El resentimiento como combustible del poder: Darío Mendoza
Hay una diferencia fundamental entre la indignación legítima frente a una injusticia y la utilización sistemática del rencor como estrategia política. La primera busca soluciones, reparación y avance; el resentimiento requiere que la herida permanezca abierta, para mantener a individuos enojados y enfrentados contra los adversarios políticos. No hay razones, el combustible es la emoción del resentimiento.
La arquitectura de la izquierda y los populismos contemporáneos requiere que el resentimiento deje de ser una emoción pasajera para convertirse en una postura política permanente: la convicción profunda de que el mundo nos ha traicionado y de que nuestra condición actual no es fruto de circunstancias remediables o responsabilidad personal, sino de la conspiración deliberada de un «otro» malvado: la derecha, los machuchones, los ricos, los neoliberales, el pasado.
Para que el resentimiento funcione como motor político, necesita operar bajo una fórmula: la del opresor y el oprimido. La trampa de este mecanismo radica en que necesita al opresor para existir. Si el problema se resuelve, si la pobreza disminuye de forma estructural, si la reconciliación ocurre o si el «culpable» se reforma, la narrativa colapsa. El movimiento se queda sin combustible.
Por esta razón, el resentimiento como herramienta política tiene un incentivo perverso: el conflicto jamás debe terminar. En lugar de diseñar políticas para la prosperidad, se construye una narrativa permanente del agravio. Todos los días el discurso oficial debe repartir las culpas y ampliar la lista de enemigos para garantizar que el combustible de resentimiento sea inagotable.
En México, por ejemplo, el discurso político oficial recurre de manera sistemática a etiquetas como «los machuchones«, «los neoliberales«, «los conservadores» o señalamientos personalizados como «¿cuánto gana Loret?». No se trata de un debate de ideas ni de reparar un daño; es un látigo discursivo para rascar las heridas del rencor social del que se siente víctima.
Este lenguaje busca activar las heridas de amplios sectores de la población que sienten frustración o rezago, ofreciéndoles una absolución inmediata: tu situación no es tu culpa ni de las omisiones del gobierno actual, es culpa de los privilegiados que te robaron.
Al mismo tiempo, el recurso constante de culpar al pasado —a los gobiernos anteriores, a la historia colonial o a «las administraciones neoliberales»— cumple una función táctica indispensable: evitar hacerse cargo de las fallas del presente. Si la inseguridad persiste, si el sistema de salud colapsa o si la economía se estanca, la narrativa redirige la mirada hacia el chivo expiatorio de siempre.
Mientras que el populismo resentido clausura la posibilidad del perdón y la reconciliación —porque necesita la culpa permanente—, la salud de una comunidad política depende de restaurar instituciones y sanas actitudes humanas:
1. Reemplazar la narrativa de la «lucha de clases e identidades» por un sentido de ciudadanía donde el éxito del vecino no sea visto como un despojo, sino como una contribución al bien común.
2. Tratar al disidente o al crítico no como un enemigo moral a destruir o cancelar, sino como un adversario intelectual con el que se debe debatir.
3. Permitir que los desacuerdos y los errores se superen mediante la reparación y el avance, rompiendo el ciclo de deudas históricas.
4. El imperio de la ley sobre la venganza: sustituir la estigmatización por un sistema de justicia que proteja al débil sin necesidad de inventar enemigos permanentes.
El resentimiento es un combustible eficaz para ganar y conservar el poder, pero es un veneno para la construcción de una nación. Hoy vemos a naciones como Francia arder, durante décadas se inocularon en medios y universidades ideologías de resentimiento que hablan de derechos infinitos sin responsabilidades elementales y esas emociones convertidas en discurso político llevan al desastre.
