Si el Mayo vivió y operó 50 años en México, ¿por qué nunca lo detuvieron aquí?: Vito Saint Germain

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El gobierno quiere que discutamos si Estados Unidos pisó nuestro territorio. La pregunta que de verdad no soporta es otra: si el Mayo vivió y operó medio siglo en México, ¿por qué nunca lo detuvimos aquí?

Una técnica de distracción del ilusionismo consiste en dirigir la atención del público hacia un punto llamativo para que no vea lo verdaderamente importante, se llama “misdirection”. El prestidigitador levanta una mano con gesto teatral para que nadie mire la otra, la que hace el trabajo.

Esta semana, a propósito del avión en que trasportaron a Ismael El Mayo Zambada a la unión americana, exhibido como trofeo en un museo de Nuevo México, el gobierno de México levantó una mano —la que señala en su narrativa a Ken Salazar y clama violación de soberanía— y pidió a la opinión pública concentrarse ahí. En el exembajador, la ultraderecha que aprovecha el evento para golpear y, por supuesto, en los medios que son adversarios. ¿Qué hay en la otra mano? qué no quiere que miremos: la corrupción interna en donde están acusados de complicidad con el narco los funcionarios del gobierno de Sinaloa y la incapacidad del Estado mexicano para detener al Mayo durante décadas.

El detonante es real y humillante. La avioneta en la que el capo fue trasladado a Estados Unidos en julio de 2024 terminó expuesta en el War Eagles Air Museum de Santa Teresa, a un paso de El Paso, donada por el FBI mediante un memorándum de entendimiento. Los visitantes pueden abordarla y ver hasta los restos de comida de sus últimos pasajeros; la matrícula está clonada y los seriales alterados. Una escena que ofende. Pero la ofensa fue el pretexto, no el tema.

El agravio de utilería

Porque el gobierno decidió que la pregunta central era «¿quién mintió?», y la respuesta se llamaba Salazar. El exembajador había dicho en 2024 que Washington no participó, “no fue nuestro avión, ni nuestro piloto, ni nuestra gente», dijo en aquel momento. Que el FBI hoy presuma la nave como suya, dice el discurso oficial, desmiente a míster Ken. Puede ser. Pero fijar toda la indignación en la palabra de un diplomático revela una comprensión pobre —o deliberadamente pobre— de cómo funcionan estas operaciones. En una operación encubierta, en este de extracción, un embajador es, por regla y diseño, el peor informado de los detalles operativos: las autorizaciones no suben a la cúspide diplomática ni se comparten datos, ni siquiera con secretarios de Estado, se resuelven entre mandos medios, y los equipos que las ejecutan gozan de una autonomía casi total sobre el terreno. Por eso son encubiertas, porque la alta dirección del gobierno estadounidense no se entera para que en caso de ser descubierta simplemente la acción no se reconoce como un acto oficial, Salazar pudo decir la verdad que conocía y aun así estar equivocado sobre lo que ocurría dos escritorios más abajo. Insistir en su mentira personal es cambiar una pregunta institucional gravísima por un chisme diplomático manejable.

Y la narrativa de la soberanía violada, francamente, es de utilería. Es la queja más cómoda que existe: enemigo externo, bandera nacional para tirarse del mástil alto de por medio, cero costos domésticos. Sirve precisamente porque nos ahorra preguntas que arden.

 La pregunta y la respuesta de Don Ismael

Aquí está la otra mano. El Mayo Zambada fue buscado durante más de cuarenta años. El Departamento de Estado ofrecía hasta 15 millones de dólares por él. Nunca pisó una cárcel, fue capturado por primera vez a los 76 años, y no en México, sino en Estados Unidos, y no por un operativo mexicano, sino por una entrega forzada empujada desde el norte.  Es claro que mediante una operación encubierta. Mientras a su socio Joaquín El Chapo Guzmán lo capturaron, se fugó dos veces de penales de máxima seguridad, lo recapturaron y lo extraditaron, con el Mayo ocurrió exactamente lo contrario: jamás lo tocaron. Vivió, tuvo 16 hijos, operó, envejeció y enfermó como hombre libre en Sinaloa, a plena vista, durante medio siglo.

¿Por qué? La respuesta no es un misterio, la brindó el propio capo. Al declararse culpable en 2025, Ismael Zambada admitió con firmeza haber sobornado durante décadas a policías, militares y políticos mexicanos. No lo denunció un adversario; lo confesó él sin mediar retórica, “como los meros hombres”, bajo juramento, ante un juez estadounidense. El hombre al que el Estado mexicano nunca pudo —o nunca quiso— detener explicó, en pocas palabras, por qué vivió libre e impune: porque compró al Estado que debía perseguirlo.

Ese es el verdadero escándalo, y explica la elección del campo de batalla. Un país que dedica su energía a demostrar que un embajador mintió es un país que evita, con toda intención, demostrar por qué el narcotraficante más buscado de su historia moderna jamás enfrentó a un juez en su casa. La queja por la soberanía, leída con honestidad, es una cándida confesión: tuvieron que venir de afuera a hacer la tarea que aquí nunca se hizo.  

No estamos ante un agravio a la nación; estamos ante una exhibición lapidaria de las miserias de su sistema de justicia.  Una vergüenza. Y para que no queden dudas nos presentan la avioneta en que se hizo la detención en un espacio público, con bolsas de frituras y otros bocadillos altamente calóricos dispersos sobre los asientos, no tienen misericordia los mandos de la seguridad norteamericana, ni la burlan perdonan con tal de demostrar en su narrativa a sus propios ciudadanos que allá las cosas sí funcionan al aplicar la ley y tienen que venir a dar clases al gobierno mexicano. 

Por si hiciera falta ilustrar las vergüenzas, la propia Fiscalía General de la República se confesó esta semana casi al pasar: el piloto que sacó al Mayo del país fue deportado a México, siguió operando aquí, fue detenido por portación de armas y luego el propio Estado mexicano lo entregó a Estados Unido con base en la Ley de Seguridad Nacional. El testigo más importante para reconstruir cómo despegó ese avión, su plan de vuelo y qué pasó en el aeroplano—un piloto mexicano, con la voz registrada por Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano al pedir su código transponder en la torre de Ciudad Juárez— no fue procesado aquí. Fue enviado al norte ¿Se puede creer? Cuesta trabajo entenderlo. Quien se rasga las vestiduras por la soberanía dice que Estados Unidos no le explica nada de lo que pasó en su propio país ¡pero tuvieron al piloto! Podrían haberle preguntado por lo menos en qué tienda compraron los doritos y los “chescos” para el viaje. 

Y todo, conviene subrayarlo, ocurrió de este lado. El Mayo estaba en México, el avión estaba en México, el piloto era mexicano, la pista clandestina de despegue estaba en México, en Sinaloa, y la nave voló buena parte del trayecto en espacio aéreo mexicano, con la matrícula alterada, sin que nadie parpadeara. Cada eslabón de la cadena se forjó aquí. La falla es doméstica.

Del resto de la cadena, silencio. La FGR no dice qué pasó con los escoltas que acompañaban al capo. No dice quiénes estuvieron en la reunión donde lo emboscaron a Don Ismael. Dice que ya identificó al piloto —pero reserva el nombre—, que ya ubicó el lugar —pero no lo revela—. Se informa que se sabe, para no informar lo que se sabe.

Y está el nombre que el discurso oficial rodea con un cordón sanitario. Rubén Rocha Moya. En su carta de 2024, el propio Mayo afirmó que la reunión donde fue secuestrado —y donde ese mismo día asesinaron a Héctor Melesio Cuén— era con el gobernador de Sinaloa. Un reporte atribuido al CNI, difundido por el periodista Miguel Badillo, sostuvo que Rocha lo convocó directamente. La Fiscalía de Sinaloa llegó a inventar que Cuén murió en un asalto a una gasolinera, con video incluido, hasta que la FGR desmintió la fábula. Rocha lo ha negado todo y merece la presunción de inocencia. Pero esa presunción protege al ciudadano frente al Estado; no dispensa al Estado de investigar. Y el escándalo silencioso es justo ese, al gobernador señalado por el propio capo nunca lo interrogaron las autoridades judiciales. Lo defendieron en el Congreso y lo arroparon en Palacio Nacional. Frente a Salazar, sospecha inmediata; frente a Rocha, blindaje. La asimetría lo dice todo.

Que un museo estadounidense exhiba nuestra obscena inmoralidad institucional como souvenir es indignante y humillante a la vez. Pero ese no es el trofeo, el trofeo más incómodo la avioneta no está en Santa Teresa: es la biografía de un hombre que traficó medio siglo, sobornó a tres poderes, envejeció libre en su tierra y sólo conoció una celda cuando alguien ajeno al Estado mexicano hizo el trabajo que el Estado mexicano nunca hizo.

Discutir quién violó la soberanía es una discusión que el gobierno puede ganar en el atril. Discutir por qué el Mayo fue intocable durante cincuenta años es la discusión que describe todo lo que la justicia es en México. Por eso se prefiere a Ken Salazar como chivo expiatorio. Mientras el país siga mirando la mano que señala al embajador, la otra —la que dejó crecer, proteger y envejecer a un capo en casa— seguirá trabajando en la sombra, aplaudida por su truco.

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