Escuchar también es gobernar
Por Jessica Herrera
Una propuesta de seguridad puede incluir cifras y presupuestos y, aun así, dejar sin respuesta la pregunta de una madre: ¿mi hija podrá regresar a casa segura? Entre lo que la política anuncia y lo que las personas viven se abre una brecha que no se cierra solo con mejores mensajes; hace falta escuchar, traducir esa escucha en decisiones y responder con resultados.
La confrontación de ideas es necesaria, pero cuando la descalificación sustituye al argumento, la conversación pierde su propósito. La pregunta deja de ser: ¿qué necesita la comunidad? y se convierte en ¿quién desacredita mejor al adversario? El problema no es discutir; es olvidar para quién se discute.
Desde una mirada electoral, resulta tentador clasificar a las personas en: simpatizantes, opositores o indecisos. Lo anterior es útil para organizar datos para la estrategia de una campaña, pero insuficiente para comprender una experiencia humana. Una política responsable empieza con una pregunta incómoda: ¿Entendemos realmente lo que la gente vive día a día? Hacerse este cuestionamiento obliga a reconocer que la ciudadanía es permanente, no algo que se activa solo en tiempos de campaña.
Necesitamos programas viables, instituciones competentes y resultados medibles, pero también la empatía y la sensibilidad para responder a una pregunta básica: ¿qué problema humano busca resolver cada propuesta? Hablar de movilidad, por ejemplo, no es solo hablar de vialidades, sino del tiempo de calidad con la familia. Cada hora que se pierde en el tráfico es tiempo que se le resta a la convivencia, al descanso y a la vida cotidiana.
Hacer visible esta dimensión nos devuelve al sentido esencial de gobernar. Como especialista en coaching ontológico, estoy convencida de que debemos cuidar no solo la palabra, sino la manera en que escuchamos. Frente a una queja ciudadana, ¿escuchamos desde la amenaza o desde el deber de responder? Esta distinción es clave para no confundir lo que interpretamos con la realidad.
Es aquí donde aparece una frontera ética decisiva: la distancia entre atender a las personas o utilizarlas. Reconocer el miedo debe servir para brindar protección, no para sembrar más temor; escuchar la indignación debe abrir la puerta a corregir una injusticia, no a fabricar un enemigo a modo. Escuchar con respeto no significa decir siempre que sí, pero sí prohíbe tratar con indiferencia a la ciudadanía.
La palabra también compromete. Una promesa pública debe precisar qué se hará, en qué plazo, con qué recursos y bajo qué responsabilidad.
Escuchar solo a quienes aplauden no es diálogo. La verdadera disposición se pone a prueba frente a la pregunta difícil y al reclamo persistente.
La prueba clave para quien busca representar a una comunidad es muy clara: «¿Qué estoy dispuesto a corregir tras escuchar su realidad?». Cuando nada cambia después del diálogo, el servicio público pierde su sentido.
Mi propuesta no es suavizar la exigencia hacia los gobiernos, sino hacerla más completa. La ciudadanía merece respuestas que pueda evaluar y compromisos cuyo cumplimiento pueda exigir. Escuchar abre la puerta a la confianza; la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace permite sostenerla.
