en la obra pública con nombre y apellido.

México conoce esa escena. La Línea 12 se cayó y no pasó nada. La diferencia no estuvo en la tragedia sino

en lo que vino después: en Serbia la indignación no se disolvió en una marcha y un hashtag. Se organizó, y

duró dos años.

Durante esos dos años los estudiantes no negociaron con el gobierno. Sus demandas eran pocas, concretas

e innegociables: rendición de cuentas por la obra, por la represión, por el uso faccioso de las instituciones.

Un movimiento que no negocia no se puede comprar, y uno que no tiene líder no tiene a quién comprar.

CÓMO SE MOVIÓ UN PAÍS

La movilización empezó en silencio. Las primeras protestas fueron vigilias por los muertos. Luego vino el

gesto que se volvió ritual: todos los días, de las 11:52, la hora del derrumbe, a las 12:08, el tráfico se detenía

en las calles de Serbia, un minuto por cada víctima, bajo la consigna «Detente, Serbia».

Después la escala. Las facultades de todas las universidades públicas quedaron tomadas durante meses.

Para marzo de 2025 había protestas en unas 400 ciudades y pueblos, y el 15 de ese mes se juntaron

alrededor de 325 mil personas en Belgrado. Se bloquearon carreteras, puentes y la sede de la televisión

pública.

Lo decisivo fue salir a buscar al país en lugar de esperar que el país llegara. Como la televisión contaba la

versión oficial, los estudiantes hicieron su propia difusión: recorrieron Serbia a pie y en bicicleta, de pueblo

en pueblo, hablando directamente con la gente. Pedalearon hasta Estrasburgo y corrieron en relevos hasta

Bruselas para que Europa no pudiera fingir que no veía.

Y tejieron alianzas que el régimen creía imposibles. Agricultores, médicos, maestros y trabajadores

culturales colaboraron en el programa. Estudiantes musulmanes de Novi Pazar viajaron a Belgrado en

Pascua para sostener el bloqueo y que sus compañeros ortodoxos pudieran volver a casa. Un movimiento

que borra la frontera entre «los tuyos» y «los míos» le quita al poder su herramienta favorita: dividir.

2.EL PLENO: LA FORMA ANTES QUE EL DISCURSO

Los órganos estudiantiles oficiales estaban capturados por el Estado. Los estudiantes no intentaron

recuperarlos: los sustituyeron. En cada facultad tomada se formó un pleno, una asamblea abierta a la que

cualquier estudiante podía asistir para proponer, debatir y votar, con voto igual y por mayoría simple. Sin

presidentes, sin voceros, sin dirigentes. Nada que ver con las asambleas estudiantiles mexicanas,

cooptadas una y otra vez por grupos de interés.

La estructura era mínima y replicable: el pleno decide, los grupos de trabajo ejecutan, los delegados

transmiten sin mandar. Plenos mayores, por universidad y por ciudad, coordinaban sin subordinar. Circuló

un manual que explicaba cómo montar uno y se volvió el libro más leído del movimiento.

Después el modelo salió del campus. Las preparatorias armaron sus propios plenos. Los trabajadores de la

cultura se organizaron igual. En marzo de 2025 los estudiantes invitaron a toda la sociedad a formar

asambleas vecinales, los zborovi, y cinco de las mayores centrales sindicales firmaron un acuerdo con el

movimiento. La sociedad no se afilió a nada: copió una forma de decidir.

Esa es la clave que se suele pasar por alto. Lo que derrotó a Vučić no fue una narrativa sino un

procedimiento: miles de asambleas pequeñas, horizontales, imposibles de decapitar.

LA LISTA QUE NO HICIERON LOS PARTIDOS

Aquí está el corazón de la lección. Catorce años de hegemonía, medios capturados, clientelismo y acarreo

no bastaron. Y la oposición tradicional, que en 2023 apenas había rozado el 24%, no tuvo nada que ver

con el triunfo. Al régimen no lo derrotó una oposición mejor; lo derrotó una sociedad que les quitó a los

partidos y a las organizaciones el poder de decidir quién la representa.

A los 250 candidatos no los escogió ningún dirigente, ningún consejo político, ninguna cúpula, ninguna

organización con agenda propia. Los escogieron los plenos, con reglas escritas en abril de 2025 y aplicadas

durante año y medio.

Las reglas eran estrictas en la puerta:

• Ningún estudiante podía ser candidato. Nadie debía sospechar que el movimiento fabricaba

carreras políticas.

• Excluidos los exmiembros de los partidos de la coalición gobernante y los exdirigentes de la

oposición parlamentaria. Ni el régimen ni sus adversarios de siempre tenían asiento.

• Cada pleno proponía; todos los plenos podían vetar. Bastaba la mayoría simple de las asambleas

presentes para sacar a un nombre.

• Cuotas por ciudad universitaria, repartidas a lo largo de la lista, para que ningún centro dominara.

• Paridad de género y un compromiso firmado de responsabilidad moral y política con el programa.

El veto se usó en serio. En agosto de 2026 los plenos impugnaron 99 de más de 300 aspirantes; en

septiembre salieron 38. La baja más notoria fue la del rector de la Universidad de Belgrado, aliado del

movimiento desde el primer día y a quien muchos daban como cabeza de lista: 43 de 85 asambleas votaron

por quitarlo.

3.Aceptó. Ninguna de esas reglas tenía fuerza legal y nadie se rebeló contra ellas. Obligaban porque todos

las trataban como obligatorias.

La razón de tanto rigor es la lección entera: la lista debía ser una promesa a los votantes de que no era un

partido disfrazado. Serbia ya había visto el otro camino. Otpor, el movimiento estudiantil sin líderes que

ayudó a tumbar a Milošević en 2000, se convirtió en partido convencional, sacó menos de 2% en 2003 y

terminó absorbido por otro. El movimiento que se deja capturar por la maquinaria pierde lo único que lo

distinguía.

Quien selecciona, gobierna. Si los candidatos los escoge un partido, gobierna el partido. Si los escoge una

cámara empresarial, gobierna la cámara. Si los escoge una organización de la sociedad civil con

financiamiento y agenda propios, gobierna esa organización. Los serbios entendieron que la única forma

de que la lista fuera de la sociedad era que la sociedad, organizada en asambleas abiertas, la hiciera sin

intermediarios.

SEIS PIEZAS DE LA VICTORIA SERBIA

• Sin caudillo. El primero de la lista, un cardiólogo de Novi Sad, se presentó como el primer nombre,

no como el líder. No hubo candidato a primer ministro. Contra un hombre fuerte no se opuso otro

hombre fuerte, sino una comunidad.

• Demandas cortas e innegociables. Nada de plataformas de cien puntos. Un programa de once,

encabezado por Estado de derecho, combate a la corrupción y libertad de prensa.

• Una sola lista. El voto contra el régimen no se repartió. Se concentró en una opción que nadie

podía acusar de ser más de lo mismo.

• Reglas antes que nombres. Primero se pactó cómo se escogería; después se escogió. Así nadie

pudo pelear el procedimiento a la medida de su candidato.

• Reserva para proteger. Durante más de un año la selección se mantuvo lo más reservada posible

para cuidar la seguridad de los elegidos frente a un régimen que acosa.

• Margen que vuelve inútil la trampa. En las municipales de marzo hubo acarreo, listas paralelas e

intimidación, y el partido de Vučić ganó diez de diez. En octubre la Lista Estudiantil obtuvo 52% y

le sacó medio millón de votos. Contra ese margen la operación de Estado no alcanza.

LO QUE MÉXICO PUEDE TOMAR

La primera lección es de diagnóstico. En México la distorsión no está sólo en la jornada electoral sino en

la regla: con 54% de los votos, la autoridad electoral le entregó a la alianza oficialista cerca de tres cuartas

partes de la Cámara.

Ganar por margen no basta si los árbitros convierten una mayoría simple en mayoría calificada. Hay que

ganar, y hay que hacer de la sobrerrepresentación un tema público antes de la elección, no una queja

después.

La segunda es de vehículo. Los partidos de oposición cargan con un descrédito que ningún candidato

limpia. Cuando la movilización ciudadana se entregó a ellos, se diluyó. Serbia muestra que el electorado sí

está disponible para algo nuevo, siempre que lo nuevo sea verdaderamente nuevo.

4.Y eso incluye a los voceros: los intelectuales orgánicos que sirvieron a regímenes anteriores no pueden ser

la cara de un movimiento que pide normalidad democrática, porque fueron parte de lo que la deterioró.

La tercera, y la central, es de selección. La regla serbia, trasladada a México, es simple de enunciar y difícil

de cumplir: los candidatos no los escogen los partidos, ni las organizaciones políticas, ni las cámaras

empresariales, ni las organizaciones sociales.

Los escoge la sociedad, en asambleas abiertas, con reglas pactadas antes de que aparezca un solo nombre.

Cualquier organización puede proponer, convocar, financiar la logística o hacer campaña; ninguna decide

quién va en la lista.

El obstáculo mexicano es legal. Las candidaturas independientes sólo existen para cargos de mayoría; las

listas plurinominales son monopolio de los partidos. Si un movimiento ciudadano usa el registro de un

partido, el registro debe ser un vehículo y nada más: el partido presta la boleta y renuncia a escoger los

nombres. Si se reserva el derecho de palomear, ya no es la sociedad la que compite, es el partido de

siempre con otra cara.

La cuarta es de forma. Antes de pensar en candidatos hay que construir el lugar donde se deciden:

asambleas en universidades, colonias, gremios y municipios, horizontales y replicables, que sobrevivan a

la detención, la compra o el desprestigio de cualquiera de sus miembros. Sin esa red no hay lista ciudadana;

hay una lista de notables escogida por otros notables.

La quinta lección es de tiempo. Los serbios necesitaron dos años de organización y año y medio de

selección. Para 2027, el reloj ya corre.

DE LOS JÓVENES DEL 68 A LOS DEL 26

Los números mexicanos dicen dónde está esa red y dónde no. Para la elección del 6 de junio de 2027, los

electores de 18 a 29 años serán unos 26.1 millones, en una lista nominal proyectada de 102.2 millones: el

25.5%. En 2024 eran 26.0 de 98.5 millones, el 26.4%. El bloque joven se estanca y pierde peso. Ningún

movimiento gana sólo con los jóvenes.

Pero los jóvenes pueden ser el detonador. En México ya lo fueron una vez. El movimiento del 68 no tomó

el poder ni ganó una elección; Tlatelolco lo aplastó. Aun así abrió la grieta por la que pasó, durante tres

décadas, la transición democrática. Serbia muestra lo que al 68 le faltó: convertir la chispa en organización

y la organización en votos.

La educación superior mexicana reúne a unos 5.5 millones de estudiantes: 3.7 millones en instituciones

públicas y 1.8 en privadas. Todavía no es una red de asambleas, pero es donde puede nacer. Son miles de

facultades, carreras y planteles donde se puede deliberar y votar sin pedirle permiso a nadie. La

infraestructura ya existe y falta construir la forma.

Los estudiantes serbios ganaron porque organizaron a los demás, y su número importó poco. Ese es el

papel de los universitarios mexicanos: ser el lugar donde se aprende a decidir y desde donde esa forma se

contagia a colonias, gremios y municipios. Es lo que el 68 empezó, y esta vez lo que tiene enfrente son

urnas y no tanques.

5.TRES MOMENTOS

Si la lección se toma en serio, el calendario mexicano ofrece tres momentos, y cada uno pide algo distinto.

2027: quitar la mayoría calificada y ganar los estados que pesan. El 6 de junio se renueva la Cámara de

Diputados y se disputan 17 gubernaturas: 12 de Morena, 3 del PAN, una de MC y una del Verde. El objetivo

es concreto: dejar a Morena y sus aliados por debajo de las dos terceras partes de la Cámara, para que no

puedan volver a reformar la Constitución solos, y arrebatarles los gobiernos estatales más importantes.

Como la fórmula de reparto premia al oficialismo, la batalla se gana en los 300 distritos, uno por uno. La

regla serbia se traduce así: un solo candidato ciudadano por distrito y por estado, escogido por asambleas

y no por las dirigencias. Donde la ley lo permite, la vía es la candidatura independiente; donde no, el

partido presta la boleta y nada más.

2028: la revocación de mandato. Quedó en el cuarto año de gobierno, empalmada con la elección judicial.

Es un instrumento que el poder diseñó para ratificarse, no para irse. Pero Vučić también convocó la

elección que lo sacó.

La revocación no debe quedar en manos de los partidos ni del gobierno que la promueve: son las

asambleas las que deben decidir si se recaban firmas, si se vota o si se le niega la participación que la

legitima. Sea cual sea la decisión, debe ser colectiva y servir para medir y ensanchar la red.

2030: la elección presidencial. Aquí está el dilema que Serbia todavía no resuelve. Su regla se escribió para

que nadie se elevara por encima de los plenos, y una presidencia exige a alguien que lo haga. México es

un sistema presidencial: el movimiento necesitará una cara.

La lección es el orden de los factores: primero el procedimiento y el programa, luego el nombre; un

candidato elegido por las asambleas, con reglas pactadas antes de que aparezca, atado a un mandato y no

a un grupo.

Los tres momentos son uno solo. 2027 construye la red, 2028 la pone a prueba y 2030 la lleva al poder.

Quien quiera llegar a 2030 con una lista ciudadana tiene que empezar a armar las asambleas ahora.

LA LISTA ES LA SOCIEDAD

Maquiavelo distinguía dos humores en toda ciudad: el de los grandes, que quieren mandar, y el del pueblo,

que sólo quiere no ser oprimido. Los partidos, las cúpulas empresariales y las organizaciones con agenda

propia son, cada uno a su modo, grandes. Morenistas y opositores son los grandes de México; el ciudadano

es el pueblo. Cuando los grandes hacen la lista, el pueblo vota por los candidatos de otros.

Los estudiantes serbios no inventaron un discurso. Inventaron un procedimiento para que la lista no la

hicieran los grandes. Por eso ganaron. Y por eso, en México, la pregunta para 2027, para la revocación y

para 2030 no es quién encabeza a la oposición, sino quién hace la lista.

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