No importa la verdad, ni la mentira, lo único que vale es mi narrativa. Es el grito de la insensatez, al estilo de “yo tengo otros datos”, que campea hoy en la Casa Blanca donde se traduce como «Let’s just say my spreadsheets are more optimistic than yours», “digamos que mis hojas de cálculo son más optimistas que las tuyas”.
Donald Trump cree firmemente que Estados Unidos debe regresar a ser un país poblado de fábricas que reciban cada mañana a miles de obreros en su interior para, al final de la jornada, producir millones de productos manufacturados y otros tantos millares de empleos. Pura nostalgia de los años cincuenta.
Como esto no sucede de inmediato, y ni Apple ni Nike regresan a casa y siguen empecinados en producir los anhelados iPhone´s y zapatos tenis de moda en sus fábricas de Asia, Trump imagina indignado que el país y su economía, al no tener la industria tradicional en su territorio, están debilitados y en un serio riesgo del que culpa a la globalización, al liberalismo, a los inmigrantes por supuesto, a China, desde luego, los países europeos, para él en decadencia, y los gobiernos demócratas, según él, marxistas, que han dejado escapar a grandes corporaciones norteamericanas al oriente asiático, a los países del sur del pacífico o a México.
Basada en hechos la estadística, por su parte, tiene sus propios datos, que al no coincidir con su narrativa a Donald Trump le importan auténticamente un carajo. En 1945, cerca del 38% de los empleos en EE. UU. tenían lugar en fábricas. Hoy ese número ha caído a aproximadamente al 8%, unos 13 millones de trabajadores. ¿La causa? Desde hace 50 años la industria manufacturera fue a buscar menores costos a otros países (deslocalización) y además la automatización permitió producir mucho más con menos gente.
Estados Unidos es ahora una economía de servicios. Cerca del 80% del PIB y del empleo proviene de ese sector: finanzas, salud, tecnología, educación, servicios de streaming, comercio.
La manufactura ya no es el motor «primario» que define su estructura productiva y social como lo fue en la posguerra. En 2026, estamos en la era de las Brain-Computer Interfaces -BCI- de alta resolución. Ejemplo, Neuralink una empresa más de Elon Musk anunció el inicio de la producción masiva de sus implantes neuro cerebrales y la automatización de las cirugías con robots.
Trump, su grupo de seguidores y su imaginación están atrapados en el siglo XX o tal vez en el XIX, porque el siglo XXI es y será el de la fusión biotecnológica en la que Estados Unidos tiene un rol principal.
El récord de producción
Con menos obreros fabriles, la unión americana produce actualmente más bienes que nunca en su historia y sigue siendo el segundo mayor fabricante del mundo, solo por detrás de China. Aporta cerca de $2.9 billones de dólares (trillones en inglés) al Producto Interno Mundial, un 10% del total. Ya no compite en fabricar ropa o juguetes baratos, sino en sectores de altísimo valor añadido como el aeroespacial, semiconductores, biotecnología o equipo médico.
Las regiones fabriles tradicionales están reinventándose, Pittsburg pasó del acero a ser un centro mundial de Robótica e Inteligencia Artificial gracias a la Universidad Carnegie Mellon. Columbus e Indianápolis se han convertido en polos de logística y centros de datos. Intel está construyendo una mega-fábrica en Ohio, lo que muchos llaman el inicio del «Silicon Heartland». En Detroit, Michigan, Ford rehabilitó la antigua estación de tren -Michigan Central- para convertirla en un ecosistema de empresas tecnológicas y startups dedicadas exclusivamente a la movilidad del futuro.
Esta nueva industria no requiere miles de obreros, sino técnicos especializados en operar máquinas complejas. Con 500 técnicos y 1000 robots se producen ahora los mismos autos que se hacían antes con 5000 mil trabajadores operarios.
Los Aranceles el «Garrote»
Trump usa los aranceles para golpear, es su estilo para negociar, pretende con ello que Canadá, Unión Europea, China y medio mundo, compensen a Estados Unidos el superávit comercial que tienen a favor, y apoyen sus políticas. A México, más dependiente del mercado norteamericano, lo trae como “perico a toallasos”.
¿Es esta política económica un tiro por la culata?: China tuvo en 2025 el mejor de los últimos 20 años en exportaciones y está por firmar un tratado con Canadá, la Unión Europea ante la promesa de mayores aranceles por no apoyar la “conquista de Groenlandia”, conque sueña Donald Trump, recogió el guante y contestó con una propuesta para vender sus bonos del tesoro estadounidense, acto que elevaría las tasas de interés enviando el déficit fiscal norteamericano a las nubes y generando un verdadero caos financiero mundial.
A menudo da la impresión de que el presidente norteamericano tiene fantasías en vez de ideas. Afirma que los impuestos a las importaciones le permiten al tesoro norteamericano captar miles de millones de dólares en impuestos arancelarios ¿No puede entender que esos impuestos los pagan los ciudadanos de su país? Además, dañan la capacidad de consumo de los estadounidenses que pagan sobre precios por mercancías sobre las que se monta el arancel, lo que incrementa inflación y quita clientela a los exportadores extranjeros. Un juego absoluto de perder-perder.
En su intento por barrer con la globalización, y querer regresar al «Nacionalismo Económico», Trump haroto reglas del derecho internacional que emergieron al terminar la segunda guerra para poner orden entre naciones. Su norma actual es la presión, la burla, porque “Europa está en decadencia”, y la fuerza militar. En su mundo alterno cree ahora que la caída del dólar “es un gran negocio” para su país, “oh my god”, ¿alguien podría explicarle que la devaluación de la moneda estadounidense ante el euro -1.20 por dólar- encarece las importaciones y las mercancías para sus conciudadanos y las abarata para los europeos? Sí, es un gran negocio…para los europeos.
El Síndrome de 1933
El entrañable Papa Francisco utilizó varias veces este concepto de Siegmund Ginzberg, título de su texto del mismo nombre, para advertir que en la historia de las democracias el desencanto político y económico han llevado a la gente a buscar soluciones mágicas a través de la figura de un líder carismático que prometa devolver las cosas a un tiempo mejor y acabar con los dolores sociales aún a costa de debilitar precisamente a la propia democracia. Un remedio que luego tiene peores consecuencias que la enfermedad. El “síndrome” referido no es otro que el proceso que llevó en 1933 al partido Nazi al poder en Alemania, una de cuyas banderas era la satanización de los judíos, raza y población que se convirtieron en el chivo expiatorio donde los alemanes depositaron todas las culpas de sus problemas.
El Papa se refería a este problema porque el síndrome regresa una vez más por estos días. El Movimiento para Hacer Grande a Norteamérica de Nuevo -MAGA- tiene a los inmigrantes en el mismo lugar que los alemanes pusieron los judíos. “Se comen los gatos y las mascotas”, “han entrado ilegalmente por millones”, son el mal de este país, tenemos que deportarlos, ha dicho Donald Trump. Son culpables de todo.
A finales de 2025, se estimaba que cerca de 622,000 personas habían sido deportadas de Estados Unidos mediante operativos sin freno del grupo de seguridad fronteriza, el temido e impune ICE. No han sido millones los expulsados. El problema es que las acciones del ICE han puesto el clima político en alta tensión debido a lo que han provocado en Minneapolis: la muerte a balazos de una mujer, Renee Good, y luego del enfermo Alex Jeffrey Pretti, durante redadas realizadas apenas en este enero que han desatado protestas masivas.
Trump ha defendido públicamente a los agentes, a quienes presenta defendiéndose de “terroristas urbanos”, aunque en las grabaciones hechas con teléfonos celulares en el momento de ser asesinados ninguno de los dos aparecieron como amenaza letal para los agentes. Otra vez, el presidente tuvo sus “propios datos”.
Em este ambiente ríspido, las liturgias papales de Francisco adquirieron tono profético al ver desfilar, enfundado en una gabardina verde oliva y corte de pelo undercut, a Greg Bovino, el jefe operativo del ICE sobre el terreno, rodeado de sus agentes armados, en las calles de Minneapolis. Inevitablemente la imagen recordó a la estética de los oficiales de la era nazi, específicamente remitió a figuras como Heinrich Himmler, jefe de la temida Gestapo alemana, arquitecto de la represión a los judíos.
El hecho real es que ni Reene Good, ni Alex Pretti eran inmigrantes, ni mexicanos, ni latinos, ni somalíes, mucho menos “hurtaban y comían los gatos” de los vecinos. Eran ciudadanos estadounidenses por nacimiento, blancos, habitantes de las zonas donde electoralmente se concentran la mayoría de los votantes de clase media: los suburbios.
¿La consecuencia? el repudio generalizado a las operaciones anti inmigrantes lo encabezan ahora congresistas republicanos y demócratas por igual, jueces, organizaciones y ciudadanos. En su mundo, sin embargo, Trump y su equipo consideran a los dos fallecidos simplemente como “aspirantes a asesinos”.
Son los signos de estos tiempos, en la Casa Blanca se acuartela el equipo de Donald Trump en su retórica y narrativa a la voz de “vamos de maravilla”. En la calle, la vida corre en otro sentido, un abrumador 68% de encuestados para evaluar el primer año de su presidencia afirmó que las cosas en Estados Unidos van «mal» o «muy mal».

