Los políticos y la autoridad moral
Durante la Segunda Guerra Mundial, en Europa, el señor Stalin, hablando del entonces Papa Pío XII y de su influencia, preguntó a sus generales: “¿en dónde están las divisiones del Papa?” Por supuesto que el Obispo de Roma no tenía ejército alguno, pero tenía algo diferente: AUTORIDAD MORAL.
La autoridad moral es la que distingue a una persona con poder de mando de un líder. A la primera se le obedece por necesidad, a la segunda por convicción.
La autoridad moral no está en las leyes, allí sólo encontraremos la autoridad legal, formal. Pero en el mundo, y en la política, sobre todo, la autoridad moral es muy importante, porque tenerla o no revela la verdadera escala de valores, la integridad moral de la persona, es decir la congruencia entre el decir y el actuar. La veracidad y valor de sus dichos.
En el mundo hay políticos que han sido presionados a renunciar a sus cargos al demostrar, por alguna o algunas razones, su falta de autoridad moral. Renunciar por quedar al descubierto su falta de congruencia, la falta de respeto a la dignidad humana y/o a las leyes, la mentira, el engaño o la corrupción; se ha dado y debe seguirse dando.
El mundo ha conocido y conoce políticos empoderados, formal o informalmente, que se presentan como seres con autoridad moral, pidiendo que se les respete y obedezca por eso, cuando su vida privad y pública demuestra justamente lo contrario: su discurso sobre moral es desmentido en la realidad.
Un líder populista influye sobre los ciudadanos, les crea imágenes mentales de autoridad moral cuando no la tienen, pero con su discurso convence y gana seguidores, convertidos en votantes en su favor. Los convencidos, seducidos por su lenguaje prometedor de justicia, democracia y más, le apoyan en su actividad política. Para evitarlo en lo posible, a esos falsos líderes sin autoridad moral, se les debe desenmascarar, exhibiendo la contradicción entre los dichos y los hechos.
En su vida pública, Jesús de Nazaret enfrentó a fariseos, a doctores de la Ley, a sacerdotes, quienes se presentaban a la gente precisamente como voceros de la moral, demostrando cómo en su realidad no eran mas que falsos profetas, hasta en alguna ocasión les llamo “¡sepulcros blanqueados!”
La autoridad moral se gana con el ser, pensar y actuar de una persona, no va implícita con un cargo público (ni privado). Cuando a alguien en la vida política se le reconoce autoridad moral, generalmente es porque la ha tenido en su vida privada y profesional, o bien se la gana a pulso.
Reconocer autoridad moral a una persona equivale a confiar en su congruencia moral, en su honestidad, y como toda confianza, es difícil de ganar, muy fácil de perder (justa o injustamente) y muy difícil de recuperar.
La antítesis de la autoridad moral en la política es la llamada “mala fama pública”.
Quien no tenga o pierda el respeto de la ciudadanía por la incongruencia entre su discurso y su conducta, no debe, legítimamente hablando, ostentar un cargo en que, para ser creíble su trabajo, dicha autoridad moral sea absolutamente necesaria.
