De Barcelona a Madrid viajó la democracia

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Mientras miles de venezolanos gritaban «libertad» en la Puerta del Sol, en Madrid, el presidente Pedro Sánchez escenificaba en Barcelona un acto de propaganda personal enfundado en retórica democrática. Un proverbio del refranero castellano que conviene recordar esta semana dice: «Limpia tus dedos antes de señalar mis lunares.» Pedro Sánchez, lo desconoce, o lo desprecia. 

No hay otra explicación para lo que ocurrió el pasado fin de semana en Barcelona, donde el presidente de un Gobierno bajo asedio judicial, político y ciudadano convocó a los líderes de la izquierda latinoamericana para una cita en la que se autoproclamó a sí mismo como defensor de la democracia y virtual arcángel hispanoamericano que ya encabeza la derrota de “ultraderecha internacional”. Es su más ambiciosa operación de autojustificación.

Las imágenes de estos días lo dicen todo: en el mismo momento en que Lula da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum aplaudían en Barcelona al anfitrión en el Palau de Pedralbes, decenas de miles de venezolanos desbordaban la Puerta del Sol de Madrid al grito de «¡libertad!». Convocaba María Corina Machado, la única líder de la oposición venezolana con legitimidad popular real, galardonada antes con el Premio Nobel de la Paz. Ninguno de los presentes en Barcelona la mencionó. Ni una palabra. Ese silencio es la mejor acta de acuerdos de la cumbre. 

María Corina Machado no contraprogramó a Sánchez, lo desenmascaró al declarar que sobre el tema al periódico El Mundo que «hay quienes quieren que Venezuela sea democrática y libre y quienes quieren mantener el actual statu quo», es decir, con los miembros representativos de la cúpula del régimen del defenestrado Nicolás Maduro en el poder.

La pregunta que nadie en Barcelona quiso responder es simple: ¿Cómo puede celebrarse una cumbre de líderes hispanoamericanos «en defensa de la democracia» sin condenar el fraude electoral con el que Nicolás Maduro se perpetuó en el poder? ¿Cómo puede Sánchez presidir ese cónclave habiendo permitido la extorsión diplomática a Edmundo González, habiendo ninguneado el Nobel a Machado, habiendo ejercido de principal defensor internacional de Delcy Rodríguez? La respuesta es que no puede. Pero lo hizo.

Al respecto, todos los presentes tienen en común un punto en común. Han mirado hacia otro lado ante la tiranía chavista, han aceptado sus giros durante muchos años, 27 para precisar. Han aceptado sus invitaciones. Petro ataca a Machado con bulos. Lula la ningunea. Y Sánchez los convoca a todos bajo el paraguas de una «Internacional progresista» que excluye precisamente a la mujer que encarna la resistencia democrática más genuina del continente. No es un olvido. Es una toma de posición. 

El caso de Claudia Sheinbaum merece un apunte. La presidenta mexicana llegó a Barcelona con un mérito real, haber roto con la retórica hostil hacia España que durante años cultivó su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, quien convirtió el agravio histórico con la madre patria en bandera de política interior. Ese gesto de normalización diplomática era bienvenido y necesario. Pero Sheinbaum no ha dado el paso siguiente que consistiría en reconocer que en Venezuela se instauró una dictadura. Tampoco es una sorpresa, incluso es una actitud congruente con la postura original de la 4t.  Su silencio sobre el fraude de Maduro fue funcional al régimen. Y significativo si se considera que uno de los ideólogos de Morena, el pensador marxista Héctor Díaz Polanco, ha sostenido solemnemente su ensoñación de una patria bolivariana unificada desde Caracas hasta Ciudad de México. Ese horizonte ideológico, que algunos en el movimiento gobernante mexicano comparten en voz baja, explica por qué el chavismo sigue siendo para cierta izquierda latinoamericana no un fracaso a superar sino un modelo a defender. Sheinbaum puede ser mejor que López Obrador en muchas cosas. Hacia Venezuela, por ahora, no lo ha demostrado.

Un presidente acosado por sus propias contradicciones

 La cumbre de Barcelona estuvo en realidad vinculada al momento político que atraviesa su convocante. Pedro Sánchez no organizó este encuentro desde una posición de autoridad moral. Lo hizo desde la debilidad. Tres de los miembros de la alta dirección de su gobierno y su partido, el Socialista Obrero Español, —Ábalos, Santos Cerdán, Koldo— enfrentan causas penales recluidos en la cárcel. Su esposa, Begoña Gómez, está a punto de sentarse ante el tribunal. El partido pierde elecciones autonómicas una tras otra: Extremadura, y todo indica que Andalucía seguirá el mismo camino.

En la calle, la temperatura política es inocultable.  Las consignas ofensivas contra su persona se han convertido en un cántico de la gente que ya no sorprende a nadie, ni siquiera en actos con la presencia del Rey Felipe VI y la familia real. Esa crispación no surge de la nada, son expresión de una ciudadanía que percibe un doble rasero permanente, un Gobierno que predica valores que no práctica, que acusa de autoritarismo a Trump y que habla de derechos humanos, pero apoya a organizaciones pese a vínculos documentados con Hamás, al igual que omite condenar al régimen teocrático iraní. 

La cumbre de Barcelona era, en este contexto un escaparate. Un intento de proyectar hacia el exterior una legitimidad que se erosiona en el interior. Un presidente que no puede controlar la narrativa en su propio país y busca construirla en el escenario global, acompañado de aliados que tampoco tienen demasiados espejos limpios donde mirarse.

El termómetro democrático estaba en Madrid

Mientras los presidentes de Barcelona se fotografiaban entre sonrisas, María Corina Machado se asomaba al balcón de la Real Casa de Correos en la plaza Puerta del Sol ante una marea humana que lloraba y gritaba su nombre. No había escenógrafo, ni protocolo, ni comunicados conjuntos. Solo la energía irreductible de quienes llevan años resistiendo una dictadura que los mandatarios reunidos en Barcelona nunca han tenido el coraje de llamar por su nombre.

Machado fue clara cuando se le preguntó por qué no quiso reunirse con Sánchez: «La cumbre de Barcelona demuestra por qué no es conveniente hacerlo.» Habría sido concederle una absolución inmerecida. Una foto con el presidente español le habría servido a él, no a Venezuela. Y ella, a diferencia de sus interlocutores en Barcelona, no está en la política para servirse a sí misma.

Lo que ocurrió en la Puerta del Sol fue también un aviso para quien quiera escucharlo: el liderazgo de Machado no es solo moral, es operativo. Tiene organización, tiene movilización, tiene el respaldo popular que ninguna encuesta puede fabricar. «Para allá vamos», dijo ante la multitud. Y quienes la escucharon, a uno y otro lado del Atlántico, lo creyeron.

Sánchez gusta de invocar «el lado correcto de la historia.» Es una frase que Xi Jinping le regaló en Pekín y que él ha adoptado como propia con la naturalidad de quien no advierte la ironía. Porque «el lado correcto de la historia,» en el discurso del presidente, resulta incluir a regímenes que encarcelan opositores, amordazan periodistas y celebran elecciones cuyo resultado deciden con antelación.

El verdadero lado correcto de la historia tenía esta semana nombre y apellidos: María Corina Machado. Y estaba en Madrid, no en Barcelona. El tiempo, que tiene memoria larga, sabrá distinguirlos.

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