La orfandad de lo público
Publicado en EL NORTE el sábado 18 de julio de 2026
Hay una pregunta que no deja de inquietarme: ¿en qué momento los ciudadanos dejamos de sentir que lo público también era nuestro?
Cada quincena pagamos impuestos. Cada vez que cargamos gasolina, compramos un producto o cobramos un salario, financiamos carreteras, escuelas, hospitales, parques, seguridad y justicia. Es decir, financiamos bienes que pertenecen a todos. Sin embargo, cuando esos bienes son saqueados, deteriorados o utilizados con fines políticos, reaccionamos con resignación, como si alguien más hubiera perdido algo y no nosotros.
Ese es el gran drama de México: la orfandad de lo público. La economista y Premio Nobel Elinor Ostrom demostró que los bienes comunes no fracasan porque pertenezcan a todos, sino porque nadie se siente responsable de cuidarlos. Cuando desaparecen las reglas, la vigilancia y la participación ciudadana, aparecen los oportunistas. Adicionalmente, Mancur Olson explicó que cada individuo espera que otros defiendan el interés común mientras él disfruta de sus beneficios. El resultado es una ciudadanía ausente y una clase política demasiado cómoda administrando recursos que no siente propios.
El problema no es únicamente económico; es moral.
Porque el funcionario corrupto no roba únicamente dinero. Roba confianza. Roba oportunidades. Roba tiempo. Roba el futuro de miles de personas que jamás conocerá. Lo peor es que el sistema suele premiar esas conductas: quien endeuda irresponsablemente aspira al siguiente cargo; quien utiliza programas públicos para construir clientelas gana poder; quien fracasa rara vez enfrenta consecuencias. Mientras tanto, el ciudadano que financia todo ese aparato apenas encuentra tiempo para trabajar, sacar adelante a su familia y sobrevivir a la rutina diaria.
Así, los políticos terminan apropiándose de un patrimonio que nunca les perteneció.
Nuevo León ilustra esta paradoja. Es uno de los Estados más productivos del País, pero durante años ha padecido Gobiernos y Congresos enfrentados, presupuestos retrasados, obras detenidas y una creciente polarización política. A ello se suma una deuda pública que asciende a decenas de miles de millones de pesos y que compromete recursos de futuras generaciones. Cada peso destinado al pago de intereses o impuestos verdes inventados deja de invertirse en movilidad, seguridad, agua, salud o educación.
Pero la deuda financiera no es la más grave. Existe una deuda cívica. Hemos permitido que el espacio público quede en manos casi exclusivas de los partidos políticos. Ellos ocupan un lugar que la sociedad abandonó.
El filósofo Michael Sandel sostiene que una democracia saludable requiere ciudadanos comprometidos con el bien común y no simples consumidores de servicios gubernamentales. Esa idea parece haberse perdido. Hoy discutimos con pasión sobre candidatos, pero muy poco sobre instituciones; defendemos colores partidistas con más entusiasmo que la calidad del aire, los espacios públicos, la independencia de los órganos de control o la transparencia.
Nos hemos acostumbrado a pensar que el Gobierno pertenece al partido que ganó la elección. No es cierto. Pertenece a todos.
Así, recuperar lo público exige cambiar incentivos y también cultura.
Necesitamos consejos ciudadanos con facultades reales para supervisar las grandes obras, presupuestos completamente transparentes y auditorías independientes que evalúen resultados, no discursos. Debemos establecer responsabilidades patrimoniales para quienes administren con negligencia o corrupción los recursos públicos. Y, sobre todo, enseñar desde la escuela que una plaza, una carretera o un hospital también son patrimonio de cada ciudadano.
Los Gobiernos son pasajeros; los bienes públicos permanecen. Los políticos son administradores temporales, no propietarios del Gobierno.
La mayor amenaza para México no es sólo la corrupción. Es que los ciudadanos hayamos renunciado a defender aquello que ya era nuestro. Porque cuando la sociedad abandona lo público, siempre aparece alguien dispuesto a convertirlo en su botín.
vidalgarza@yahoo.com
