Luis Santos de la Garza sirvió al PAN, digno ejemplo

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La muerte de Luis Santos de la Garza, a los 104 años, no es sólo el cierre de una biografía extensa; es la despedida de una forma de vivir que hoy parece excepcional. En tiempos marcados por la prisa, el ruido y la desmemoria, su vida recuerda que la verdadera trascendencia no siempre está en los reflectores, sino en la coherencia diaria entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace.
Vivir más de un siglo no es, por sí mismo, una hazaña moral. Lo extraordinario de Luis Santos de la Garza fue cómo vivió ese tiempo: con disciplina, sobriedad y una ética firme que atravesó generaciones. Fue testigo de guerras lejanas y crisis cercanas, de cambios tecnológicos impensables y transformaciones sociales profundas. Vio nacer y caer gobiernos, modas, discursos y promesas. Y aun así, mantuvo una brújula clara: el trabajo honesto, la palabra cumplida y el respeto por los demás.
Quienes lo conocieron coinciden en que no buscó protagonismo. Su autoridad no venía del cargo, sino del ejemplo. En una época donde el éxito suele medirse por la visibilidad o el poder, su legado demuestra que hay otra vara más exigente: la decencia sostenida en el tiempo. Fue de esa generación que entendía el deber como una forma de dignidad y la responsabilidad como un compromiso colectivo.

Tuve la oportunidad de convivir con Lic Santos de la Garza, tanto en lo personal, lo que me permitió aprender sus habilidades como abogado y familiar, al observar lo que significa tener, alimentar, educar e integrar a una verdadera familia. En lo profesional, no tengo empacho a afirmar que era un excelente abogado y un extraordinario legislador del PAN al cual perteneció y participo toda su vida. Fue critico, pero también ofrecía soluciones, era radical en sus principios y accesible en las soluciones.

Me acompańó cuando fui dirigente del Comité Municipal del PAN en Monterrey y posteriormente en el Estatal de NL, su consejo, apoyo y amistad las aprecio y conservo con afecto y vivencias imborrables, tal cual fue haber logrado el triunfo de Jesus Hinojosa Tijerina a la alcaldía de Monterrey en 1994, así como, haber promovido, elaborado y estructurado la Ley Electoral del Estado de NL, habiendo logrado la ciudadanízación de los órganos electorales, para que el gobierno ya no metiera las manos en las elecciones.
A los 104 años, su vida también interpela a una sociedad que envejece mal, que a menudo margina la experiencia y reduce la vejez a estadísticas. Luis Santos de la Garza fue memoria viva: un recordatorio de que el pasado no es un lastre, sino una fuente de aprendizaje cuando se le escucha con humildad.
Hoy, su ausencia deja silencio, pero también deja una tarea. Honrar su vida no consiste en idealizarla, sino en recuperar los valores que la sostuvieron: constancia, prudencia, sentido del deber y respeto por la comunidad. En un país urgido de referentes morales creíbles, su historia ofrece algo poco común y profundamente necesario: una lección sin estridencias.
Murió a los 104 años, sí. Pero más importante aún: vivió plenamente cada uno de ellos con integridad. Ese es el legado que permanece.

Iran viniendo, iremos viendo como un personaje como Lic Luis, sea siempre recordado como referente de un panista, que dedico su vida a servir al PAN y no servirse de este instituto político.

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