Nuevo León No Solo Se Corrompió, Se Mediocrizó (II).
“¿De qué sirve cambiar de gobernador, de partido o de color si seguimos eligiendo con los mismos criterios que han permitido deteriorar nuestras instituciones?”
En mi artículo anterior planteé que Nuevo León no solamente ha aprendido a convivir con la corrupción, también parece haberse acostumbrado a la mediocridad. Pero hay una consecuencia todavía más preocupante: cuando las instituciones pierden profesionalismo, también corremos el riesgo de que se deterioren los criterios con los que los partidos políticos seleccionan a quienes pretenden gobernarnos. La mediocridad institucional no comienza necesariamente cuando un funcionario toma una mala decisión. Muchas veces empieza antes, cuando alguien decide que la amistad, la lealtad o la conveniencia política valen más que la preparación. Y esa misma lógica puede trasladarse a la selección de candidatos. Rumbo a 2027, los partidos comienzan a mostrar sus cartas. Circulan nombres, aparecen encuestas, se negocian alianzas y se construyen escenarios electorales. Todo parece concentrarse en identificar quién es más conocido, quién genera mayores simpatías y quién podría conseguir más votos. Sin embargo, hay una pregunta que no deberíamos dejar fuera de la discusión: ¿quién está realmente preparado para gobernar Nuevo León? Porque una cosa si es verdad: las encuestas miden preferencias, no capacidad para gobernar.
CUANDO LA POLÍTICA DEJA DE EXIGIR CAPACIDAD: Durante años hemos visto cómo algunos espacios de la administración pública terminan convirtiéndose en posiciones de confianza política, donde la cercanía con quien gobierna puede pesar más que la experiencia. No tiene nada de malo que un gobernante integre personas de su confianza. El problema aparece cuando esa confianza sustituye los conocimientos necesarios para desempeñar una responsabilidad. Una institución puede tener presupuesto, oficinas, personal y atribuciones legales, pero si quienes la dirigen carecen de preparación, criterio o capacidad de decisión, difícilmente podrá ofrecer los resultados que la sociedad necesita. Así comienza a deteriorarse el servicio público. Y cuando estas prácticas se repiten, el problema deja de ser individual. Se debilitan los criterios de mérito, se pierde experiencia acumulada y la improvisación termina ocupando el lugar del profesionalismo. Lo preocupante es que esa misma forma de entender el poder puede reproducirse dentro de los partidos políticos. Si para ocupar una responsabilidad pública no siempre se exige demostrar capacidad, ¿por qué habríamos de suponer que los partidos necesariamente utilizan ese criterio para seleccionar a sus candidatos?
LA POPULARIDAD NO ES SINÓNIMO DE PREPARACIÓN: Hoy las encuestas ocupan buena parte de la conversación electoral. Cada semana aparecen nuevas mediciones, porcentajes y escenarios que colocan a distintos aspirantes en la discusión pública. Son herramientas legítimas. Permiten conocer opiniones, medir reconocimiento y observar preferencias en un momento determinado. Pero tienen un límite que no deberíamos olvidar. Lo que se mide son preferencias, no capacidades para gobernar. Una persona puede ser ampliamente conocida sin haber demostrado experiencia administrativa. Puede tener miles de seguidores sin conocer cómo funcionan las instituciones. Puede haber ocupado cargos políticosdurante años sin que eso garantice buenos resultados. Y también puede ocurrir lo contrario: personas con preparación, experiencia y resultados pueden tener un reconocimiento público limitado. Por eso, la popularidad debe entenderse como un dato electoral, no comouna constancia de preparación. Porque ganar una elección y saber gobernar son dos cosas muy distintas.
EL RIESGO DE CONFUNDIR COMPETITIVIDAD CON CAPACIDAD: Los partidos buscan candidaturas competitivas. Es comprensible. Pero su responsabilidad no debería terminar en identificar quién puede obtener más votos. También tendrían que explicar por qué consideran que sus aspirantes tienen las condiciones necesarias para administrar recursos públicos, dirigir instituciones, integrar equipos profesionales y enfrentar los problemas de una sociedad cada vez más compleja. Nuevo León necesita atender desafíos de movilidad, seguridad, agua, vivienda, infraestructura, finanzas públicas y desarrollo económico. Ninguno de esos problemas se resuelve solamente con reconocimiento mediático, una campaña atractiva o una buena posición en las encuestas. Se necesitan conocimientos, experiencia, planeación, capacidad para escuchar y disposición para tomar decisiones difíciles. Y aquí se genera una pregunta que seguramente va a incomodar: ¿estamos evaluando a quienes aspiran a gobernar bajo esos criterios o solamente estamos observando quién aparece mejor posicionado?
LA MEDIOCRIDAD TAMBIÉN SE ALIMENTA DE NUESTRAS EXPECTATIVAS: Sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a los partidos. Como sociedad también tenemos algo que revisar. Seguimos las encuestas, discutimos los nombres, compartimos declaraciones y participamos en las confrontaciones políticas. Pero ¿cuántas veces dedicamos el mismo esfuerzo a conocer las trayectorias, los resultados y las propuestas de quienes buscan gobernarnos? Preguntamos quién puede ganar, pero no siempre quién sabe administrar. Preguntamos quién tiene más seguidores, pero pocas veces quién ha demostrado capacidad para resolver problemas. Y después, cuando las instituciones no funcionan, nos preguntamos por qué seguimos enfrentando las mismas deficiencias. No se trata de exigir gobernantes perfectos ni de descalificar anticipadamente a quienes aspiran a un cargo. Se trata de elevar el nivel de nuestras exigencias. Porque si queremos mejores instituciones, también necesitamos mejores criterios para seleccionar a quienes tendrán la responsabilidad de conducirlas.
2027: EL DESAFÍO NO ES SOLAMENTE GANAR: La elección de 2027 debería servir para algo más que renovar autoridades. Tendría que abrir una discusión sobre la calidad del gobierno que necesita Nuevo León y las capacidades que deben demostrar quienes pretenden encabezarlo. Los partidos tienen derecho a presentar a sus candidatos. Los ciudadanos tenemos derecho a exigirles algo más que popularidad. Experiencia, preparación, resultados, propuestas viables, equipos competentes y mecanismos claros de rendición de cuentas. No estamos hablando de requisitos extraordinarios. Estamos hablando de condiciones que deberían formar parte de cualquier discusión seria sobre el ejercicio del poder. En mi artículo anterior pregunté qué estábamos dispuestos a seguir tolerando como sociedad. Hoy agregaría otra reflexión: Si aceptamos que la popularidad sustituya a la capacidad, corremos el riesgo de reproducir desde las urnas la misma mediocridad que después criticamos en las instituciones. La mediocrización de un estado no ocurre solamente cuando sus gobiernos dejan de exigir profesionalismo. También puede avanzar cuando los partidos dejan de privilegiarlo y los ciudadanos dejamos de preguntarnos por él. Las encuestas pueden decirnos a quién prefiere la gente, pero no pueden decirnos, por sí solas, quién está preparado para gobernar. Y esa diferencia, rumbo a 2027, merece estar en el centro de nuestra conversación pública.
¡¡La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector!!
“Porque Nuevo León no necesita más ruido, más excusas ni más personajes. Necesita gobierno. Y, hoy más que nunca, necesita mucho más rumbo”.
Mtro. Miguel H. Botello Treviño Correo electrónico: mickbotello@gmail.com
