Toda una era
Yo estimo que el uso de tomar notas con letra manuscrita en un papel o, mejor, una libreta, comenzó a desaparecer en mi país hace por lo menos dos generaciones. No necesito para afirmarlo referencias históricas o estadísticas, me basta ver a mi propia familia. Yo, que en mi currículo recuerdo el método Palmer de una caligrafía que nunca pudo domeñar mi mala letra, sé que de mis cinco hijos acaso uno sigue usando lápiz y papel para tomar notas. Desde luego, que ni uno solo de mis nietos. Es un período ido de nuestro perfil humano. Una era que se fue, la de la letra que debe su nombre a que era escrita con la mano.
El anuncio esta semana del retiro total de Ediciones ERA, no sólo de la edición y la venta de libros, sino de la vida misma, tiene una profundidad inadvertida.
El nombre de ERA es el acrónimo de los apellidos de sus padres: fue fundada en México por el escritor Azorín, el artista plástico Vicente Rojo y la familia Espresate Xirau en 1960; los tres, representantes de primer orden del exilio catalán y republicano español, al que México le debe mucho de su raigambre intelectual y artística. Pero también de sus corrientes políticas de izquierda real —no el ridículo simulacro del cuatrote- y del pensamiento crítico. Ambos están presentes en la obra de ERA,que aquí queda.
En el catálogo que ahora cesa, de más de mil doscientos títulos, figuran nombres notables de las letras nuestras, como José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Juan Rulfo o Monsiváis, por citar unos cuantos, así como obras primeras de muchos autores que no encontraron hospitalidad en otras casas editoras. Ahí, en los estantes de algunas librerías y muchos hogares, queda el testimonio de toda una era de de trabajo creativo fructífero. Lo cual a muchos nos causa melancolía, que es una de las principales formas de la tristeza: el dolor por lo que se va, aunque se quede.
Y un cierto temor a lo que parece venir: la muerte de la letra impresa.
Si hace tiempo murió la caligrafía y la letra manuscrita, hoy pareciera que ha muerto la lectura. Ediciones ERA desaparece simplemente porque los mexicanos, y no solamente nosotros, ya no compran libros. La crisis comenzó con la pandemia, pero no fue superada después. Los libreros comenzaron a ganar menos y a deber más, y las librerías comenzaron a cerrar, tan quietamente como habían nacido.
Un aviso premonitorio había sido la drástica reducción de los tirajes de publicaciones periódicas, al extremo de la desaparición de muchos diarios y revistas en el mundo. Las nuevas tecnologías están reeducando nuestra vista a dirigirse a la letra de las pantallas electrónicas: a veces, a escuchar absortos el sonido que emana de esos pequeños aparatos manuales desde donde nos leen textos ajenos. Para saudade de los que todavía disfrutamos del olor de la tinta y el tacto del papel.
Esto no significa el triunfo de Marx Arteaga, apóstol de la fe que asegura que la lectura sin propósito es un deleite burgués, y cuyo nombre espero no siga figurando en las nóminas de la burcracia mexicana.
No. No se ha dejado, ni se dejará de leer. No desaparecerán los libros, ni las revistas periódicas ni los diarios. Simplemente sus editores tienen que entender, adaptarse a las nuevas tecnologías y hacerse de ellas.
Para que ellas no se deshagan de nosotros.
PILON PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas):El más reciente estremecimiento de la Universidad, con el tropezón del sistema selectivo para admitir alumnos primerizos a las licenciaturas en la UNAM, llegó a amenazar con ser un cataclismo.
Precisamente el uso y abuso de las nuevas tecnologías facilitó a algunos de los aspirantes a ingresar, la práctica de uno de los deportes nacionales: la copia, el acordeón, el fraude, la trampa. Una operación cicatriz rápida impidió la debacle de la Universidad con mayúscula. Y se están echando campanas al vuelo. Bien.
Se nos olvida un subyacente error: el lastre del pase automático para ciertas escuelas “populares”, que traemos con el populismo, es una forma de discriminación que contradice el demagogo “principio” de que absolutamente todos deben tener entrada, asiento, lugar y tabla en la educación superior, que no es una lotería.
