El PAN: cero tolerancia política
Hay una expresión propia del pueblo americano, de auténtico patrioterismo; “Rightor wrong: my Country”, en lenguaje común nuestro: chueca o derecha: mi patria. Este patrioterismo explica mucho cómo el norteamericano de la calle, no digamos el servidor público, especialmente militar, justifica ante sí mismo cualquier desviación moral o legal que hagan los Estados Unidos en su actuar oficial, fuera de su territorio principalmente. Todo se tolera (a favor).
Es más o menos el mismo principio por el cual los militares del mundo, a través de la historia, justifican los desmanes y violación de derechos, en especial a la vida, por sus propias acciones. Igual sucede con los policías, que se protegen mutuamente –hasta donde les es posible o deseable-, frente a hechos delictivos cometidos por sus colegas. En México dicen: “perro no come perro”, es decir que no se vale (aplicar la Ley) a los propios.
La actitud no es solamente de apoyo, de solidaridad –mal entendida, claro-, sino de intentar que los hechos inmorales y contrarios al Derecho se olviden y sean arrumbados. Después de eso se llega al llamado “carpetazo”, al cinismo de “aquí no ha pasado nada”.
¿A qué viene todo esto? A que el partido no puede tolerar en su seno las violaciones a la ley, ni tampoco puede tolerar la incompetencia, la indolencia en el servicio público por sus miembros, al ejercer el poder que ganó en una elección.
Acción Nacional no puede tolerar internamente esas dos cosas: la corrupción y la incompetencia, como tampoco la irresponsabilidad en el ejercicio de un cargo público. Dañan a la ciudadanía que paga sueldos, salarios, prestaciones y bonos para que se le sirva, en aquellas funciones que corresponden al Estado, en los poderes ejecutivo y legislativo.
Todo partido de oposición, cuando llega al poder, se enfrenta a un cambio de mentalidad de muchos partidarios: ya no se trata de servir al país por medio de la acción partidaria, sino de utilizar, exigir que el partido, ya ganadas elecciones, sea una verdadera agencia de colocaciones.
Ya no se trata, para esas personas, de hacer algo por el partido, sino de sacar beneficio personal, de cobrar facturas por labores que eran idealistas y que de pronto cambiaron de etiqueta: son merecimientos. “Yo distribuí volantes, convoqué a los vecinos… ¿Qué chamba me van a dar? ¡Y luego quiero ser diputado!”
Hay también quienes, al sentarse al escritorio burocrático asignado, o empiezan bien y aflojan el paso, se vuelven indolentes o desde el principio consideran que el sueldo del erario no hay que desquitarlo, sino disfrutarlo. La indolencia, el descuido, la rutina, el olvido de los principios, hacen que Acción Nacional –o el partido que sea-, sirva mal a la ciudadanía, y entonces ésta le niega los votos.
El partido no puede ser tolerante en dos aspectos: en el más evidente de la corrupción, del asalto al erario y a los bienes para apropiárselos indebidamente, cayendo en ilícitos verdaderos y por otra parte en la indolencia y mal desempeño de la función pública encomendada. Cero tolerancia es la receta, para no caer en la mediocridad partidista, de a veces exigir y a veces “yo no vi, no sé nada”.
