La ciencia ha descubierto que el amor materno no es solamente una emoción.


Es una fuerza biológica capaz de transformar un cuerpo, un cerebro y una vida entera.
Durante el embarazo, el corazón de una madre late más rápido para llevar oxígeno a otra vida.
Su sangre aumenta, sus órganos se adaptan y su cerebro incluso cambia físicamente para desarrollar mayor sensibilidad, protección y empatía hacia su hijo.
La biología de una madre aprende a cuidar antes de mirar el rostro de quien ama.
Existe algo profundamente conmovedor:
Las células de un hijo pueden permanecer durante décadas dentro del cuerpo de su madre.
La ciencia lo llama microquimerismo fetal.
Esto quiere decir que una madre guarda literalmente pequeñas huellas biológicas de sus hijos en su corazón, su sangre y otros órganos mucho tiempo después del nacimiento.
También se sabe que el contacto, la voz y los abrazos maternos ayudan a regular el sistema nervioso de un niño.
Un abrazo puede disminuir cortisol (la hormona del estrés) y aumentar oxitocina, relacionada con la calma, el apego y la confianza.
Por eso muchas veces el mundo deja de dar miedo cuando una madre abraza.
Pero ninguna resonancia magnética puede medir completamente lo que sucede en el alma de una madre cuando vela una fiebre en silencio, cuando espera despierta hasta escuchar llegar a su hijo o cuando sonríe aunque esté cansada.
Ahí comienza algo que rebasa la biología y entra en lo espiritual.
Porque ser madre es vivir con el corazón fuera del propio cuerpo.
Es comprender que amar también significa preocuparse, soltar, proteger y volver a empezar una y otra vez.
Quizá por eso las madres poseen una fuerza tan difícil de explicar. La naturaleza les dio la capacidad de crear vida, pero el amor les enseñó a sostenerla incluso en medio del miedo, del dolor y del cansancio.
Una madre no solo da nacimiento a un hijo.
Muchas veces vuelve a nacer ella también,
más sensible, más fuerte, más humana y más profunda.
La ciencia puede explicar hormonas, neuronas y vínculos.
Pero el alma entiende
que en el amor de una madre habita una de las formas más poderosas y sagradas de la existencia humana.

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