No se entristezca tu corazón ¿Acaso no estoy aquí yo que soy tu madre?”, le dijo la Virgen en el cerro del Tepeyac a Cuauhtlatoatzin (que se traduce “el que habla como águila”), bautizado como Juan Diego. Su imagen quedó plasmada en el ayate de algodón: Una joven morena, virgen (por el pelo suelto), embarazada, con las manos unidas -la izquierda morena, la derecha clara-. Decorada con símbolos de culturas prehispánicas. Diciembre de 1,531. El milagro de la Madre y Reina de una nueva realidad socio-cultural formándose con pueblos originarios y europeos. Sería proclamada después “Emperatriz de las Américas”, y más reciente, “La Misionera Celeste del Nuevo Mundo”. Su imagen rebasa lo religioso; es puente entre comunidades, simboliza la identidad mexicana, y al mismo tiempo promueve la interculturalidad, y la apertura y el respeto a los otros. Ha estado presente en las diferentes etapas de la historia de México.
Guadalupanos no son solo los católicos. Hay devotos de La Morenita que no practican religión alguna. Creer o no creer en las apariciones del Tepeyac, en una madre celestial, es en esencia un acto del querer, de la voluntad, más que de la razón. Como creer en Dios o en algún prójimo. O no creer en alguien o algo. Tener crédito o dar crédito es eso, acto del querer, si se nos pega la gana o no.
Los seres humanos somos “preguntas ambulantes”. Los únicos seres que nos planteamos el cuestionario básico o fundamental: quién soy, de dónde vengo, a dónde voy. Desde niños aprendemos a reconocer distintos niveles de problemas: un primer nivel, es de la técnica, que solucionado se acaba el problema, Un segundo es el enigma, que cuando se soluciona me plantea otro problema más grave, es de la filosofía. Y el misterio, un problema que sabemos de antemano no tiene solución, sino en el campo de la fe. Con la inteligencia tenemos conocimientos basados en la experiencia sensible; y además, el saber filosófico o de últimos por qué. Así razonamos: si hubiese un momento de “Nada universal”, hoy no existiría nada. Porque de la nada no sale nada. Si existe algo, es porque siempre ha existido algo. El ser necesario, sin principio ni fin. Y dejándonos llevar por la tendencia a preguntar nos humanizamos, y llegamos a los límites de nuestra razón, y aparecen los misterios; es el momento de creer o no.
Para el pensador o filósofo, a diferencia del creyente, Dios, lo absoluto, lo infinito, lo necesario, no está al principio, sino al final (Bochenski). La existencia del Dios cristiano la niegan varios. Pero “al afirmar que el mundo es infinito, eterno, ilimitado, absoluto”, lo reconocen. “La cuestión es si lo absoluto, necesario o ilimitado es una persona, un espíritu”.
Un creyente no tiene problemas en pensar en Dios con amor. En cambio, el pensador o filósofo tiene la dificultad, que es intuición, de que Dios “ha de ser total, absolutamente distinto de todo lo real. Tiene que ser real y tener las notas de lo ideal, porque es por esencia necesario, eterno, supratemporal, y supraespacial. Y sin embargo, individual, y hasta más individual que ningún otro ser. Viviente en un grado que no podemos imaginar”. Una persona.
El Dios de los pensadores (infinito, necesario) se distingue del Dios de la religión, porque éste es lo santo, El Amor. El Dios de aquellos es tan cargado de problemas que los llevan a plantearse un más allá de su razón. Y son las religiones las que dicen de Dios mucho más; el creyente puede recibir más respuestas. Para éste, “Dios se revela como el Dios que se comunica a sí mismo en la cercanía absoluta y misericordiosa, es decir, como el misterio absoluto”. Y se encarnó en María, porque lo puede todo. Esa Madre fue proclamada “La Misionera del Nuevo Mundo”.
Es emocionante creer en una madre celestial. Soy y me siento también hijo de la Guadalupana, quien nos cuida. Además, tenemos la dicha de convivir con nuestra madre terrenal, de 103 años. Sabemos que La Morenita nos pide no estar triste nuestro corazón a pesar de los problemas del país. “Desde el cielo una hermosa mañana, La Guadalupana, bajó al Tepeyac”.

