La graduación de nuestra vida es la muerte: Edith Ancona
Querido Lector: Es el último capítulo de nuestra existencia terrenal, el comienzo de una eternidad que solo Dios conoce.
Si la vida fuera una universidad, la muerte sería nuestra graduación. No una graduación que celebramos con diplomas, aplausos y fotografías, sino aquella en la que dejamos atrás todo lo material y presentamos el verdadero resultado de nuestro paso por este mundo.
Llegamos a la vida sin saber cuánto durará nuestro curso. Aprendemos en las aulas del amor, la familia, la amistad, el dolor, las pérdidas, los errores, los perdones y las segundas oportunidades.
Algunos compañeros de este viaje se gradúan antes que nosotros.
Amigos entrañables, padres, hermanos, familiares y personas que dejaron huellas profundas en nuestra historia.
Su partida nos confronta con una verdad inevitable: no tenemos la vida comprada ni el tiempo garantizado.
Y es cuando nos preguntamos:
Qué tanto amamos?
A quién dejamos esperando un abrazo?
Cuántas veces dejamos para mañana un te quiero?
Cuánto tiempo desperdiciamos en resentimientos, envidias y discusiones?
Qué huella estamos dejando en las personas que nos rodean?
Quizá la verdadera calificación de nuestra vida no esté en los títulos, el dinero, las propiedades o los reconocimientos, sino en nuestra calidad humana.
En cuánto amor entregamos, cuántas vidas tocamos, cuántas veces tendimos la mano, cuánto perdonamos y cuánto bien hicimos sin esperar nada a cambio.
La muerte nos recuerda que somos pasajeros, que los cuerpos envejecen, que los ciclos terminan y que ningún día vuelve a repetirse.
Desde la fe, podemos mirar esa graduación no solamente con tristeza, sino también con esperanza: confiando en que Dios nos recibe y que el amor trasciende nuestra comprensión de la vida y la muerte.
No sabemos cuándo será nuestra graduación, pero sí podemos decidir cómo queremos llegar a ella.
Que cuando llegue ese momento, nuestro mayor legado no sea lo que acumulamos, sino lo que sembramos en los corazones.
Que nos recuerden por nuestra generosidad, por nuestra sonrisa, por nuestra capacidad de amar, por las veces que hicimos sentir importante a alguien y por haber sido una bendición en el camino de otros.
Y mientras llega ese último examen, sigamos aprendiendo, amando, perdonando, agradeciendo y viviendo intensamente.
Porque quizá la gran lección de la muerte no sea enseñarnos a morir, sino enseñarnos, de una vez por todas, a vivir.
Que nuestra graduación nos encuentre con el alma llena de amor, el corazón en paz y la satisfacción de haber dejado un poquito de luz en este mundo.
