¿Se Nace para Gobernar o se Aprende a Gobernar?
En las dos entregas anteriores llegamos a una conclusión que conviene tener presente. Primero entendimos que elegir a un gobernador no debería reducirse a un concurso de popularidad, sino convertirse en un ejercicio serio de evaluación ciudadana. Después vimos que ganar una elección y saber gobernar son cosas muy distintas. Ahora toca avanzar un paso más. Si gobernar exige capacidades específicas, la pregunta surge por sí sola: ¿un buen gobernante nace con ellas o las desarrolla a lo largo de su vida? La respuesta es sin duda, se desarrollan. Nadie confiaría su vida a un cirujano que estuviera realizando su primera operación. Tampoco abordaríamos un avión sabiendo que el piloto tendrá su primer vuelo con pasajeros. Sin embargo, en política solemos aceptar algo muy parecido. Con frecuencia entregamos la conducción de un estado a personas cuya mayor experiencia consiste en haber ganado una elección, sin detenernos a valorar si realmente están preparadas para gobernar. Y gobernar no es un acto de improvisación. Es una responsabilidad que exige preparación, criterio y experiencia. Quien ocupa esa posición toma decisiones que afectan la vida de millones de personas. Administra recursos públicos, coordina instituciones complejas, construye acuerdos, enfrenta conflictos y responde cuando llegan las crisis. Nada de eso se improvisa. Se aprende, se fortalece con la experiencia y se acredita con resultados. Por eso ha llegado el momento de dejar de hablar únicamente de cualidades y empezar a hablar de competencias. La diferencia es mucho más profunda de lo que parece. Una cualidad describe rasgos personales. Una competencia demuestra la capacidad de obtener resultados en situaciones reales. La honestidad, por ejemplo, es indispensable. Pero un gobernador honesto que no sabe administrar difícilmente ofrecerá un buen gobierno. Lo contrario también es cierto. Una persona técnicamente capaz, pero sin integridad, tampoco merece la confianza de los ciudadanos. Gobernar exige el equilibrio de ambas dimensiones. Por eso, al evaluar a quienes aspiran a dirigir Nuevo León, conviene ir más allá de los discursos de campaña y formular preguntas distintas. ¿Dónde aprendió este candidato a tomar decisiones difíciles? ¿Ha dirigido organizaciones complejas? ¿Ha administrado recursos públicos o privados con responsabilidad? ¿Ha formado equipos capaces de resolver problemas? ¿Ha enfrentado crisis reales y demostrado capacidad para superarlas? ¿Sabe escuchar, negociar y rectificar cuando las circunstancias lo exigen? Responder con seriedad a estas preguntas permite conocer mucho mejor el verdadero potencial de un aspirante que cualquier eslogan o promesa de campaña. Las campañas muestran lo que un candidato promete hacer. Las competencias revelan lo que ya ha demostrado que sabe hacer. En las siguientes entregas analizaremos, una por una, las competencias que, desde una perspectiva ciudadana, deberían integrar el perfil del próximo gobernador de Nuevo León. El propósito no es construir un modelo perfecto ni un perfil inalcanzable. La intención es mucho más útil: ofrecer una herramienta objetiva que permita comparar a todos los aspirantes bajo los mismos criterios. Quizá entonces descubramos que el mejor candidato no siempre es el más conocido. Ni quien domina la conversación pública. Ni quien aparece todos los días en redes sociales. Tal vez sea quien dedicó años a prepararse para una responsabilidad que no admite improvisaciones. Porque un buen gobierno no depende de la suerte. Depende de la preparación, del carácter y de las competencias de quien lo encabeza. Y una democracia comienza a madurar cuando los ciudadanos dejan de preguntarse quién puede ganar una elección y empiezan a preguntarse quién está verdaderamente preparado para gobernar.
La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector.
“Porque hoy más que nunca, Nuevo León necesita menos ruido… y mucho más rumbo”.
Mtro. Miguel H. Botello Treviño Correo electrónico: mickbotello@gmail.com
