septiembre 15, 2026

Los gritos de Morena, la oposición, empresarios y ciudadanos

En 1810, la Nueva España vivía bajo un régimen en el que las decisiones fundamentales estaban concentradas en una autoridad que no emanaba de la voluntad de los habitantes del territorio. La Independencia significaba romper con esa subordinación y abrir la posibilidad de que los mexicanos —entonces novohispanos— pudieran decidir su propio destino.

No fue una lucha sencilla ni inmediata. Tampoco significó que al día siguiente naciera una democracia plena. México atravesó guerras, golpes, imperios, dictaduras, conflictos entre liberales y conservadores y décadas de inestabilidad. La construcción de la República fue un proceso largo y doloroso.

Precisamente por eso, el significado del Grito debería ir mucho más allá de recordar a los héroes.

La Independencia plantea una pregunta que sigue vigente: ¿quién tiene hoy el poder de decidir por los ciudadanos y qué límites existen para ese poder?

Dos siglos después, México no enfrenta un dominio colonial. Enfrenta un desafío diferente: preservar una democracia que, después de décadas de construcción institucional, tampoco puede darse por garantizada.

La democracia no consiste únicamente en acudir a las urnas. Requiere elecciones competitivas, autoridades electorales confiables, libertad de expresión, división de poderes, transparencia, rendición de cuentas y contrapesos capaces de limitar a cualquier gobierno, independientemente del partido que lo encabece.

El INE debe ser vigilado y rendir cuentas, sí; pero una democracia tampoco puede permitirse que el desprestigio de sus instituciones electorales termine debilitando al árbitro que garantiza la competencia política.

La exigencia democrática debe ser pareja: ni el INE está por encima de la ley ni el gobierno puede estar por encima de las instituciones.

Ahí está uno de los grandes riesgos del México contemporáneo. Cuando una sociedad comienza a aceptar que los contrapesos son obstáculos, que la crítica es traición, que el adversario político es un enemigo o que las instituciones solamente son legítimas cuando favorecen a los propios, la democracia comienza a perder contenido aunque las elecciones continúen existiendo.

El problema no pertenece exclusivamente a Morena, al PAN, al PRI o a Movimiento Ciudadano. Es mucho más grande que cualquier partido. Los gobiernos pasan; las instituciones permanecen. Y cuando una institución se debilita para favorecer al gobierno en turno, mañana puede convertirse en una institución débil frente a un gobierno distinto.

Por eso el verdadero espíritu del Grito debería obligarnos a pensar en la libertad que queremos conservar.

Los insurgentes no lucharon para sustituir un poder absoluto por otro. La aspiración de construir una nación soberana implicaba que el poder dejara de ser un privilegio reservado a unos cuantos y que el país pudiera darse sus propias reglas.

Hoy la batalla es distinta, pero la pregunta esencial se parece demasiado.

¿Queremos ciudadanos libres o ciudadanos subordinados al poder? ¿Queremos instituciones que controlen al gobierno o instituciones que dependan de él? ¿Queremos elecciones auténticamente competitivas o solamente ceremonias electorales?

Los tiempos electorales apenas comenzaron, pero las campañas llevan meses. Hemos sido testigos de cómo muchos políticos están aprovechando sus puestos para gastar el dinero público en promocionarse, desde el gobierno, el DIF, las secretarías, las alcaldías, con total impunidad, quizá porque la historia nos dice que nunca pasa nada. Se imponen multas y sentencias que no se concretaran.

México ya conoce el precio de concentrar demasiado poder.

Por eso, mientras las plazas se llenan esta noche para escuchar el tradicional “¡Viva México!”, quizá convendría preguntarnos qué significa realmente que México viva.

Que viva no solamente como territorio, sino como República.

Que viva con libertad de expresión.

Que viva con instituciones independientes.

Que viva con elecciones confiables.

Que viva con oposición.

Que viva con ciudadanos capaces de cuestionar al poder sin miedo. Gobierno, partidos políticos o incluso empresarios.

Y, sobre todo, que viva con una democracia suficientemente fuerte para que ningún gobierno —de izquierda, derecha o cualquier otra corriente— pueda considerarse dueño de ella, pero también para que ningún empresario pueda ser sobornado o sobornar para beneficiarse del poder.

El Grito de 1810 reclamó libertad frente al poder. El desafío de 2026 es evitar que esa libertad se vuelva una pieza de museo mientras el poder vuelve a concentrarse.

La Independencia se ganó en una guerra.
La democracia se pierde mucho más silenciosamente: una institución debilitada, un contrapeso menos, una crítica menos tolerada un líder perpetuándose en el poder, insultos y no diálogo, sobornos, negocios al amparo del poder, políticos millonarios a base de corrupción y abuso...

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