octubre 8, 2026

¿Me quieren o sólo me necesitan?

Hay una pregunta desgarradora que, tarde o temprano, cruza el umbral de nuestra mente: ¿Me quieren a mí, o simplemente necesitan lo que hago?

Incluso nosotros mismos solemos confundir lo que hacemos con lo que somos. Nos gusta sentirnos útiles, eficientes, necesarios. Creemos que nuestra valía se mide en función de la cantidad de tareas que ejecutamos, los problemas que resolvemos, o el dinero que generamos cada mes. Sin embargo, es una ilusión. Eso no es los que nos hace valiosos, hay algo más profundo en nuestra naturaleza que vamos a compartir aquí.

Basta con jubilarse tras décadas de entregar la vida de trabajo para descubrir que el lunes siguiente otro ocupa el despacho, resuelve los mismos papeles y toma las mismas decisiones. Lo mismo ocurre cuando los hijos crecen, abandonan el nido y el hogar deja de requerir las tareas que alguien sostuvo durante años. En ese preciso instante, la realidad se impone con crudeza: somos absolutamente prescindibles en nuestras funciones. Cualquier trabajo, cualquier puesto y cualquier tarea puede ser ocupado y desempeñado por otra persona.

Caer en la trampa de medir el valor humano a través de la productividad es un error profundamente inhumano. Cuando asumimos que una persona vale en la medida en que produce, sirve o rinde, aceptamos implícitamente que, al perder capacidades o al llegar la vejez, el individuo deja de ser valioso para convertirse en una «carga». Reducir la existencia a la utilidad equivale a despojar al ser humano de su misterio más íntimo: es una obra irremplazable. Por eso lloramos cuando se va un ser querido.

En un capítulo del canal de YouTube Tinta y Caos nos hablan de este dilema existencial que se encuentra reflejado en el cuento clásico de los Hermanos Grimm, Los músicos de Bremen.El burro que ya no puede cargar sacos, el perro cansado que ya no corre en la caza, el gato cuyos dientes desfallecen ante los ratones y el gallo destinado a ser consumido, comparten una misma tragedia moderna: han dejado de ser útiles para sus dueños y, por ende, descubren que sobran.

No obstante, la grandeza del cuento radica en su giro profundo: Los animales no se unen para demostrar que, siendo inútiles para ciertas tareas, ahora pueden servir para otras de manera eficiente. El verdadero punto de inflexión ocurre cuando se encuentran en el camino y la consigna no es «¿qué sabes hacer?», sino un rotundo y acogedor: «Vente conmigo, ven con nosotros».

Aquí se revela la diferencia sustancial entre ocupar un espacio por necesidad operativa y pertenecer. Podemos pasar cuarenta años rodeados de compañeros en una empresa, sin que ello signifique una verdadera pertenencia. La pertenencia habita en otra dimensión: es la certeza de saber que, aunque otra persona pudiera realizar nuestras tareas de manera idéntica o incluso mejor, nuestra presencia no es intercambiable. No se trata de estar allí donde hacemos falta por pura operatividad, sino de estar donde nuestra persona —y no solo nuestra acción— es insustituible.

El ven con nosotros del cuento de los hermanos Green, es el descubrimiento de la compañía, de la comunidad y del vínculo desinteresado.

Ojalá que en la vida se crucen ambas dimensiones y alcancemos a ser útiles. Pero, por sobre todas las cosas, construyamos espacios donde, el día en que ya no seamos útiles, alguien nos mire a los ojos y nos diga simplemente: «Vente con nosotros». 

La tarea pasa, se automatiza o se delega; la persona, en su profunda singularidad, permanece.Esa es la insustituible dignidad de la persona frente a la tiranía de la utilidad. 

“Las personas fueron creadas para ser amadas. Las cosas fueron creadas para ser usadas. La razón por la que el mundo está en caos, es porque las cosas están siendo amadas y las personas están siendo usadas.” 
– John Green

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