El 2025 termina con crecientes inquietudes, temores, intranquilidades, inseguridades, mediocridad. Percibidas y medibles en distintos espacios de nuestro país, como en otros lugares del mundo. Publicados están mediciones y resultados en salud, educación, desempleo, inseguridad, agua, medioambiente o infraestructura. Y algo más dañino para la convivencia humana: la devaluación de la palabra, la desconfianza entre nosotros, la polarización o división entre nosotros provocada desde el poder público, en el país y en otros países también. En lo político es de enfatizar que nuestra Constitución fue reformada por la 4t en más del 60%. Los legisladores de Morena se sienten semidioses. No les interesa escuchar a los demás.
Estamos diseñados para ser felices, se enseña desde Aristóteles. Pero los productos objetivos de nuestras civilizaciones dificultan lograrlo. No solo es el individualismo. También las ideologías predominantes que no respetan la dignidad de la persona humana.
Los seres humanos vivimos en grupos diversos, primarios y secundarios (familiares, educativos, deportivos, recreativos, económicos, políticos, religiosos) a través de los cuales buscamos resolver nuestras necesidades fundamentales. Estos grupos integran en su conjunto a la sociedad civil, que organizada políticamente es el Estado. Y tanto los grupos, como la sociedad y el Estado, tienen como fin o razón de ser, el crear las condiciones económicas, sociales, culturales y políticas para facilitar que todas las personas puedan realizarse, lograr sus proyectos personales y grupales en el tiempo; aquí y ahora. Es el bien común o bien público temporal, que se busca desde casa, barrio o colonia, empresa, ciudad, estado, país, y aun en el ámbito internacional. En los distintos círculos concéntricos en que cada uno vivimos. Un bien que solo en común se desea y solo en común se alcanza; diferente a los bienes estrictamente individuales o personales.
El orden jurídico debe ser el cimiento de la unidad de las sociedades. Y Los gobiernos, desde los ámbitos municipales, estatales o federales, han fracasado en crear ese conjunto organizado de condiciones posibilitadores del desarrollo humano y social. Hay pocas excepciones, incluso en el ámbito internacional. Como también muchos padres de familia, educadores, empresarios, organizaciones deportivas, partidos políticos, comunicadores, influencers y clérigos, han desatendido sus deberes con el bien común.
Para el 2026 conviene preguntarnos: ¿Qué me corresponde para lograr el bien de mi casa, colonia, ciudad o país? Porque esperar del gobierno o la clase política concretar esas condiciones posibilitadoras es ingenuo y destructivo, más aún en el contexto actual. El bien común en cada uno de esos círculos exige coparticipar o colaborar. Aportar lo que en justicia nos sea exigible: desde el orden de mi recámara, recoger mis platos o mi basura, pasear al perro, llevar a caminar al abuelo. Y al abrir la puerta de casa, no tirar basura, respetar señales del semáforo. Y así en los siguientes círculos concéntricos.
Cada uno de esos bien común requiere practiquemos la virtud de la justicia: dar a cada quien lo suyo. A la esposa, esposo o pareja, los padres, los hermanos, vecinos, colegas, equipos. Para ser justos debemos, también, adoptar ciertas actitudes: veracidad (si mentimos dañamos), respeto, agradecimiento, cortesía, afabilidad. Existen las virtudes del bien común que poco se enseñan y menos se practican: la solidaridad, la cooperación, la responsabilidad conjunta, la participación y la integración.
Debemos considerar lo suyo del todo, del conjunto social: el orden jurídico, la justicia, la seguridad, la tranquilidad, la paz. Esto es lo que permite que la sociedad cumpla con su fin. Es por tanto acreedora y nosotros deudores de ello. Para luego se nos devuelva con condiciones que nos permitan nuestra realización personal y social. Una interdependencia dinámica que en el tiempo y el espacio permite seamos felices todos, con las limitaciones del aquí y del ahora.
Con realismo crítico, conozcamos nuestras fuerzas y debilidades, retos y oportunidades, personales y comunitarias. Y reconozcamos nuestros deberes, cargas o responsabilidades en la obtención del bien común. Iniciemos el 2026 con esperanza y hagamos lo que nos corresponde.

