El docto ignorante: cuando la soberbia justifica un berrinche
La política no se entiende solamente desde los libros, sino desde la realidad de las calles, las urnas y las ambiciones del poder.
En la política mexicana existe un personaje tan peculiar como peligroso: el docto ignorante. Aquel que presume conocimientos, títulos académicos y una supuesta superioridad intelectual, pero demuestra una extraordinaria incapacidad para comprender lo que sucede frente a sus propios ojos.
Es el analista que convierte cualquier berrinche político en una revolución ideológica, cualquier ambición personal en una causa ciudadana y cualquier disputa por candidaturas en un supuesto despertar de la conciencia colectiva.
Su primera característica es confundir la teoría con la realidad.
Cuando aparece un movimiento encabezado por la llamada Tía Tatis, el docto ignorante descubre una presunta transformación democrática. Habla de conciencia social, participación ciudadana y nuevas expresiones políticas. Sin embargo, evita formular la pregunta elemental: ¿estamos frente a una auténtica causa ciudadana o ante una inconformidad por espacios de poder y candidaturas?
Porque no todo movimiento representa una revolución. Algunos podrían ser, simplemente, instrumentos de presión política disfrazados de participación democrática.
Su segunda característica es la soberbia intelectual.
El docto ignorante supone que un doctorado en Ciencia Política le concede autoridad absoluta para interpretar cualquier fenómeno electoral. Desde su escritorio pretende explicar lo que ocurre en Guadalupe, Apodaca o Monterrey, aunque desconozca las estructuras territoriales, las negociaciones partidistas y las verdaderas motivaciones de quienes participan en ellas.
Olvida que los títulos universitarios no ganan elecciones, las teorías no movilizan votantes y las citas bibliográficas no sustituyen el conocimiento del territorio.
Su tercera especialidad consiste en convertir lo evidente en incomprensible.
Cuando un político cambia repetidamente de partido buscando mejores oportunidades, cualquier ciudadano reconoce el oportunismo. Pero nuestro personaje prefiere hablar de reconfiguración estratégica de lealtades dentro de un sistema de competencia asimétrica.
¡Vaya manera de disfrazar la ambición!
El problema no es la preparación académica. México necesita investigadores, intelectuales y especialistas capaces de enriquecer el debate público. El problema comienza cuando el conocimiento se convierte en instrumento de arrogancia, justificación política o defensa de intereses particulares.
Y resulta todavía más grave cuando, desde una supuesta autoridad intelectual, se pretende descalificar a quienes conocen la política desde las calles y no exclusivamente desde las aulas.
Rumbo al 2027, conviene distinguir entre los movimientos ciudadanos auténticos y aquellos que podrían utilizar el discurso democrático para negociar posiciones de poder.
La política exige preparación, pero también sensibilidad, experiencia y sentido común.
Al final, el docto ignorante puede conocer todas las teorías sobre el fuego, explicar científicamente su temperatura y citar a los grandes pensadores de la humanidad.
Pero cuando mete la mano en la lumbre, también se quema.
Porque la realidad política no se modifica con palabras elegantes, y ningún doctorado convierte un berrinche en una revolución.
