EL MEDIO ORIENTE EN LLAMAS
CRÓNICA DE LO QUE NO FUE CASUALIDAD
No hay documento de cultura
que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie.»
— Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia, 1940
Quien observe el Medio Oriente de hoy y lo describa como una cadena de crisis imprevisibles, accidentes
de la historia o chispas fortuitas, o miente, o no ha leído con cuidado. Lo que ocurre en la región desde el
7 de octubre de 2023 hasta la guerra abierta de 2026 entre Estados Unidos, Israel e Irán es el producto
verificable de una arquitectura ideológica construida durante siglos, de intereses geopolíticos cristalizados
en decisiones concretas, y de la convergencia de dos nacionalismos —uno cristiano, uno judío-sionista—
que encontraron en el mismo territorio su destino manifiesto.
Describir esto no es antisemitismo. Es historia. No todos los judíos son sionistas, y el sionismo no es una
raza sino una ideología política, susceptible de análisis igual que cualquier otra.
LA ARQUITECTURA DE FONDO
El sionismo político nació en Europa a finales del siglo XIX como respuesta secular al antisemitismo
cristiano europeo que culminaría en el Holocausto. Theodor Herzl, su fundador, era un periodista vienés
laico que no pretendía cumplir profecías bíblicas: quería construir un Estado-nación moderno que pusiera
a salvo a los judíos de la persecución.
Su proyecto era transparente en sus documentos fundacionales: Palestina estaba habitada, y él lo sabía.
En su diario privado escribió sin eufemismos que habría que «espiritualizar a la población pobre hacia el
otro lado de la frontera» negándole empleo en el nuevo territorio.
Pero el sionismo político no operó en el vacío. Encontró un aliado estructural en el nacionalismo cristiano
europeo, particularmente en la variante dispensacionalista que John Nelson Darby había sistematizado en
la Inglaterra victoriana desde la década de 1820.
Darby dividió la historia bíblica en «dispensaciones» y sostuvo que la segunda venida de Cristo requería el
retorno físico de los judíos a Palestina, la reconstrucción del Tercer Templo y la batalla de Armagedón. Esta
teología llegó a Estados Unidos a través de las siete giras pastorales que Darby realizó en Norteamérica, y
quedó codificada para decenas de millones de protestantes en la Biblia de Referencia Scofield de 1909,
que se convirtió en uno de los textos religiosos más vendidos en la historia estadounidense.
El resultado fue una alianza de conveniencia. Lord Shaftesbury, el noble evangélico más políticamente
activo del siglo XIX, acuñó la frase «un país sin nación para una nación sin país», frase que describe
Palestina como terra nullius —terra (tierra) y nullius, genitivo de nullus (ninguno, nadie)— pese a tener
cientos de miles de habitantes árabes, cristianos y musulmanes.
1.Herzl recicló la fórmula. Cuando en noviembre de 1917 el canciller Arthur James Balfour firmó su célebre
declaración comprometiendo al Imperio Británico con la creación de un «hogar nacional judío» en
Palestina, lo hacía desde una convicción teológica documentada por sus contemporáneos: para Balfour y
para el primer ministro Lloyd George, ambos formados en el evangelismo bíblico galés, el proyecto era
literalmente el cumplimiento de la profecía.
La población árabe de Palestina —dos terceras partes del total, propietaria de alrededor del noventa por
ciento de la tierra— quedó definida en el texto de la Declaración simplemente como «comunidades no
judías existentes», una definición por negación que anticipaba su irrelevancia política.
La Nakba de 1948 —el éxodo forzado de 750,000 palestinos, la destrucción de 530 aldeas, la
transformación demográfica permanente de Palestina— fue el producto directo de esta doble
convergencia.
Para el sionismo laborista de Ben-Gurion, fue la consecuencia inevitable de una guerra que, en su propio
reconocimiento privado, los judíos iniciaron como agresores desde la perspectiva de la autodefensa árabe.
Para el dispensacionalismo cristiano americano, fue la confirmación más poderosa de su calendario
profético desde el nacimiento de Cristo. Para los palestinos fue, sin más, una catástrofe cuyas causas los
dejan sin responsabilidad y cuyos costos llevan pagando tres generaciones.
LA CADENA QUE CONDUCE A HOY
La fundación del Estado de Israel en mayo de 1948 no resolvió el conflicto: lo institucionalizó. En las
décadas siguientes, Israel construyó la alianza estratégica más sólida de su historia con Washington,
consolidada en el plano militar, financiero e intelectual.
En 1967, la Guerra de los Seis Días capturó Cisjordania, Gaza, los Altos del Golán y la totalidad de Jerusalén
—y volvió a hacer estallar el termómetro dispensacionalista en Estados Unidos. La posesión del Monte del
Templo aceleró el calendario de Armagedón para millones de evangelistas americanos.
Hal Lindsey publicó El gran planeta Tierra en 1970 y vendió 28 millones de copias describiendo el Medio
Oriente en clave profética. La serie de novelas Left Behind, a partir de 1995, vendió más de 80 millones de
ejemplares y masificó el arco narrativo: Israel debe controlar Palestina, Irán debe ser confrontado, el
Apocalipsis es inminente y bienvenido.
Con ese sustrato cultural, la política exterior estadounidense hacia el Medio Oriente se volvió
progresivamente subordinada a la agenda de los 10 millones de miembros de Christians United for Israel
(CUFI), la mayor organización pro-Israel del mundo, mayor que cualquier organización judía-sionista.
Su fundador, el pastor John Hagee, publicó en 2006 un libro —Jerusalem Countdown— en el que
pronosticaba una confrontación nuclear con Irán como paso proféticamente necesario hacia el
Armagedón. Para este marco teológico, los esfuerzos de negociación, los altos al fuego y la protección de
civiles palestinos no son objetivos por alcanzar sino obstáculos al cumplimiento divino.
Irán, por su parte, construyó a lo largo de décadas lo que llamó el «Eje de la Resistencia»: Hamas en Gaza,
Hezbollah en Líbano, los Houthis en Yemen, milicias chiítas en Irak y Siria. Este eje fue armado, financiado
y entrenado como disuasión estratégica ante la superioridad militar israelí-americana y como instrumento
de proyección de poder regional.
2.Teherán nunca descartó el programa nuclear como opción, aunque nunca lo materializó en arma. Esta
ambigüedad calculada fue, durante décadas, parte de la disuasión: la amenaza potencial valía más que la
bomba real.
LA OPERACIÓN LEÓN ASCENDENTE Y LA GUERRA DE LOS DOCE DÍAS
En la madrugada del 13 de junio de 2025, la Fuerza Aérea israelí lanzó la Operación León Ascendente: más
de mil ataques coordinados contra instalaciones nucleares iraníes, fábricas de misiles balísticos y
científicos nucleares.
La justificación del gobierno israelí fue impedir el avance del programa nuclear iraní; la Junta de
Gobernadores del OIEA había determinado, por primera vez en veinte años, que Irán no estaba
cumpliendo sistemáticamente sus obligaciones sobre enriquecimiento de uranio. Israel actuó en solitario,
aunque con el conocimiento y el apoyo logístico de Washington.
Irán respondió lanzando desde el viernes 13 alrededor de un millar de drones contra Israel, de los cuales
unos 200 lograron penetrar al país. Israel afirmó haberlos derribado en su totalidad antes de alcanzar sus
objetivos. El conflicto duró doce días. El 23 de junio de 2025, Trump anunció un alto al fuego que puso fin
a lo que él bautizó como la «Guerra de los Doce Días». El alto al fuego duró ocho meses.
EL 28 DE FEBRERO DE 2026 Y LA GUERRA EN CURSO
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán comenzó el 28 de febrero de 2026 con una serie de
bombardeos aéreos sobre varias ciudades iraníes, llevados a cabo por sorpresa por Estados Unidos e Israel
mientras estaban en curso negociaciones diplomáticas entre Washington y Teherán.
El pretexto inmediato fue un reporte —que el director del OIEA, Rafael Grossi, desmintió cuatro días
después— sobre supuesto uranio altamente enriquecido encontrado en una instalación no declarada. Los
grandes ataques estuvieron dirigidos contra activos militares iraníes y el liderazgo del régimen, matando
al Ayatolá Alí Jamenei.
En respuesta, Irán lanzó misiles y drones contra Israel y bases militares estadounidenses en Bahréin,
Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak, e impuso un cierre selectivo del
Estrecho de Ormuz.
Este cierre, por el que transita el 20 por ciento del petróleo mundial, disparó los precios globales de la
energía y desató una crisis de aprovisionamiento en Asia. Irán ha cerrado de facto el Estrecho de Ormuz
desde el comienzo de la guerra, alegando que los barcos solo pueden pasar tras coordinarse con Teherán
y pagar una tasa.
El Comando Central de Estados Unidos informó que las fuerzas estadounidenses están empleando más de
doce buques de guerra y más de cien aeronaves para hacer cumplir el bloqueo de los puertos iraníes.
El conflicto entre Hezbollah e Israel escaló a una guerra en Líbano que dejó más de dos mil muertos civiles
y combatientes. Las milicias proiraníes en Irak atacaron bases estadounidenses. Los Houthis reiniciaron
ataques en el Mar Rojo. La región se incendió en múltiples frentes simultáneos.
3.Las motivaciones declaradas por Washington fueron cambiando semana a semana —prevenir el ataque
iraní, destruir misiles, impedir la bomba, control del petróleo, cambio de régimen— sin que ninguna
resultara definitiva. Irán y algunos funcionarios estadounidenses rechazaron las afirmaciones de que Irán
hubiera estado preparando un ataque.
A principios de abril, mediado por el primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif, se anunció un alto al fuego
bilateral de dos semanas. El Papa León XIV acogió el anuncio con «satisfacción», celebrando la pausa como
una señal de «esperanza» y urgiendo que el período fuera aprovechado para negociaciones reales. Las
sirenas siguieron sonando en el Golfo e Israel durante horas después del anuncio. Israel declaró continuar
atacando objetivos en Irán la misma noche del cese al fuego.
GAZA: LA GUERRA QUE NO SE DETUVO
Mientras el mundo miraba el Golfo Pérsico, Gaza continuaba siendo destruida. Desde octubre de 2023, el
Ministerio de Salud de Gaza registró 72,336 muertos y 172,213 heridos. Nueve de cada diez personas
asesinadas son civiles; más de 21 mil niños han fallecido o desaparecido —el 30 por ciento del total—; 45
mil 600 niños han perdido a sus padres.
Desde el alto al fuego de octubre de 2025, la Franja de Gaza se ha dividido por una «línea amarilla» que
delimita una zona bajo control militar israelí total —el 58 por ciento del territorio—, dejando a los
palestinos confinados al 42 por ciento de un territorio en gran parte devastado.
Según datos de la ONU, el número de calorías diarias que consumieron los gazatíes en mayo de 2025 era
netamente inferior al que recibieron las víctimas del campo de exterminio nazi de Auschwitz entre 1940 y
1945.
La Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU advirtió en abril de 2026 que la guerra
regional con Irán ha eclipsado un aumento de las violaciones de derechos humanos contra los palestinos,
y que Israel continúa perpetrando «actos genocidas» en Gaza. La misma comisión recuerda la opinión
consultiva de la Corte Internacional de Justicia: la presencia continuada de Israel en el territorio palestino
ocupado es ilegal según el derecho internacional.
LA LÓGICA, NO LA CASUALIDAD
Lo que sucede hoy en el Medio Oriente no es el resultado de un accidente histórico ni de una conspiración.
Es el resultado verificable de una arquitectura construida durante siglos por dos nacionalismos que
llegaron al mismo territorio desde direcciones opuestas y necesitaron borrar a los mismos habitantes para
poder instalarse.
El sionismo político necesitaba Palestina para construir el Estado-nación que prometió a los judíos
perseguidos de Europa. El nacionalismo cristiano-dispensacionalista necesitaba que los judíos volvieran a
Palestina para que el calendario profético avanzara hacia el Armagedón y la Segunda Venida.
Los dos proyectos se encontraron, se toleraron con mutua instrumentalización, y produjeron juntos lo que
ninguno podría haber producido solo: un Estado moderno edificado sobre la destrucción de la sociedad
palestina, sostenido por la alianza más poderosa de la historia contemporánea y protegido de cualquier
rendición de cuentas internacional por el veto sistemático de Washington en el Consejo de Seguridad.
4.La guerra con Irán de 2026 es el último capítulo de esta lógica, no el primero. Irán fue construido como
amenaza durante décadas —su programa nuclear, su Eje de la Resistencia, su retórica antisionista— hasta
que esa amenaza justificó la guerra preventiva.
Trump, cuyo núcleo electoral son los 50 millones de evangélicos dispensacionalistas americanos que
identifican el apoyo a Israel con la obediencia divina, proporcionó la autorización política. Netanyahu, cuyo
gobierno de coalición depende de los ultraortodoxos religiosos y de los herederos del revisionismo de
Jabotinsky, proporcionó la voluntad militar.
El Estrecho de Ormuz cerrado, los mercados energéticos en caos, Jamenei muerto, Gaza en ruinas y cientos
de miles de civiles iraníes, palestinos y libaneses muertos o desplazados son el resultado.
Nada de esto es antisemitismo. Antisemita es perseguir a los judíos por ser judíos. Esto es otra cosa: es
señalar que un proyecto político —el sionismo— con sus variantes de derecha y sus contradicciones
internas, aliado a otro proyecto político —el nacionalismo cristiano dispensacionalista americano— ha
producido consecuencias geopolíticas concretas que merecen ser nombradas con la misma precisión que
se aplica a cualquier otro asunto de poder en la historia del mundo.
Los palestinos que llevan 78 años pagando el precio de una decisión en la que no participaron merecen, al
menos, que esa historia se cuente sin eufemismos.
