Rocha Moya: el poder entiende el poder
Una lectura desde la Micropolítica
El regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa, después de 112 días de licencia y mientras enfrenta una acusación formal en Estados Unidos, admite una explicación aparentemente sencilla: regresó para recuperar el poder y protegerse desde el cargo.
Puede ser. Pero la Micropolítica obliga a mirar más allá.
En las relaciones de poder rara vez contamos con toda la información. Si esperáramos evidencias concluyentes antes de intentar comprender lo que hacen los actores, casi siempre llegaríamos tarde.
Es como jugar ajedrez.
Nadie tiene “evidencias” de cuáles serán las siguientes dos jugadas del adversario. Observamos el tablero, conocemos su estilo, recordamos partidas anteriores, evaluamos sus fortalezas y debilidades y, con información necesariamente incompleta, anticipamos.
La Micropolítica funciona de manera semejante.
Por eso, antes de preguntarnos qué dijo Rocha, Morena o el gobierno federal, conviene preguntar: ¿qué cambió en el tablero con su regreso?
Rocha recuperó una fuente formidable de poder: la gubernatura. Pero eso no significa que haya recuperado el poder político que alguna vez tuvo. Su sucesión, sus alianzas y los equilibrios dentro de Sinaloa han avanzado durante su ausencia.
Entonces surge otra pregunta:
¿Para qué regresar?
Una primera hipótesis es que pudo existir algún conocimiento, comunicación o entendimiento previo con actores estadounidenses. No tenemos evidencias para afirmarlo. Pero tampoco debemos suponer que porque públicamente se diga que Rocha “no consultó a nadie”, todos los actores relevantes fueron sorprendidos.
Una segunda hipótesis resulta todavía más interesante: quizá Rocha regresó precisamente porque no consiguió negociar.
Un gobernador con licencia, aislado y bajo acusación, pierde capacidad negociadora. Un gobernador nuevamente instalado recupera información, interlocución, acceso institucional y capacidad para observar los reacomodos ocurridos durante sus 112 días de ausencia.
No necesita recuperar todo su antiguo poder. Necesita recuperar suficiente poder para volver a ser necesario.
Desde esta perspectiva, su regreso podría ser una jugada destinada a modificar el cálculo de Washington: si no quisieron negociar conmigo cuando estaba fuera, tendrán que reconsiderarme ahora que nuevamente estoy dentro.
Y aparece otra paradoja.
No es políticamente lo mismo detener a un exgobernador fugitivo que conseguir la entrega o procesamiento del gobernador en funciones de Sinaloa. Para Estados Unidos, el segundo escenario tendría un enorme significado jurídico, político y simbólico.
Tampoco sabemos qué valor tiene hoy Rocha para los diferentes actores del tablero. Para unos, lo que sabe puede convertirlo en una fuente de información extraordinariamente valiosa. Para otros, ese mismo conocimiento podría convertirlo en un riesgo.
No afirmamos que exista un acuerdo secreto. Tampoco que Washington haya autorizado su regreso, ni que Rocha vaya a entregarse o convertirse en colaborador.
Estamos anticipando.
Y eso permite hacer algo que pocas veces hacemos en el análisis político: escribir nuestras hipótesis antes de conocer el desenlace.
Si Washington fue sorprendido y considera intolerable el regreso, deberíamos observar alguna reacción significativa. Si, en cambio, aparecen silencios inesperados, moderación, intermediarios, cooperación o movimientos difíciles de explicar mediante la versión pública, tendremos nuevos indicios para reconsiderar el tablero.
También debemos observar a Rocha. Si su regreso pretende aumentar su capacidad negociadora, alguna de sus próximas jugadas importantes probablemente estará dirigida, directa o indirectamente, hacia Estados Unidos.
Podemos equivocarnos.
También se equivoca un buen jugador de ajedrez cuando anticipa una jugada que nunca llega.
Pero ésa es precisamente una de las diferencias entre estudiar el poder después de los acontecimientos y ejercer la Micropolítica mientras están ocurriendo.
La evidencia permite demostrar lo que ocurrió. Los indicios, los patrones, la experiencia y el conocimiento de los actores permiten anticipar lo que podría ocurrir.
Esperar siempre la evidencia tiene un costo:
cuando finalmente llega, la siguiente jugada ya fue hecha.
