Las Personas Mayores: El Capital Social que Nuevo León aún No Aprovecha
“El verdadero desarrollo de una sociedad no se mide únicamente por su crecimiento económico, sino por la forma en que honra a quienes hicieron posible su presente.”
Existe una realidad que avanza silenciosamente en Nuevo León y que, sin embargo, definirá buena parte de nuestro futuro. Nuestra población envejece.
Durante años hemos observado este fenómeno casi exclusivamente desde una perspectiva económica y financiera. Cada nuevo indicador suele venir acompañado de advertencias sobre el aumento del gasto público, la presión sobre los sistemas de salud, las pensiones y los servicios de asistencia social. Es una visión comprensible. Pero claramente insuficiente. Reducir el envejecimiento de la población a un problema presupuestal significa dejar de ver uno de los mayores activos con los que cuenta nuestra sociedad. El envejecimiento demográfico de Nuevo León no debe entenderse como un pasivo contingente. Debe asumirse como una oportunidad para fortalecer nuestro tejido social. Quienes hoy llamamos personas mayores no representan únicamente un grupo que requiere protección. Representan décadas de experiencia, conocimiento, memoria histórica, valores, liderazgo y una capacidad de contribuir que difícilmente puede sustituirse. Ellas y ellos construyeron empresas, instituciones, familias, comunidades y patrimonio. Con su trabajo hicieron posible gran parte del Nuevo León que hoy conocemos. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia terminamos relegándolos a un espacio de invisibilidad, como si la experiencia perdiera valor con el paso de los años. Nada podría estar más alejado de la realidad. Las sociedades que prosperan son aquellas que entienden que la experiencia acumulada constituye una ventaja competitiva y un poderoso factor de cohesión social. Por ello, resulta indispensable cambiar el paradigma con el que históricamente hemos entendido el envejecimiento. Necesitamos dejar atrás un modelo exclusivamente asistencialista para avanzar hacia uno basado en la dignidad, la participación y el reconocimiento. La persona mayor no debe ser vista únicamente como beneficiaria de apoyos. Debe ser reconocida como un activo social, con autonomía, capacidad de decisión y un enorme potencial para seguir aportando al desarrollo colectivo. La psicología contemporánea ha demostrado que sentirse útil fortalece la autoestima, mejora la salud mental, favorece la autonomía y reduce el aislamiento. Cuando una persona conserva un propósito, participa activamente y percibe que sigue siendo necesaria para su comunidad, aumenta su bienestar y fortalece su sentido de agente social y de autoeficacia. Y cuando eso ocurre, no solo gana quien envejece. Ganamos todos. El verdadero desafío consiste, entonces, en transformar el papel que hoy asignamos a las personas mayores. Pasar de verlas como receptoras pasivas de apoyos a reconocerlas como protagonistas activos de la vida comunitaria. Eso implica impulsar políticas públicas que promuevan el envejecimiento activo, el aprendizaje permanente, la inclusión digital, la participación ciudadana, el voluntariado especializado, la mentoría para las nuevas generaciones, el empleo flexible, el emprendimiento senior y todos aquellos espacios donde la experiencia continúe generando valor. Porque no basta con proteger, también hay que reconocer. No basta con asistir, hay que dignificar. Una sociedad que excluye a sus personas mayores desperdicia una parte invaluable de su inteligencia colectiva. En cambio, aquella que las integra fortalece su identidad, preserva su memoria, transmite valores y multiplica su capacidad para enfrentar los desafíos del futuro. Quizá ha llegado el momento de dejar de hablar del “adulto mayor” únicamente como una categoría administrativa y comenzar a reconocer a la “persona mayor” como lo que realmente es: un ciudadano pleno de derechos, capacidades, experiencia y dignidad. Porque la edad nunca disminuye el valor de una persona. Por el contrario. La experiencia debería convertirse en una de las mayores razones para reconocerla. Nuevo León cuenta ya con una valiosa Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, que ha representado un avance importante en la protección jurídica de este sector de la población. Sin embargo, los desafíos demográficos del siglo XXI nos obligan a ir más allá del paradigma asistencialista. Por ello, considero que ha llegado el momento de abrir un debate serio en Nuevo León sobre la conveniencia de construir una reforma integral que incorpore el envejecimiento activo, la participación social, la autonomía, la inclusión laboral, la “economía plateada” y el reconocimiento de las personas mayores como un activo estratégico para el desarrollo de nuestro Estado. Por qué no pensar en una Ley para la Dignificación, Protección y Reconocimiento de la Persona Mayor, una legislación moderna que trascienda el enfoque asistencialista y siente las bases de una política pública orientada a garantizar derechos, promover la participación, fortalecer la autonomía y aprovechar plenamente el enorme capital humano que representan nuestras personas mayores. No sería solamente una nueva ley. Sería una nueva forma de entender el envejecimiento. Sería reconocer que la experiencia no es una carga para la sociedad, sino uno de sus mayores patrimonios. Porque la manera en que tratamos hoy a nuestras personas mayores definirá el país en el que mañana todos habremos de envejecer. Vale la pena iniciar esta conversación. Y, sobre todo, vale la pena convertirla en una causa de todos. El futuro no se espera… se construye.
La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector.
“Porque hoy más que nunca, Nuevo León necesita menos ruido… y mucho más rumbo”.
Mtro. Miguel H. Botello Treviño Correo electrónico: mickbotello@gmail.com
