octubre 23, 2026

Cuando los amigos se van: Edith Ancona

Queridos lectores: Llega un momento en la vida en que el otoño deja de ser solamente una estación del año y se convierte en una manera de mirar el mundo. Las hojas caen, los días se acortan y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a contar las ausencias de quienes caminaron con nosotros por tantos años.
Cuando los amigos se van, algo de nuestra historia se marcha con ellos.
Se llevan sus risas, sus consejos, las conversaciones interminables, las confidencias compartidas y aquellos momentos sencillos que entonces parecían cotidianos, pero que hoy descubrimos que eran extraordinarios.
En el otoño de la vida, empezamos a comprender que las reuniones ya no siempre están completas, que algunas sillas permanecen vacías y que hay voces que nunca volveremos a escuchar de la misma manera. Amigos de la infancia, compañeros de juventud, familiares entrañables, personas que fueron parte de nuestros días y que ahora viven en nuestros recuerdos.
Y entonces llega el Día de Muertos, con sus flores de cempasúchil, sus velas encendidas, sus fotografías y sus altares. Un día en el que la memoria se vuelve abrazo y el amor encuentra una manera hermosa de decir: “No te he olvidado”.
Porque quienes amamos nunca desaparecen del todo. Permanecen en una canción que nos los recuerda, en una frase que todavía repetimos, en una receta familiar, en una anécdota que nos hace reír entre lágrimas y en esa huella invisible que dejaron en nuestra manera de ser.
Con los años aprendemos que la vida no se mide solamente por el tiempo que permanecemos en este mundo, sino por el amor que compartimos y por las vidas que tocamos.
Quizá el verdadero aprendizaje del otoño sea este: dejar de posponer los abrazos, decir más veces “te quiero”, perdonar lo que ya no merece nuestro resentimiento y buscar a quienes todavía podemos encontrar.
No esperemos a que alguien se convierta en recuerdo para reconocer lo importante que es en nuestra vida. Llamemos a ese amigo que hace tiempo no vemos. Visitemos a nuestros familiares. Hagamos las paces. Riamos juntos. Digamos aquello que el orgullo o la prisa nos han impedido expresar.
Porque llegará un día en que daríamos cualquier cosa por tener cinco minutos más con alguien que hoy todavía puede contestar nuestro teléfono.
Y cuando nos toque despedir a quienes amamos, permitámonos llorar. No hay debilidad en las lágrimas; son el lenguaje de un corazón que tuvo el privilegio de amar profundamente.
Pero después de llorar, recordemos también sonreír. Que la ausencia no borre la gratitud por haber coincidido. Que la tristeza no nos impida celebrar las historias que vivimos juntos. Que cada recuerdo sea una pequeña luz encendida en medio de la nostalgia.
Si tenemos fe, podemos encontrar consuelo en la esperanza de que la muerte no tiene la última palabra y de que el amor que nos une trasciende aquello que nuestros ojos pueden ver.
Y si algo hemos aprendido en este largo viaje llamado vida, es que no podemos elegir cuánto tiempo tendremos a las personas a nuestro lado, pero sí podemos elegir cuánto amor dejamos en ellas.
En este otoño de la vida, cuando el camino comienza a llenarse de nombres que extrañamos, abracemos con ternura nuestros recuerdos y con alegría a quienes todavía caminan con nosotros.
Que nunca nos falte un motivo para agradecer, una mano que sostener, un amigo con quien compartir un café ni una razón para seguir contemplando la belleza de cada amanecer.
Y cuando llegue el Día de Muertos, encendamos una vela por quienes se adelantaron; pronunciemos sus nombres, contemos sus historias y brindemos por la dicha de haberlos tenido en nuestra vida.

En memoria de quienes se adelantaron y en honor de quienes todavía tenemos la dicha de abrazar.

About The Author

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *