septiembre 22, 2026

Celulares en la escuela: prohibir es más fácil que educar

Hace años que escribo sobre este tema. 

He visto pasar computadoras, 

tabletas, teléfonos inteligentes, 

redes sociales y ahora

inteligencia artificial por las aulas. 

Con cada nueva tecnología

reaparece prácticamente

la misma discusión:

primero nos entusiasma,

después descubrimos sus excesos 

y finalmente queremos prohibirla.

Ahora le toca nuevamente al teléfono celular.

Y comienzo por aclarar algo: no escribo en defensa del celular. Hay evidencia suficiente para preocuparnos por las distracciones, la pérdida de atención, el uso compulsivo de las pantallas, el ciberacoso, la interrupción del sueño y otros riesgos asociados con el mundo digital.

Pero una cosa es reconocer un problema y otra muy diferente suponer que ya conocemos la solución.

La pregunta que me preocupa es mucho más elemental:

¿Dónde están la evaluación y la evidencia?

UN EXPERIMENTO MUNDIAL

El movimiento contra los teléfonos en las escuelas ha crecido a una velocidad impresionante.

De acuerdo con UNESCO, en junio de 2023 menos de una cuarta parte de los países tenía alguna prohibición nacional. Para septiembre de 2026 ya eran 114 sistemas educativos, equivalentes al 58% de los países del mundo.

Francia ha restringido severamente su utilización. Inglaterra ha avanzado en la misma dirección. Nueva Zelanda adoptó su política de Phones Away for the Day. Italia, Hungría, Finlandia, Suecia, Países Bajos y muchas otras naciones han ensayado diferentes modalidades.

Unas prohíben. Otras restringen. Algunas permiten excepciones pedagógicas. Otras dejan decisiones a las escuelas o a los profesores.

Lo interesante es que varios países han recorrido el péndulo en ambas direcciones. Primero abrazaron entusiastamente la digitalización y después retrocedieron ante sus consecuencias. Otros han tratado de distinguir entre el teléfono utilizado como entretenimiento y la tecnología empleada para aprender.

Eso debería enseñarnos algo.

No existe todavía una solución internacional definitiva.

Lo que existe es un gigantesco experimento mundial.

Y México debería observarlo antes de copiarlo.

PISA NO DEMUESTRA LO QUE ALGUNOS QUIEREN QUE DEMUESTRE

Aquí debemos ser particularmente cuidadosos.

Los resultados de PISA han alimentado la discusión sobre teléfonos y pantallas. Y efectivamente contienen datos preocupantes.

En PISA 2022, 65% de los estudiantes de los países de la OCDE dijo distraerse con dispositivos digitales durante al menos algunas clases de matemáticas. Los estudiantes que reportaron distraerse por el uso de dispositivos de otros compañeros obtuvieron, en promedio, 15 puntos menos en matemáticas, aun después de considerar características socioeconómicas de alumnos y escuelas.

Es importante.

Pero asociación no significa causalidad.

Esos datos no demuestran que la caída de los resultados de PISA haya sido causada por una “adicción a las pantallas”. Mucho menos permiten convertir esa explicación en diagnóstico único de los problemas educativos de un país.

La propia OCDE ofrece una realidad bastante más complicada: el uso moderado de dispositivos digitales con propósitos educativos puede asociarse con mejores resultados, mientras el uso excesivo para entretenimiento se relaciona con resultados inferiores.

En otras palabras:

el problema no es simplemente la tecnología. Importan cuánto, cómo, cuándo y para qué se utiliza.

Y esa diferencia es enorme.

MÉXICO: OTRA SOLUCIÓN ANTES DE EVALUAR EL PROBLEMA

En México la discusión resulta todavía más delicada.

No estamos incorporando esta política a un sistema educativo que haya resuelto sus problemas fundamentales.

Venimos de resultados muy preocupantes en PISA. Seguimos discutiendo las consecuencias de la Nueva Escuela Mexicana. Hemos insistido durante años en la necesidad de recuperar una cultura seria de evaluación educativa.

Y ahora añadimos otro problema: decidir qué hacer con una revolución tecnológica que cambia mucho más rápidamente que nuestros programas de estudio, reglamentos y mecanismos de evaluación.

Lo paradójico es que la propia Secretaría de Educación Pública reconocía hace apenas unos meses que la discusión debía ir más allá de prohibir celulares y que las decisiones debían apoyarse en evidencia científica.

Exactamente.

Entonces hagámoslo.

Evidencia. Experimentación. Evaluación. Y después política pública.

No primero prohibición y después, si acaso, evaluación.

A los problemas que ya tenemos con PISA, con la evaluación y con la implementación de la NEM no deberíamos agregar una política nacional cuya eficacia demos por demostrada antes de medirla.

LOS NIÑOS QUE NACIERON CON ELLA

Hay otro cambio histórico que pocas veces incorporamos suficientemente a esta discusión.

Una gran proporción de nuestros alumnos nació rodeada de tecnología.

Muchos de sus maestros, no.

Eso no significa que los niños sepan más que sus profesores. Sería una generalización injusta. Pero sí significa que muchos poseen una familiaridad instrumental con teléfonos, aplicaciones, redes sociales y ahora inteligencia artificial que sus maestros tuvieron que adquirir posteriormente.

El alumno puede saber utilizar TikTok, encontrar un video, modificar una fotografía o preguntarle algo a ChatGPT con enorme facilidad.

Eso no significa que sepa usar bien la tecnología.

Puede no saber distinguir una fuente confiable de una mentira.

Puede no reconocer que un algoritmo lo está manipulando.

Puede no saber proteger su privacidad.

Puede desconocer por qué no consigue concentrarse veinte minutos sin mirar una pantalla.

Puede creer todo lo que le contesta una inteligencia artificial.

Y puede no saber cuándo apagar el aparato.

Precisamente para eso necesita un maestro.

PROHIBIR ES MUCHO MÁS FÁCIL

Aquí está, para mí, el corazón del problema.

Quitar un teléfono es relativamente sencillo.

Educar a quien lo utiliza es extraordinariamente difícil.

Podemos guardar los teléfonos en una caja al comenzar la clase. Podemos exigir que permanezcan en una mochila. Podemos bloquear ciertas aplicaciones. Podemos prohibirlos durante el recreo.

Todo eso puede ser conveniente en determinadas edades y circunstancias. Incluso puede mejorar la atención. PISA encuentra que en escuelas con restricciones los alumnos reportan menos distracción. Pero también encuentra un problema revelador: incluso donde existen prohibiciones, muchos estudiantes continúan utilizando sus teléfonos. En datos analizados por la OCDE, 29% de los alumnos de escuelas con prohibiciones reportaba usar smartphones varias veces al día.

Una norma no elimina una conducta.

Mucho menos elimina una tecnología.

Computadoras, teléfonos inteligentes, tabletas y ahora inteligencia artificial llegaron para quedarse.

Podemos regularlos.

Podemos limitar determinadas aplicaciones.

Podemos decidir que un niño de ocho años no necesita un smartphone durante una clase.

Podemos exigir que un adolescente lo apague mientras resuelve un problema.

Todo eso es perfectamente razonable.

Lo que no podemos hacer es imaginar que eliminando la tecnología durante unas horas hemos preparado al alumno para enfrentarse a ella durante el resto de su vida.

CUANDO LA EDUCACIÓN SE VUELVE POLÍTICA

Hay además otro peligro.

El asunto comienza a politizarse.

Padres, sindicatos, legisladores, gobernadores, secretarios, organizaciones civiles, empresas tecnológicas y partidos descubren rápidamente que “prohibir celulares” es una consigna sencilla de comunicar.

Pero una política educativa no debería juzgarse por lo bien que cabe en un titular.

Debe juzgarse por sus resultados.

¿Qué edades se benefician?

¿Durante qué actividades?

¿Mejora realmente el aprendizaje?

¿Disminuye el acoso?

¿Aumenta la convivencia?

¿El efecto permanece después de salir de la escuela?

¿Hay diferencias entre primaria y secundaria?

¿Entre utilizar un smartphone para Instagram y una tableta para aprender matemáticas?

¿Y dónde colocamos ahora a la inteligencia artificial?

Tenemos muchas preguntas.

Tenemos menos respuestas de las que aparentamos tener.

Y enfrentamos un problema adicional: cuando una investigación sobre tecnología termina, muchas veces la tecnología que estudió ya cambió.

LA ESCUELA ES PARA LA VIDA

Durante generaciones repetimos una frase: la escuela prepara para la vida.

Pues aceptemos sus consecuencias.

La vida de los niños que hoy están en primaria y secundaria será una vida con computadoras, teléfonos inteligentes, algoritmos, robots e inteligencia artificial.

No vamos a eliminar ese mundo.

Y probablemente tampoco deberíamos intentarlo.

Nuestra obligación es mucho más complicada.

Hay que enseñarles qué es la adicción a las pantallas.

Hay que enseñarles a proteger su atención.

A reconocer la desinformación.

A cuidar su privacidad.

A convivir sin un teléfono entre dos personas.

A utilizar inteligencia artificial sin entregar a ella su pensamiento.

A aprovechar una computadora para aprender.

Y también a descubrir que hay momentos en los que lo más inteligente que podemos hacer con un teléfono es apagarlo.

No confundamos una política fácil de explicar con una política cuya eficacia ha sido demostrada.

México no necesita copiar la última prohibición adoptada en Francia, Inglaterra, Suecia o cualquier otro país. Necesita estudiar esos experimentos, comparar sus resultados, probar alternativas y evaluar las propias.

Y entonces decidir.

Porque quizá la gran tarea de la escuela del siglo XXI no sea enseñar a nuestros alumnos a vivir sin tecnología.

Será algo mucho más difícil:

enseñarles a vivir con ella sin convertirse en sus esclavos.

*Alfredo Cuéllar es profesor retirado, investigador y autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones. Para la preparación de este artículo se utilizó inteligencia artificial como herramienta de búsqueda, contraste de información y apoyo editorial. Las ideas, argumentos y conclusiones son responsabilidad del autor.

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