noviembre 8, 2026

Gobernantes desquiciados en ambos lados de la frontera

Y en Estados Unidos las elecciones intermedias le propinaron un revés histórico al presidente de ese país, haciendo que perdiera la Cámara de Representantes.

Como si existiera una máquina reproductora, casi al mismo tiempo los gobiernos de México y Estados Unidos entraron en crisis por cuestiones electorales. En México porque la corrupción destruyó el antes confiable órgano nacional electoral (INE), poniendo en grave riesgo la credibilidad de las elecciones intermedias de 2027 en grave peligro. 

Y en Estados Unidos las elecciones intermedias le propinaron un revés histórico al presidente de ese país, haciendo que perdiera la Cámara de Representantes, el Senado y la mayoría de las gubernaturas en juego.

En ambos casos, los presidentes niegan cualquier responsabilidad por los desaguisados electorales sufridos. Sheinbaum lleva literalmente 10 sesiones de la mañana construyendo narrativas cada vez más fantásticas y bizarras de cómo la corrupción de la persona que ella y su partido nombraron para dirigir el INE resultó ser una ladrona de siete suelas. 

Su principal objetivo ha sido tratar de convencer al país de que la señora Taddei, nombrada por su partido al puesto, no fue nombrada por su partido. Para convencer al país de que no vio lo que vio, inventa otros responsables, yendo décadas atrás para corroborar su nueva versión.

Inventa stories para enredar tanto el caso donde, en última instancia, su deseo aparente es que reine tanta confusión haciendo imposible regresar al inicio del cuento. Pero la realidad es resiliente, y exige regresar al iniciar: la señora Taddei robó sin control y, con ello, puso en riesgo una elección nacional.

Sheinbaum sabe que, en última instancia, ella y su partido perdieron el control absoluto y totalitario que tenían sobre el INE a partir de estos eventos. Y ese es el punto central en todo esto: que la presidencia y Morena han perdido el control sobre la conducción del próximo proceso electoral. Pero, también algo peor: han perdido la capacidad de contar los votos y decidir quiénes ganaron y quiénes perdieron la elección.

Lo relevante del caso, y es lo que conecta el proceso mexicano con el estadounidense, en los dos casos ambos presidentes se lavan las manos de cualquier responsabilidad de los hechos y echan la culpa a otros, preferentemente sus enemigos.

En el caso estadounidense, el comportamiento presidencial sucede después de la derrota. El caso mexicano es antes de cualquier traspiés electoral. Esa es casi la única diferencia entre ellos. El resto de sus respectivas conductas son una calca entre ellos.

El presidente estadounidense aseguró que, de haber estado en la boleta, su partido habría ganado masivamente. La explicación que primero ofreció es que fueron los malos candidatos, postulados por su partido. Después aceptó que la guerra en Irán afectó su votación, pero porque se elevó el precio de la gasolina. 

Después precisó: no era por la guerra, sino por el precio de la gasolina, como si fueran dos fenómenos distintos.

Su comentarios sobre la derrota más terrible que haya sufrido el partido Republicano en décadas fueron en el contexto de Trump explicando la belleza y magnificencia de un salón de baile que él mandó construir adjunto a la Casa Blanca. La escena involuntariamente invocó a la memoria la escena del emperador romano Nerón tocando música mientras Roma ardía y la población moría.

Trump había hecho lo imposible por influir en las elecciones a favor de su partido. Ofreció un bono de 5 mil dólares a todos los estadounidenses adultos si es que el partido Republicano ganaba las elecciones. Fue visto, obviamente, como un intento por comprar el “voto de necesidad» de los estadounidenses. 

Obviamente muy pocos le creyeron semejante intención ni de su viabilidad. También ofreció un monto menor (mil dólares) a todas las personas de la tercera edad recipientes de Medicare para pagar su suscripción en el servicio. Nadie cayó en el garlito.

Tanto la presidenta de México como el estadounidense trataron, y siguen tratando, de responsabilizar a otros de sus debacles electorales. Para que quede perfectamente claro: ni Sheinbaum ni Trump son responsables de nada de lo ocurrido en sus respectivos ámbitos electorales.

La negación absoluta normalmente acompaña a casos de corrupción. En el caso del INE mexicano y Sheinbaum, la corrupción está absolutamente implicada en toda la trama. Decenas de funcionarios renunciaron o fueron cesados del INE por ser actores directos en los distintos tramos de responsabilidad en la compra, adquisición y autorización de contratos del instituto.

La telaraña de corrupción es impresionante por lo extendido que está dentro del INE. Y lo increíble: los 10 Consejeros electorales no sabían nada de ello, ni se enteraban del malestar existente entre los trabajadores por las relaciones laborales abusivas practicadas dentro de la institución. No veían conductas sospechosas, vehículos nuevos y muy caros, ropa de moda, viajes al extranjero. No supieron de nada. Allá ellos.

Las encuestas de salida de Estados Unidos revelan que la corrupción dentro del gobierno de Trump y de su familia fue un factor decisivo para que el electorado le diera la espalda. Después del alto costo de la vida en general, la corrupción fue la segunda causa que llevó al votante estadounidense a votar por los demócratas y en contra de los republicanos.

El hecho de que el gobierno de Qatar le regalara un avión tamaño presidencial a Trump es el símbolo del tamaño de la corrupción dentro de su gobierno.

Comparable sólo como la imagen del huachicol en el gobierno de Morena, y el símbolo del barco atracado en Tamaulipas, descargando millones de barriles de gasolina. Entre el avión qatarí y el barco de huachicol, los dos gobiernos destacan por su propensión a la corrupción institucionalizada. En el caso particular de la señora Taddei y sus hurtos, seguramente pensó que si todos los otros lo hacían, ella ¿por qué no?

Trump y Sheinbaum comparten algo más. Ese algo más es una metodología común de cómo enfrentar las crisis. Porque no sólo comparten la elevada capacidad de negar toda responsabilidad por los hechos, pasados, presentes y futuros. También agregan un factor más.

Ambos elevan la respuesta, con mayor radicalización. Ante el acoso, atacan. La mejor defensa es el ataque, parecen coincidir.

Trump, por su lado, ha cambiado su jefe de la Casa Blanca, nombrando a Stephan Miller. Miller es un ultra nacionalista que diseñó la estrategia de ICE contra los migrantes, elaboró planes para la intervención en Venezuela, Cuba y México y está encargado del distanciamiento de Estados Unidos con Europa, Ucrania y favorece una política de mano dura en la relaciones internacionales, utilizando los aranceles como arma. 

Al nombrar a Miller, Trump anuncia su determinación de seguir con su “guerra” contra el mundo. En vez de preparar una salida decorosa de la presidencia, planea salir a tambor de guerra batiente.

Sheinbaum, sin embargo, hace lo mismo. Se trinchera en su palacio, crea más enemistades, no dialoga más que con los suyos y prepara más ofensivas contra la oposición. La respuesta a la crisis del INE es crear más polarización y desconfianza de los ciudadanos no solo en las elecciones, sino en la política en general. Acusa sin ton ni son a personajes, incluso muertos.

Ante sus crisis, Trump y Sheinbaum responden con más radicalización. Lo malo es que entre ellos se van a devorar. Solamente las fuerzas democráticas de ambos países podrán frenar las tendencias destructivas de los dos gobernantes.

POR RICARDO PASCOE PIERCE

COLABORADOR

ricardopascoe@hotmail.com

@rpascoep

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