De tragedias humanitarias y de fútbol
Hoy día al tiempo de que millones disfrutan del banquete de goles en el Campeonato Mundial de Fútbol, demasiados pueblos sufren catástrofes ignotas. Veamos solo las de tres naciones: la República de Sudán que la padece por su interminable guerra civil que provoca además de violencia extrema, el desplazamiento humano más rápido de la historia. Afganistán sufre una profunda crisis socioeconómica y humanitaria en virtud del desequilibrio social y los desastres naturales recurrentes. Otro caso ejemplar es el de Haití, cuya catástrofe fue detonada por el pandillerismo, el fracaso gubernamental y una gran vulnerabilidad ante los desastres naturales.
Y la catástrofe de hoy es el terremoto de Venezuela, que dolió más por el añejo sufrimiento de los venezolanos derivado de su despótico sistema de gobierno.
Los videos que circulan de las dos sacudidas geológicas con sismos de 7.2 y 7.5 en la escala Richter son espeluznantes.
Este Doblete Sísmico con epicentro a 300 kilómetros de Caracas, fue tan sorpresivo que a la fecha no se sabe siquiera las pérdidas humanas, especulándose que los desaparecidos según calcula la ONU, son 50 mil.
Sin embargo, por la algarabía del fútbol, la gente está más impactada por la caída de Francia frente al equipo de Costa de Marfil, la derrota de Alemania frente a Ecuador y Uruguay a manos de Arabia Saudita, que por los venezolanos atrapados con vida en las ruinas de edificios en Caracas, La Guaira, Carabobo y Yacuri.
Estados Unidos se vio miserable al enviar un paquete de asistencia humanitaria de 150 millones de dólares a Venezuela cuando hace unos días Trump dijo que el petróleo venezolano había dejado ya 8 mil millones de dólares a EUA desde la caída de Maduro.
Hasta nuestro lenguaje está mal por calificar como catástrofe la tragedia de Venezuela, y también a los resultados deportivos.
La palabra catástrofe se origina en el latín catastropha, que a su vez proviene del griego katastrophé, formada por el prefijo katá- (hacia abajo) y el verbo strephein (dar vuelta) que significaba convulsión, tumulto pero también, en caso de una obra dramática, su desenlace.
La Real Academia la define como “suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas” o como una “cosa de mala calidad o que resulta mal, produce mala impresión, está mal hecha, etcétera”.
Y menos representativa es la palabra catástrofe si ahora se habla de catástrofes humanitarias, como si una catástrofe pudiera ser “benigna, caritativas o benéfica” o para “aliviar los efectos de la guerra o calamidades” que es lo que significa el término “humanitario”.
Seguramente el gobierno norteamericano seguirá enviando a Venezuela migajas del banquete petrolero que está disfrutando, y nuestro México ya envió una brigada de ayuda humanitaria, con 260 rescatistas, 4 toneladas de equipos y 12 de medicamentos.
Eso es bueno, pero no suficiente, pues nosotros sufrimos un terremoto en CDMX en 1985, y recibimos ayuda de 37 países distintos, desde víveres, ropa, medicinas, equipos especializados y dinero.
Las catástrofes naturales son grandes pruebas que la naturaleza pone a los humanos, y son de tal calaña que ningún pueblo debiera hacerse ‘Ojo de hormiga’ en el apoyo a los afligidos de hoy, pensando -egoístamente- que mañana podríamos ser nosotros los lastimados… ah, pero la gente está loca, en ‘modo party’, con el negocio llamado fútbol.
