Ruta del Quijote. Parte III
En Ciudad Real, el viernes 22 de mayo el grupo estuvo listo, muy a tiempo, para visitar y recorrer el Museo del Quijote, situado a unos pasos del Hotel Guadiana, en el centro de esa ciudad regia, donde nos hospedamos. El anuncio colocado al frente del edificio que alberga ese museo, claramente dice que los días viernes recibe a los visitantes a partir de las 10 de la mañana. Llegó esa hora y nada. Dieron las once y no apareció el hipotético encargado de abrir sus puertas. Otros interesados en visitarlo hacían acto de presencia, esperaban unos minutos, consultaban su reloj una y otra vez, daban unos pasos impacientes y frustrados terminaban por retirarse.
Los integrantes del grupo lagunero de lectores del Quijote, esperamos poco más de una hora después de la indicada para la apertura del museo y al ver que éste continuaba herméticamente cerrado, decidimos partir rumbo a Puerto Lápice (algunos, Azorín entre otros, lo llaman Puerto Lápiche), y continuamos nuestra quijotesca ruta.
Puerto Lápice, pequeño poblado, está como a 70 kilómetros de Ciudad Real, en dirección a Madrid. Todos teníamos la ilusión de llegar al mítico sitio, Puerto Lápice, donde según la tradición debió estar la Venta , escenario que fue de importantes episodios de la genial fábula cervantina.
A principios del siglo XVI se llamaba en España Ventas a los establecimientos que en despoblado, donde caía la noche en una jornada de camino entre dos importantes poblaciones, ofrecían servicios de alojamiento y alimentación tanto para las personas viajeras como para los animales que las trasladaban, es decir, caballos, mulas y burros, y estaban casi siempre en medio de la nada, a pesar de lo cual eran vivos centros de socialización y bullicio.
En una Venta don Quijote fue armado caballero andante, por el Ventero que la atendía, en un acto ridículo y burlesco, que el “Caballero de la Triste Fugura” creía que era no una venta sino un palacio; en una venta Sancho Panza, en la segunda salida de don Quijote, fue “manteado” (es decir, colocado sobre una sábana que en sus extremos sostenían varios pícaros -que Cervantes describe como “gente alegre y juguetona”- quienes en un determinado momento todos jalaban hacia arriba, para que el pobre escudero volara por los aires y luego en su caída fuera recibido en la propia manta sostenida por quienes de esa manera se divertían a su costa), como sanción por haberse negado a pagar los servicios que en la venta les proporcionaron a él y a su señor; en fin, varias otras chispeantes “aventuras” de la novela tuvieron lugar en una venta, como a la que llegamos en Puerto Lápice poco después del mediodía del viernes 22 de mayo. Inmueble éste muy parecido a como probablemente era 420 años atrás, mismo que con gran curiosidad conocimos, recorrimos y observamos, tanto con nuestros propios ojos como con los de nuestros “móviles” (como acá llaman a los teléfonos celulares), que captaron decenas, tal vez centenares de imágenes que quedarán grabadas para la memoria y el recuerdo de esta inolvidable ruta del Quijote.
Concluida la visita, de Puerto Lápice partimos a Cuenca, una población mayor, donde pernoctamos, no sin antes comer y cenar al mismo tiempo en el centro de Cuenca. Fue ésta la penúltima jornada.
