Nicaragua; autodeterminación sí, silencio ante la injusticia, no
El respeto a la autodeterminación de los pueblos y a las decisiones soberanas de cada nación debe ser un principio fundamental de las relaciones internacionales. México, por su propia historia, conoce bien el valor de la no intervención y del respeto a la soberanía de los Estados.
Pero una cosa es respetar la decisión de un pueblo y otra muy distinta cerrar los ojos ante lo que ocurre dentro de sus fronteras.
El caso de Nicaragua obliga a México —y particularmente a su gobierno— a reflexionar sobre esa diferencia.
Resulta difícil hablar de autodeterminación cuando amplios sectores de la sociedad nicaragüense enfrentan restricciones políticas, persecución de opositores, limitaciones a la libertad de expresión y otras denuncias graves en materia de derechos humanos. Si un ciudadano no puede ejercer plenamente sus libertades políticas, la pregunta inevitable es: ¿hasta dónde puede hablarse de una auténtica decisión popular?
No se trata de que México decida quién debe gobernar Nicaragua. Tampoco de intervenir en sus asuntos internos. Se trata de algo mucho más elemental: defender los derechos humanos como valores universales, independientemente de la ideología del gobierno que los vulnere.
La congruencia democrática exige que los principios sean aplicables para todos. No puede condenarse la falta de libertades cuando el gobierno responsable es políticamente adversario y justificarla, minimizarla o ignorarla cuando se trata de un gobierno cercano ideológicamente.
México tiene una larga tradición diplomática basada en la soberanía, la autodeterminación y la no intervención. Esa tradición merece ser preservada. Pero también debe coexistir con una defensa firme de los derechos humanos.
Respetar a Nicaragua no significa respaldar a su gobierno. Respetar al pueblo nicaragüense significa reconocer su derecho a vivir en libertad, a expresarse, organizarse políticamente y elegir democráticamente a sus gobernantes.
La verdadera autodeterminación no consiste simplemente en que una nación sea reconocida como soberana. Consiste en que sus ciudadanos tengan la libertad real de decidir su propio destino.
Por eso, México no necesita intervenir en Nicaragua. Pero tampoco debería guardar silencio ante las violaciones a los derechos humanos de los nicaragüenses.
La soberanía de los pueblos merece respeto. La dignidad y los derechos de sus ciudadanos, también.
