𝗟𝘂𝗺𝘂𝗺𝗯𝗮, 𝗡𝘀𝗮𝗹𝗮 𝘆 ❜𝗲𝘀𝗮❜ 𝗳𝗼𝘁𝗼: Alejandro Novia Ramos
Hace poco, no sin razón, pero dudo que, por los motivos correctos, los medios deportivos en México empezaron a hablar mucho de un «imitador» de Lumumba que se había popularizado. La República Democrática del Congo (, no confundir con
) se jugó su clasificación a la Copa del Mundo en Guadalajara contra Jamaica y, ante el lógico desconocimiento de la afición sobre la cultura congoleña, decidieron hacer famosa a la persona correcta. En cada uno de los partidos de la RDC en la Copa África de diciembre jugada en Marruecos, Kuka Muladinga, un incansable aficionado congoleño, se trepaba en un banquito que colaba a los estadios para mantenerse, durante 90 minutos de reloj, completamente estático levantando un brazo con un gesto generoso (foto abajo). Él, vestido de un traje del color de la bandera, estaba imitando la posición de la estatua más conocida de Lumumba, el líder del Movimiento Nacional Congoleño que, después de la Segunda Guerra Mundial, logró la independencia de la RDC frente a Bélgica.

Muladinga logró que se hablara más de Lumumba que lo que cualquier departamento de estudios decoloniales de las más vanguardistas universidades latinoamericanas hubieran podido imaginar. Nos puso a investigar, a cientos de personas, acerca de la insurgencia guerrillera, del secesionista de Katanga, de la solicitud de ayuda a la URSS, del Golpe de Estado a Lumumba, y de su cobarde asesinato a manos del ejército belga, entre muchas otras más. A mí, en lo particular, me hizo interesarme por lo que fue el «Congo leopoldino«.
Seré sintético: las estimaciones más sobrias sobre el impacto de la asunción del rey Leopoldo II como dueño del Congo se sitúan entre 1 y 5 millones de personas asesinadas durante la colonia belga. Decir que Leopoldo II era DUEÑO del territorio congoleño no es un eufemismo o una analogía, en la conferencia de Berlín de 1885 se reconoció que TODO el territorio que comprende la RDC era su propiedad personal y le cambió el nombre a «Estado Libre del Congo». Carajo. Nunca soltó el trillado discurso colonial de un proceso «civilizatorio» y «productivo para la región», el obsceno y perezoso argumento que cualquier criminal en masa, al frente de un Estado, utiliza para legitimar sus decisiones (como la de esclavizar y torturar a un pueblo entero); la permanencia de encubrir negocios de cúpulas al amparo del poder público y bajo el pretexto del «interés nacional/común» persiste hasta nuestros días.
Ahora, incluso la brutalidad estadística de lo que significó esta horrorosa etapa en la vida pública de un país como la República Democrática del Congo palidece en contraste con la barbarie y la atrocidad de una foto en particular: «Nsala de Wala en el distrito de Nsongo«. Quien aparece retratado inmediatamente después de este párrafo fue un hombre congoleño llamado Nsala. Está mirando, fijamente y sin error posible, la mano y el pie amputados de su hija de cinco años, Boalí. Guardias de la «Abir Congo Company» desmembraron las extremidades de su hija porque no llegó a su cuota de caucho impuesta para ese día. Está desolado, inmóvil, indefenso, completamente destrozado; resignado a saberse, durante lo que su vida dure, a merced de los asquerosos intereses acumulativos del capital.

Cuando alguien frente a ustedes haga el mínimo intento de insinuar—en el contexto de este feroz y vomitivo sistema— que tanta gente en el mundo vive tan indigna y miserablemente porque no se esfuerza lo suficiente, les pido que piensen en esta foto y, en honor y respeto al sufrimiento de tanta gente, den media vuelta y se vayan. Ese día Nsala se esforzó por alcanzar esa cuota de caucho más de lo que cualquiera de nosotros se ha esforzado por cualquier cosa jamás y, aun así, el capital decidió sobre su destino y el de su familia.
Creo que en cuanto uno ve esta foto, ya no puede dejar de mirarla en todos lados.
