noviembre 30, 2025

Carlos Manzo Rodríguez y Grecia Quiroz García son hoy un referente ético y político en México. El homicidio del alcalde de Uruapan, y el relevo, por su esposa, en la presidencia de ese municipio, resuenan. Las imágenes del alcalde con sus hijos en brazos, minutos antes de ser asesinado por sicario adolescente, y el mensaje de su esposa tomando la estafeta el siguiente miércoles, conmueven. El coraje de ambos para defender a su gente, a su tierra, es ejemplar. Llegaron al cargo por vía independiente de partidos políticos. Su paso puede marcar un antes y un después; un detonar las reservas de valor civil que queden. Ojalá los jóvenes asuman el destino común con ese sentido del honor.
Manzo fue excepcional alcalde del país al decidir enfrentar, de manera directa, visible, con solo su policía municipal, a los grupos de delincuencia organizada que se disputan tiempo ha el espacio de vida común y el producto del trabajo de los demás. No se escudó en que esa tarea compete a otros ámbitos de gobierno. Asumió la emergencia ante el podrido gobierno estatal y el abandono o desprecio de Sheinbaum, quien se negó a recibirlo. Se sabe que hizo decomisos y capturó personalmente a jefe de plaza de cartel de Jalisco, mafia que le exigió antes las direcciones de seguridad, obras públicas y tesorería municipales.
A inicios de 1999, el presidente Zedillo nos informó, en Los Pinos, a los diputados panistas Carlos Medina, Francisco Paoli y a mí que, en las elecciones de alcaldes de Michoacán del año anterior, la delincuencia organizada financió campañas a cambio de electos les entregaran las tres direcciones que años después exigían al alcalde Manzo. Anoté los casos de Aquila, Aguililla, y otros de Tierra Caliente. En el mapa de riesgos país el CISEN registraba datos. Sugirió políticas para contener el empoderamiento criminal. Desde entonces -va para tres décadas-, la delincuencia extendía su control de cargos públicos, territorios y patrimonios ajenos. En 2007, el gobernador de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel (hoy en gabinete federal), urgió al presidente Calderón, lo apoyara a contener delincuencia, y lo apoyó. Con la política obradorista de “abrazos, no balazos” a los delincuentes, el predominio criminal se extendió a la mayor parte del país. El gobernador actual llegó financiado por la delincuencia.
Ante el homicidio de Manzo, Sheinbaum reaccionó encorajinada. Se tardó horas en manifestarse. Luego, furibunda, echó la culpa a Calderón, a los neoliberales, descalificó a periodistas, se victimizó y escudó en la polarización. Esa actitud obradorista de negar su responsabilidad, culpar a los anteriores, descalificar a los medios y dividir, se agotó. Al día siguiente, menos alterada, anunció propuestas de políticas muy parecidas a las del “Plan Michoacán” de Peña Nieto.
Guillermo Valdés Castellanos, en su ensayo “Las lecciones del asesinato de un alcalde bueno” (“Letras Libres”, noviembre 6) escribe: “Así es como se llega a otra lección de este terrible homicidio. Las políticas y estrategias de seguridad no son solo un asunto técnico, de habilidades policiales y capacidades de inteligente. Su eficacia también requiere necesariamente de congruencia ética, de una visión no sectaria de la sociedad y de la política; de la voluntad radical de aplicar la ley; de honestidad cabal. La terca determinación de Carlos Manzo de defender con su vida a sus gobernados reveló esas carencias de la política de seguridad de Sheinbaum. Sin esos intangibles, no tendrá credibilidad ni se beneficiará de la confianza social. Y una política de seguridad que no tiene la capacidad de convocar a la sociedad para que aporte todos sus recursos, se quedará muy lejos de resolver el problema. El gobierno solo no podrá”.
Caminos de Michoacán mi padre nos llevó a recorrer en nuestra infancia. Nos hablaba de Tata Vasco de Quiroga, quien caminó también por el Bajío, tierra de chichimecas, para llevar hospitalidad a los más desvalidos. En Irapuato levantó otro “hospital” para hospedar y enseñar oficios. “Para don Vasco todos éramos iguales. A los purépechas nos hizo ver hacia arriba, no hacia abajo” (E. Soto). Manzo también nos hace ver hacia arriba.

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