¿Cómo se derrota a la izquierda populista?

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El modelo se repite en Estados Unidos, Argentina, Chile y, ahora, en Colombia; un fenómeno que derrumba los dictados de la centroderecha, la cual había operado bajo los dogmas de ciertos consultores políticos: para ganar, hay que moderarse; para gobernar, hay que parecerse un poco al adversario. Frente al avance de las izquierdas populistas —expertas en la movilización afectiva, el relato identitario y el reparto de dinero—, la respuesta convencional de la oposición ha sido el repliegue ideológico. Se asumió que la única forma de capturar al «votante medio» era correrse hacia el centro, entibiar las propuestas y aceptar, de manera claudicante, los marcos conceptuales del progresismo.

El reciente panorama político en la región, tras los últimos movimientos electorales en Colombia, demuestra que esa estrategia no solo está agotada, sino que es el camino más rápido hacia el fracaso. La tesis es tan contundente como incómoda para el establishment: a las izquierdas populistas no se les derrota desde la tibieza del centro; se les vence con mensajes contundentes y alejados de lo políticamente correcto.

La centroderecha tradicional suele sacrificar su identidad para adoptar posturas del progresismo, como ocurre con el PAN en México, bajo la absurda ilusión de conquistar otros espectros políticos; el resultado es que terminan perdiendo a sus propias bases (como el caso de Xóchitl Gálvez). Los resultados en Colombia reflejan lo que ya ocurrió en Argentina y Chile. El intento del uribismo tradicional de mimetizarse con el lenguaje woke e incluir perfiles progresistas en sus fórmulas no atrajo a la izquierda y, en cambio, ahuyentó a sus votantes hacia una derecha más consistente.

¿Cuál es la fórmula que está resquebrajando la hegemonía del populismo de izquierda?

No es el diseño de un programa de gobierno hecho a la medida de los focus groups, sino la autenticidad políticamente incorrecta. El electorado actual ya no busca tecnócratas grises que calculen cada palabra para no ofender a los medios y organismos hegemónicos. 

El ciudadano de a pie, asfixiado por la inseguridad, el estancamiento económico y el adoctrinamiento gubernamental, premia el coraje de una figura firme. Valora a los candidatos con el carácter suficiente para defender los valores tradicionales, plantear reformas estructurales en lo económico y aplicar mano dura contra la delincuencia. Un ejemplo de esto es el clamor popular en Centroamérica y parte de Sudamérica, donde se reconoce abiertamente el trabajo de Nayib Bukele contra la inseguridad.

A esto se suma la ruptura del monopolio de la opinión pública. Esta nueva derecha no necesita la validación de la prensa tradicional, ya sea nacional o internacional. El éxito de figuras como Javier Milei en Argentina o Abelardo de la Espriella en Colombia radica en haber trasladado la épica política a las redes sociales, apoyándose en comunidades de creadores de contenido que conectan con el sentido común de las mayorías. Mientras la izquierda se desgasta en discursos de nicho y burocracia identitaria, la alternativa se comunica con cumbias, cánticos de fútbol y una simbología de combate cultural que despierta a una base electoral que permanecía dormida.

América Latina está presenciando la desaparición del centro político como una opción viable frente a crisis profundas. Para derrotar a un modelo populista respaldado por aparatos transnacionales, no basta con ofrecer una administración ligeramente más ordenada o eficiente del desastre. Se requiere una contrapropuesta con identidad, mística y convicciones inquebrantables. El «León» en Argentina, los referentes firmes en Chile y ahora el «Tigre» en Colombia demuestran que la única forma de frenar el avance de la izquierda es plantando cara, con las banderas en alto y sin ceder un solo milímetro a la tibieza.

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