Tragedia es disfraz, simulación, trampa. Es el bosque de Macbeth o el palacio de Edipo
Tomas Abraham

Una verdad desnuda y cruel nos deprime cada vez más. No supimos reemplazar al PRI; es más, tal vez ni siquiera lo intentamos. Ahora el dilema es mayor: cómo reconstituir la República. La 4T ha sido una aplanadora, una inmensa mole que implacablemente tritura nuestra vida institucional.

Antes que nada, la política es orden. Solo se pueden hacer buenas relaciones humanas en un Estado de derecho. En las dictaduras habrá orden, pero no hay política; hay sometimiento, participación precaria. La política se vulgariza cuando pierde su significado original; se trivializa cuando la tarea cotidiana se realiza con indiferencia, sin seriedad. En esas estamos.

En 1984, la historiadora estadounidense Barbara Tuchman escribió La marcha de la locura. La sinrazón desde Troya hasta Vietnam. En este libro relata decisiones asumidas sin la información adecuada. Señala el caso de Moctezuma enviándole regalos a Hernán Cortés para persuadirlo de no continuar su marcha hacia Tenochtitlan. Evidentemente, provocó que el conquistador acelerara el paso.

Tal parece que seguimos haciendo lo mismo, confiados ingenuamente en obtener resultados diferentes. Darle a los maestros de la CNTE más de lo que les corresponde para que regresen a las aulas solamente ocasiona la persistencia del conflicto.

Lo más probable es que debido a la fiesta deportiva vivamos una soportable tregua hasta el 19 de julio. A partir de esa fecha, me atrevo a augurar una situación de perplejidad. Cuando la ley se manipula al antojo de la autoridad, cualquier cosa puede suceder. No hay asideros confiables a los cuales sujetarse.

La urgente necesidad de reestablecer la convivencia armónica exige la propuesta de un nuevo orden. El gobierno no puede continuar impunemente con la exclusión de quienes no se suman a sus designios. La negativa arbitraria al reconocimiento de nuevas organizaciones en el escenario político sería un detonador de malestar colectivo: o se abren canales democráticos como opciones para la contienda legal, o se seguirá insuflando el ambiente de anarquía.

No encuentro antecedentes de una actitud más intolerante de una autoridad: la secretaria de Gobernación amenaza a las madres buscadoras de investigar los posibles apoyos recibidos para su traslado a la CDMX. De existir estos, ¿cuál es el delito? ¡Lamentable que el desempeño de los funcionarios gubernamentales tenga ese grado de extravío!

Según un sondeo de opinión pública publicado hace algunos años, los mejores presidentes de México son: Benito Juárez, Lázaro Cárdenas, Porfirio Díaz, Gustavo Díaz Ordaz y Guadalupe Victoria. Tal parece que se ponderó como la cualidad más trascendente el valor para tomar decisiones, para enfrentar retos, para no rehuir la confrontación. El ciudadano desconfía del indeciso y del incongruente.

Tanto en Europa –considerada la zona de mayor desarrollo en todos los órdenes–, como en América latina, se están decantando nuevos perfiles de liderazgo. El voto se está inclinando por candidatos más sobrios, menos proclives al populismo, con propuestas factibles de ser realizadas.

Desde luego, en esto no hay nada escrito. México ha tenido políticos –hay que decirlo sin tapujos– más cultos, más preparados. Dicho de otra manera, con ideas, con pudor; con oficio, para decirlo pronto. Habrá que agregar el cuidado de los ritos, de los símbolos, del discurso, de los usos y costumbres de los que se ha revestido a quienes requieren respetabilidad en la opinión pública.

Pretender refutar a quienes somos críticos con el señalamiento de que obedecemos intereses individuales es una suposición injusta, por decir lo menos. El papa León XIV, en sus recientes mensajes, insiste en un elemental llamado: “Alzad la mira”. Ahí está la clave: rescatar el quehacer político auténtico, el vinculado a la ética, al derecho. Esa es hoy una responsabilidad insoslayable.

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