octubre 12, 2026

En Brasil también es tarde y llueve tanto: Andrés Amaro

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Por estos días, Brasil y Argentina han experimentado, en distintos ámbitos, cómo el mundo se les viene encima. No se trata del mundo hasta hace unas décadas conocido y nuestro, sino del mundo digital. Lo que ha ocurrido en torno a la Final del Mundial de Fútbol (julio 2026) y durante la Elección Presidencial en Brasil, que culminó su primera ronda el domingo cuatro, constituyen alertas acerca de la capacidad de las empresas tecnológicas para manipular a la Sociedad.

Cobra sentido hoy la presencia de sus líderes en la toma de posesión del Presidente de Estados Unidos en enero 2025. 

En Brasil, la masiva desinformación, la propaganda simulada, así como el sesgo del algoritmo en redes sociales favorecieron el triunfo del Candidato del Partido Liberal, F. Bolsonaro, ultraderechista. En la víspera de la jornada electoral, la empresa Meta restringió y suspendió cuentas de Campaña del Presidente y Candidato, Luis Inácio Lula Da Silva, en plataformas estratégicas.

El resultado de la primera vuelta de las elecciones en Brasil ciertamente se explica también por razones adicionales. Por ejemplo, la deficiente ingeniería electoral (configuración de alianzas, diseño de narrativa) del Partido de los Trabajadores, postulante del Presidente Lula. También ha pesado la abstención. 

Núcleos importantes de jóvenes brasileños se han movilizado ahora para alertar a la población sobre la gravedad de confirmar el ascenso de la ultraderecha a la Presidencia en la segunda vuelta de la Elección, el próximo día 25. Puede ser tarde. Y llueve tanto, como diría Gardel. Sería extraordinario en más de un sentido que se modificara la tendencia.

La lección de Brasil radica en el voto de las redes sociales. No el de sus usuarios, legítimo. Sino el sufragio de los propietarios de las empresas tecnológicas. Obliga a recordar que el mundo digital es para todos, pero no pertenece a todos.  También hace patente la necesidad de que los sectores democráticos no olviden los muros. Ni el papel. En la parafernalia genética de todo activista siempre habrá un mimeógrafo.

La otra evidencia de intervención de las empresas tecnológicas para manipular la percepción ha ocurrido en torno a la final del Mundial de Futbol el pasado julio. Las redes sociales atribuyeron racismo al perfil cultural de Argentina. Eso signó el momento. 

Fue la cancelación de la Selección Argentina. La funa, pues. El linchamiento digital tuvo tanta rapidez de instalación y profundidad, así como precisión en pauta de permanenciacomo para que fuera orgánico. Su impulso por parte de las entidades que manejan las redes sociales sería una reacción ante el gesto de la Selección Argentina al término del partido de semifinales contra el once inglés.

Fuera de protocolo, los jugadores argentinos celebraron ese triunfo portando una manta: “Las Malvinas son argentinas”. Vulneraban una norma de prohibición de mensajes políticosestablecida por la FIFA, una entidad supranacional. Ese gesto terminó siendo como dejar caer la aceituna sobre el vermut del Poder Económico Global. Salpicando su terno. En lugar de depositar la oliva suavemente. Y con una sonrisa. Aunque fuera apretada.

En cualquiera de nuestros países hay lamentablemente racismo. Sin embargo, no es sostenible identificar esa atrocidad con la cultura argentina. Está presente ahí. Por eso la Dictadura Militar (1976-1983) tuvo una base social. Pero no es la marca de ese pueblo. En América Latina, Argentina ha sido pionera en la promoción de los Derechos Humanos. 

Al final, la manta sostenida por Giovanni Lo Celso, Otamendi y otros jugadores argentinos honraba un himno popular de su país, aplicable al imperialismo de cualquier signo u origen: “quiero robarle un gol al ladrón”. 

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