Sheinbaum y el costo de la “gobernabilidad” doméstica: Miguel Romero
La confrontación con EU puede parecer insensata pero tal vez resulte mejor que el infierno en casa
Elegir cómo perder tiene su complejidad. La relación con Estados Unidos es y ha sido históricamente asimétrica. La narrativa dominante gira alrededor de describir cómo México es hoy más vulnerable frente al imperialismo estadounidense gracias a que Morena –el partido en el poder y fundado por Andrés Manuel López Obrador – terminó por fusionarse con el crimen organizado. Sin embargo, se ha analizado poco el por qué la elección de la presidenta Claudia Sheinbaum de defender a narcopolíticos frente a Washington puede ser el mejor de los peores escenarios, por lo menos en un corto plazo.
No se trata, desde luego, de una aproximación al tema desde la ética o el Estado de Derecho, toda vez que el diagnóstico es inequívoco: la soberanía se perdió cuando de facto y legalmente el Estado mexicano promovió y avaló que criminales ocuparan espacios de representación.
Bajo la premisa chabacana de que “el fin justifica los medios”, la maquinaria electoral de Morena tiene hoy a alcaldes, legisladores locales, gobernadores, senadores y diputados federales, señalados –por lo menos mediáticamente– de vínculos con el crimen organizado. Inclusive los hijos del fundador del “movimiento” son tachados de orquestar presuntos esquemas criminales con huachicol, medicamentos y sobre todo con los “megaproyectos” (Tren Maya, Dos Bocas, Tren Interoceánico) que también manchan y desprestigian al Ejército.
Y es precisamente este complejo andamiaje el que abre la puerta a elaborar un análisis a partir de un enfoque distinto sobre lo que la mandataria mexicana puede o no hacer. Se trata, en todo caso, de revisar su margen de maniobra real sobre el complejo tablero que heredó, en el cual, no sólo no controla todas las piezas con las que le tocó jugar, sino que también padece consecuencias de acciones ella no tomó.
Es a partir de este sinuoso contexto, que la decisión de la presidenta de optar por el desgaste frente a Estados Unidos antes que por la inestabilidad doméstica que significaría entregar a los integrantes de su partido, sea la mejor frente a todos los peores escenarios. Al menos, en lo inmediato. Se pueden o no compartir los principios de esa “lógica”, sin embargo, es fundamental identificarlos y visibilizarlos.
La premisa de la definición presidencial ante la presión e injerencismo de Washington es conservar gobernabilidad doméstica. No es menor. Ella parece haber evaluado qué infierno elegir: ser vapuleada y extorsionada por la administración de Donald Trump por resistirse a desarticular las redes de poder político, económico y social del narcotráfico en México, o vivir en casa el caos que traería consigo la rebelión, enojo e incertidumbre de todas esas mismas estructuras de poder que, lamentablemente –y por lo profundo de la problemática– ofrecen cierta estabilidad.
Claudia Sheinbaum no quiere convertirse en la Delcy Rodríguez de Venezuela. No está en su universo de posibilidades la traición al “movimiento”. La semana pasada, tan solo dos días después de reunirse con el Secretario de Seguridad Interior de Estados Unidos, Markwayne Mullin, la mandataria dijo –desde Tabasco– que nunca habría divorcio con su antecesor Andrés Manuel López Obrador, quien diseñó e implementó la perniciosa filosofía de “abrazos no balazos” a criminales. “Jamás. Somos lo mismo, somos el mismo proyecto”.
Pero más allá de la retórica hueca y la cada vez más ineficiente propaganda gubernamental, el trasfondo es la supervivencia. Su definición es estratégica en tanto reconoce que ella por sí sola no cuenta con cuadros políticos propios que la doten de un arropo real y numérico de militancia en las calles. Paradójicamente, para mantenerse a la cabeza depende de las estructuras de poder que le fueron heredadas, que se devoran a sí mismas y sobre todo, que también son conscientes de que la mandataria no tiene margen para deshacerse de ellas, gracias al círculo vicioso que las alimenta.
Sin embargo, dicho cortoplacismo y dicha ausencia en la altura de miras como jefa de Estado, tiene sus consecuencias. Mientras la presidenta hace lo que puede con lo que tiene, el sentimiento que reina sobre ella es la terrible condescendencia con la que se le mira. No se trata solo de Donald Trump quien cuando habla de lo “hermosa” e “inteligente” que es, también infiere que está secuestrada por las redes criminales, quienes, dice, son los que verdaderamente gobiernan México. La violencia simbólica de quien se asume superior y exhibe a su interlocutora como alguien incapaz de comprender en dónde está parada.
Con esa misma lente, las propias estructuras de poder y élite de Morena ven a su defensora. La mofa entre quienes ostentan la marca Morena en el legislativo, los estados y los municipios sobre cómo la mandataria está obligada a ser su pararrayos ha trascendido y escapado de lo privado a lo público. Incluso, la conferencia mañanera se ha convertido en un show precario en el que ellos mismos miden a la presidenta y ventilan sus fracturas.
Lo mismo sirve para defender el nepotismo de Marcelo Ebrard por usar la embajada de Reino Unido como hotel de lujo para su hijo a costa del erario público; como para exigir “el debido proceso” del gobernador con licencia Rocha Moya acusado en Nueva York por sus vínculos con Los Chapitos; así como para enaltecer la mediocridad de un Poder Judicial cooptado, o incluso, para obligarla a hablar de lo bueno y eficiente que resultó “Andy” en Morena… ahora que fue desplazado del Olimpo del partido que fundó su padre.
La presidenta está pagando caro la falsa gobernabilidad doméstica que cree estar construyendo. Lo está pagando con su imagen, y eso convertirá su ya reducido margen de maniobra en un poderoso pantano en el que cualquier movimiento la hunda más. Optó por el infierno que traerá consigo la negativa de entregar a narcopolíticos a Estados Unidos y también del rechazo a emanciparse de su antecesor. Sheinbaum no quiere ser la Delcy de Venezuela. Los costos y “beneficios” internos parecen claros.
Eventualmente sabremos cuánto le costó a México frente a Donald Trump la decisión de la presidenta Sheinbaum de proteger a su base política-ideológica que la llevó al poder, la cual paradójicamente, tampoco la respeta. El sacrificio político visto como prueba de lealtad.
