El Domingo de Ramos a adquirir las palmas, guardadas en la entrada de las casas el resto del año.

De mi infancia y adolescencia recuerdo bien la conmemoración de la Semana Santa en casa y templos de Irapuato. El viernes anterior, Viernes de Dolores, a levantar los altares a la Virgen Dolorosa; en casa de los abuelos paternos nos daban raspados de nieve y el agua de ensalada con betabel, a la que mi madre le agregaba granadina. El Domingo de Ramos a adquirir las palmas, guardadas en la entrada de las casas el resto del año. El jueves santo, la visita a los siete templos, celebrando la Última Cena y la institución de la Eucaristía, con altares espectaculares. El viernes el Viacrucis y la Crucifixión. El sábado era día de luto, a cubrirnos con el manto de Nuestra Señora de la Soledad -patrona de la ciudad-, día de reflexión. Estos últimos tres días mi padre no permitía que yo tocara el piano en casa ni se escuchase otra música, tv tampoco; ello distraía la meditación. Concluía con la Vigilia Pascual y la celebración más trascendente para la Cristiandad, la de la Resurrección. Ritos similares viví cuando estudiaba en el juniorado de los Hermanos Maristas, en Querétaro. Primaba el ambiente de silencio y meditación.
Al irme a estudiar la carrera a la Escuela Libre de Derecho, en la Ciudad de México, hice amistad con compañeros provenientes de varios puntos del país. Y empecé a pasar esos días santos fuera: en Oaxaca, Taxco, o en la casa de playa de El Tambor, de la familia Acedo de Culiacán. Gocé entonces maravillas de mar, cocina y camaradería en playas inhóspitas del Pacífico. Perspectivas muy distintas a tiempos de antes.
Ya no pedía permiso. Avisaba. Mi madre me daba siempre junto con su bendición un consejo: “Meditación y diversión. Diversión y meditación”. Puntual, precisa, sin rollos. Al obtener el título de abogado me fui en 1980 seis meses, mochila a la espalda, a recorrer parte de Europa. Y viví la Semana Santa en Sevilla. Me deslumbraron las marchas procesionales, que suenan tras los pasos milenarios. Los balcones engalanados. Y un exceso de turistas que distraían la atención. Sevilla se volvió mi ciudad predilecta. Al tiempo sembré unos naranjos fuera de mi casa, para rememorar el olor de sus azahares al llegar a su antigua estación de tren. Con mis hijos volvimos. En unos días voy otra vez a su Feria de Abril. Acá, Guanajuato el viernes de Dolores tiene una Feria de las Flores fantástica, con aroma a Andalucía. Aunque sin meditación.
Conjugar el meditar y divertirse es parte del arte del bien vivir del ser humano. En mi adolescencia me enseñaron los maristas también que cada uno somos preguntas ambulantes, al plantearnos, de vez en vez, el cuestionario vital, fundamental: quién soy, de dónde vengo, a dónde voy. Luego también leí que Blas Pascal (matemático, filosofó) ponderó: “El hombre es solo una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña que piensa”. Ecos de mi madre al pedirme, además de tocar el piano: piensa, medita. Y diviértete.

Este inicio de la semana recuerdo la carta apostólica del Papa Francisco, “Grandeza y miseria del hombre”, a propósito del cuarto centenario del nacimiento de Pascal (1623), a quien consideró un inquieto buscador de la verdad, de “asombrada apertura a la realidad a otras dimensiones del conocimiento, de la existencia, y a los demás”.
Francisco resaltaba de Pascal su fe en Dios, y al mismo tiempo advertía de la tentación de presentar nuestra fe “como una certeza indiscutible que se impone a todos”, fe que Pascal veía acorde con la razón, pero valoraba que a “aquellos que no la tienen, nosotros sólo podemos dársela por razonamiento, en espera de que Dios se la dé por sentimiento de corazón”. “Una evangelización llena de respeto y paciencia, que nuestra generación haría bien en imitar”, añadíó Francisco.
Pascal reconoce que el ser humano necesita distraerse con estudio, trabajo, ocio, viajes, relaciones familiares o las amistades, pero que también “se da cuenta de su nulidad, de su abandono, de su insuficiencia, de su dependencia, de su impotencia, de su vacío”, pues “la diversión no apacigua ni colma nuestro gran deseo de vida y felicidad”.
Diversión y meditación. Somos preguntas ambulantes. “Ama y haz lo que quieras”, medita San Agustín.

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