Dios no bendice ningún conflicto, LEON XIV
Al tiempo que los cuatro astronautas de la misión Artemis 2 rodearon la Luna y amarizaron con éxito el viernes, el papa León XIV reprobó la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y otros pueblos. Trump amenazó el martes con destruir “toda una civilización”, el pueblo de Irán, lo que el papa de inmediato cuestionó por razones morales y de derecho internacional, y replicó el uso del nombre de Dios: “Quien sea discípulo de Cristo, el Príncipe de la Paz, jamás estará del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”. Grandezas y miserias de la especie humana.
Han sido días de “Agonía y Éxtasis”, tomando el nombre de novela y película de 1965, las que narran los conflictos entre Miguel Ángel y el papa Julio II al encargarle pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, narrativa que puede condensar lo que muchos sienten y dicen de actuales circunstancias. En lo local, lo nacional y en lo internacional, se siente miedo e incertidumbre generalizada del porvenir. Acá ejecuciones, desaparecidos, madres buscadoras solas, campesinos sin apoyos, contaminación del Golfo de México y los cenotes de Yucatán; reformas legales que violan derechos y principios políticos fundamentales. Putin contra Ucrania. Y Trump patea todo lo que se interpone a su voluntad imperialista.
Miguel Ángel se reencontró e inspiró en la naturaleza, según describe la novela de Irvin Stone. El retrato de Dios en “La creación de Adán”, casi rosando sus manos, es bellísimo; lo vi por primera vez en 1980. En la película dirigida por Carol Reed se hace plástica la visión del movimiento de nubes y estrellas. Ahora, las vistas de la Tierra y la Luna con los astronautas conmovieron como nunca. Su descenso en la cápsula a más de 40,000 kilómetros por hora y temperaturas arriba de los 2,500 grados asombraron, y alientan confianza en las capacidades humanas. Se sintió la importancia decisiva del bien común de la especie humana como valor determinante, razón de ser y justificación de la vida internacional.
Son tiempos de diplomacia, insiste León XIV. Los países interdependen para bien y para mal, para la supervivencia o la muerte. La escala de los problemas de armamentismo, expansionismo, terrorismo o delincuencia obliga a afirmar que “la conciencia de la especie debe tener prioridad sobre la conciencia de clase y sobre la conciencia nacional”. Y en lo interno, obliga a gobernantes reconozcan su responsabilidad elemental con la paz y tranquilidad. Se trata del bien común desde lo local hasta lo internacional.
La guerra de Trump y Netanyahu no fue declarada por autoridad competente. Unos y otros desprecian a la ONU: acá Sheinbaum al Comité contra la Desaparición Forzada, que recién solicitó a la Asamblea General de la ONU active un mecanismo excepcional de actuación internacional, frente a más de 130 mil desapariciones documentadas.
Desde Vitoria y Suárez se han propuesto e incrementado criterios morales y jurídicos sobre la guerra que se siguen desconociendo. No hay una causa justa, es decir, “la necesidad de hacer frente a un peligro real y cierto para proteger la vida de los inocentes, preservar las condiciones necesarias para una existencia humana digna y para asegurar los derechos fundamentales de los hombres”. Al contrario, se han matado miles de personas inocentes en Gaza y Líbano, al no dirigirse solo a agresores injustos. Tampoco hay disposición eficaz de buscar y aceptar con la prudencia más rápida posible, la paz y la reconciliación, y evitar la destrucción innecesaria. Ni hay proporcionalidad entre el bien que supuestamente se espera de estas guerras, y el daño causado por ellas, con efectos diversos para casi toda la humanidad. Todos vamos en el mismo barco.
En días venideros andaré el Camino a Santiago, de Oporto -huele a azahar- a Compostela, “campo de estrellas”. Fui peregrino de niño, de León a San Juan de los Lagos, llevado por tíos paternos. A meditar y resetear. Con la poesía de Machado: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.

