Fuera de Cuauhtémoc, todo es Cuautitlán
Hay una vieja expresión que retrata con crudeza el centralismo mexicano: “Fuera de la Ciudad de México, todo es Cuautitlán”. Hoy podría aplicarse, con ironía, a buena parte de la comentocracia nacional: fuera de su reducido cuadrante capitalino, pareciera que México simplemente no existe.
Desde Polanco, Las Lomas, Reforma o Insurgentes, algunos columnistas y analistas pretenden explicar el país observando únicamente las disputas de Palacio Nacional, el Congreso y las redes sociales de los funcionarios. Su error no es solamente geográfico; es metodológico.
México no se gobierna exclusivamente desde la capital. El poder también se construye en los estados, en los puertos, las aduanas, las zonas industriales, las cadenas de suministro, las organizaciones empresariales y, por supuesto, en las estructuras políticas y sociales regionales.
Mientras en la capital se discute si una declaración de un secretario anuncia el debilitamiento o la ruptura del régimen, en Nuevo León, Tamaulipas, Chihuahua, Coahuila, Jalisco, Guanajuato o Michoacán el poder se mide de otra manera: presupuesto, seguridad, infraestructura, comercio exterior, inversión, empleo y capacidad de negociación con la Federación.
Ahí está precisamente la miopía.
Durante años, buena parte de la comentocracia convirtió sus propios deseos en diagnósticos políticos. Cada reforma era anunciada como “el fin de la democracia”; cada conflicto como “la fractura definitiva del régimen”; cada movimiento del gobierno como preludio de su inevitable caída.
Pero el poder no siempre funciona como lo imaginan los columnistas. También opera mediante negociación, dependencia presupuestal, control institucional, seguridad, obra pública y capacidad para ordenar los equilibrios locales.
El cambio político iniciado en 2018 debió analizarse precisamente desde esa perspectiva. No fue únicamente una alternancia electoral; significó una transformación profunda de las relaciones entre el poder federal, los estados y las instituciones.
Y mientras algunos apenas descubren las consecuencias de la desaparición o debilitamiento de organismos autónomos y de la Reforma Judicial, en muchas regiones del país esas transformaciones ya habían comenzado a modificar la forma en que se ejerce y se negocia el poder.
La pregunta, entonces, no es si México está cambiando. Eso resulta evidente.
La verdadera pregunta es: ¿cuánto de ese cambio sigue sin ser comprendido por quienes pretenden explicar México desde unas cuantas colonias de la Ciudad de México?
Quizá el problema no sea que “fuera de Cuauhtémoc todo es Cuautitlán”.
Quizá el verdadero Cuautitlán sea la burbuja desde la cual algunos siguen intentando interpretar un país que hace mucho dejó de caber en ella.
