Lecciones del Mundial: Gustavo Vicencio

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La política es un deporte de contacto”

Steve Chabot

       Con la derrota ante la selección de Inglaterra y con el hecho de que el resto de los partidos ya no se diputarán en nuestro país, el mundial prácticamente terminó para México. Durante varias semanas los mexicanos nos olvidamos de nuestras diferencias. La Selección Nacional nos regaló algo que parecía imposible: un país unido ilusionado. Millones de mexicanos dejamos de discutir sobre política para concentrarnos en un solo objetivo. El «¿y si sí?» dejó de ser una frase futbolera para convertirse en una esperanza compartida. Mientras once jugadores defendían la camiseta, más de ciento treinta millones de mexicanos defendíamos una ilusión.

      Pero el futbol nunca detuvo al país. Mientras la Selección disputaba su pase a la siguiente ronda, el gobierno federal continuó cerrando filas en defensa del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, pese a los cuestionamientos políticos y al grave deterioro de la seguridad en el estado. En lugar de promover un esclarecimiento que fortaleciera la confianza pública, el mensaje volvió a ser el de respaldo político. Al mismo tiempo, la relación con Estados Unidos volvió a tensarse tras nuevas revelaciones y declaraciones relacionadas con la captura de Ismael «El Mayo» Zambada. Un episodio que sigue alimentando preguntas sobre la cooperación bilateral, la estrategia de seguridad y la capacidad del Estado mexicano para enfrentar al crimen organizado. No paran los asesinatos diarios, la falta de medicinas en hospitales, las noticias sobre el huachicol fiscal, el estancamiento económico y muchos problemas más.

      Y mientras estos temas ocupaban discretamente los medios de comunicación, millones de mexicanos seguíamos pendientes de un balón. Hoy, regresamos a la realidad. Ahora el reto será trasladar todo ese entusiasmo deportivo a lo que nos debería de importar sobremanera: el futuro de nuestro país. Los grandes problemas nacionales siguen ahí y les tenemos que hacer frente. ¿Cómo podemos seguir unidos en este propósito? Si, contamos con un gobierno que nos está llevando a niveles nunca vistos de corrupción, ineptitud, irresponsabilidad y colusión con grupos criminales. Sin embargo, para hacerle frente requerimos de una ciudadanía que no solo sea espectadora, sino que se meta a la cancha a ganar partidos. Seamos sinceros, nos indignamos por los escándalos de corrupción, pero muchas veces justificamos pequeñas ilegalidades cuando nos benefician. Criticamos a los políticos, pero preferimos mantenernos lejos de la política. Exigimos mejores gobiernos, pero pocos están dispuestos a dedicar tiempo, prestigio o esfuerzo para construir una alternativa. Después nos sorprendemos de que las decisiones sigan quedando en manos de los mismos.

      Aquí aparece una de las lecciones más importantes que nos dejó el Mundial. Los mexicanos sí sabemos trabajar unidos. Sí sabemos organizarnos. Sí sabemos creer en un proyecto común. Lo demostramos durante semanas. Entonces, ¿por qué esa unidad desaparece cuando se trata de rescatar al país? Quizá porque nos hace falta un proyecto que nos una. Quizá porque seguimos esperando que alguien más lo haga por nosotros. Nos guste o no, en el México actual la única forma de hacerse del poder es a través de los partidos políticos. Desgraciadamente criticarlos se ha convertido en un deporte nacional. Claro, muchas críticas están plenamente justificadas. Pero hay una realidad que no podemos ignorar: en una democracia, el poder se conquista, se limita y se sustituye mediante la participación política. Y esa participación, nos guste o no, pasa por los partidos políticos. Si los ciudadanos honestos abandonan esos espacios porque consideran que «todos son iguales», no desaparecen los partidos. Desaparecen los contrapesos. Los ocupan quienes entienden que el poder nunca queda vacío. Después nos lamentamos de que siempre gobiernen los mismos perfiles, de que las oposiciones sean débiles o de que las instituciones pierdan credibilidad. Pero las instituciones no se fortalecen desde la tribuna. Se fortalecen participando.

      El Mundial nos recordó el país que podemos ser cuando compartimos un objetivo. Ahora toca decidir si esa unidad fue únicamente una emoción pasajera o si puede convertirse en una actitud permanente. Porque el verdadero «¿y si sí?» no consiste en llegar a unos cuartos de final. Consiste en preguntarnos si algún día tendremos el valor de exigir cuentas al poder, involucrarnos en la vida pública y construir mejores partidos en lugar de limitarnos a despreciarlos. Cuando terminó el Mundial comenzó el partido más importante. ¿Y si sí entendemos que la democracia no funciona sin ciudadanos comprometidos? ¿Y si sí decidimos participar en lugar de solamente criticar?

      A partir de ya comienza el partido que realmente define el futuro de México. En ese partido no existen aficionados. Solo ciudadanos. Y la pregunta ya no es si la Selección estuvo a la altura. La pregunta es mucho más incómoda: ¿Nosotros lo estamos?

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