México y la peligrosa normalización del desorden: Gustavo Vicencio
La resignación es un suicidio cotidiano”
Honoré de Balzac
A la presidente Sheinbaum le están creciendo los enanos. Hacia el interior del morenismo nadie le hace caso con sus llamados contra el nepotismo, austeridad republicana, evitar abusos y excesos, entre otros. Para colmo, sus aliados del PT y Verde se les están saliendo del huacal. Hacia el exterior, México no está viviendo crisis aisladas, sino una peligrosa normalización del desorden. Y lo más preocupante no es que ocurra, sino que empieza a percibirse como algo inevitable.
Las protestas de transportistas y campesinos no son un hecho menor. Son la manifestación de un país que ya no encuentra canales institucionales eficaces para ser escuchado. Cuando los sectores productivos optan por bloquear carreteras en lugar de dialogar, lo que se rompe no es solo la movilidad: se rompe la confianza. El gobierno reacciona tarde, administra el conflicto, pero no lo resuelve. Y así, el conflicto se convierte en rutina.
Lo mismo ocurre en la Ciudad de México. El caos cotidiano en el Metro no son meros accidentes, son la consecuencia de años de deterioro, decisiones políticas y falta de mantenimiento estructural. Que millones de personas enfrenten retrasos extremos se ha vuelto parte del día a día. La pregunta incómoda es ¿en qué momento dejamos de exigir un servicio digno y empezamos a resignarnos?
A esto se suma el frente económico. La inflación en alimentos básicos —jitomate, tortilla, papa— no solo golpea el bolsillo: golpea la estabilidad social. Cuando comer se vuelve más caro cada semana, cualquier narrativa de bienestar pierde credibilidad. El gobierno intenta contener con acuerdos y subsidios, pero actúa sobre los síntomas, no sobre las causas.
Aquí aparece un elemento de fondo que crece peligrosamente día a día: la presión sobre las finanzas públicas. México enfrenta un margen fiscal cada vez más estrecho, y eso tiene consecuencias directas. Cuando una parte significativa del presupuesto se destina a los proyectos inútiles, costosísimos y faraónicos de amlo como los trenes maya e interoceánico, AIFA, Dos Bocas, deuda, y otros, inevitablemente se reducen los recursos disponibles para mantenimiento, servicios públicos y atención a problemas urgentes. Cada peso asignado a sostener proyectos sin rentabilidad económica es un peso que no se invierte en transporte público funcional, medicinas, seguridad o fortalecimiento institucional. Y esa decisión presupuestal se traduce, en la vida cotidiana, en un Metro que falla, en carreteras inseguras, en desabasto de medicinas o en respuestas tardías a sectores productivos.
El caso de la refinería de Dos Bocas es emblemático. Cada incidente, cada incendio, no es solo un problema técnico: es un recordatorio de cómo los grandes proyectos pueden convertirse en símbolos de vulnerabilidad cuando no están acompañados de transparencia, eficiencia y viabilidad financiera clara. Se prometió soberanía energética; hoy persisten dudas legítimas sobre su operación y costo real.
En contraposición, la reforma electoral avanza con rapidez. Demasiada rapidez. En un país con instituciones frágiles, cambiar las reglas del juego sin construir consensos amplios genera sospecha, no confianza. La democracia no se fortalece imponiendo, sino convenciendo. Y cuando el poder acelera sin escuchar, el mensaje que envía es claro: el control importa más que la legitimidad.
En el plano internacional, la presencia de la presidenta Claudia Sheinbaum proyecta una imagen de liderazgo progresista y reconocimiento global. Pero hay una desconexión evidente entre esa narrativa externa y la realidad interna. Mientras se habla de liderazgo en foros internacionales, en casa persisten problemas estructurales sin resolver. La política exterior no puede ser un escape de la política interior.
Y como telón de fondo, la seguridad. Aunque no siempre encabece los titulares todos los días, la violencia sigue siendo una constante silenciosa. Operativos, tensiones, episodios dispersos: señales de que el problema sigue ahí, latente, sin una estrategia clara que genere resultados sostenibles.
El hilo conductor es evidente: México se está acostumbrando a vivir en la excepción permanente. Cuidado. Lo anormal se vuelve cotidiano. Y ahí radica el verdadero riesgo. Porque un país no se deteriora únicamente por sus crisis, sino por su capacidad de acostumbrarse a ellas.
La pregunta de fondo no es si estos problemas tienen solución. La tienen. La pregunta es si como sociedad estamos dispuestos a dejar de normalizarlos. Porque mientras el desorden siga siendo tolerable, seguirá siendo funcional para quienes no tienen incentivos para cambiarlo.
Y entonces sí, el problema ya no será el gobierno.
Será la resignación colectiva.
