Presidencia Salamandra; el tiempo finito para confluir: Andrés Amaro
El resultado de la evolución política de las últimas décadas en México fue un caldo de poca densidad y menos utilidad: el debilitamiento de la Presidencia de la República no condujo a una democratización; los espacios del poder declinado no fueron ocupados por la Sociedad; ésta se encontró inerme ante un Estado frágil y un Poder Económico sin límites; el Modelo de Desarrollo generó un funcional afán por el consumismo en la población pero no la distribución equitativa de riqueza que permitiera satisfacerlo.
Para el país, es claro ahora que resulta preferible tener una Presidencia de la República fuerte que un Estado Nacional dedicado al mantenimiento, a cuidar la puerta, cobrar cuotas, administrar los servicios y picar los botones del elevador para conducir a los propietarios del edificio hacia los pisos superiores.
Este retorno de una Presidencia fuerte, la diseñada por la Revolución Mexicana, obliga a repasar sus responsabilidades formales y reales: encabeza al Estado; comanda las Fuerzas Armadas; jefatura la Administración Pública Federal.
Además, lidera al Régimen. Para propiciar la continuidad del Partido en el Gobierno. Pero, de manera aparentemente contradictoria, también conduce al Sistema Político. Es decir, guía la coexistencia entre Poderes Públicos, Partido Gobernante, Oposición, Sectores, Grupos de Presión (Ejército, Iglesia, Medios). El propósito de esta responsabilidad es asegurar que dicho Sistema garantice la gobernabilidad del país.
La institución de la Presidencia de la República en México es, pues, una especie de Salamandra. Grande, con capacidad de operar en todos los ámbitos. Respira a través de la piel. Muda su coloración para recordar a sus depredadores que posee sustancias tóxicas con capacidad para neutralizarlos. Puede reproducirse de diferentes maneras. Es carnívora. O debiera serlo. Porque cuando se hace vegetariana queda, como se dice en Colombia, vuelta nada.
Hoy, la función de conducir al Sistema Político acusa desatención. Como consecuencia, existen en México partidos históricos opositores inconvenientemente a la deriva. Algunos incluso promueven la intervención extranjera. Factores de poder real, como Corporaciones de Medios, ensayan proyectos de desestabilización. Los outsiders se multiplican. Siniestros, tocan música de flauta, como Hamelin, intentando llevar a todos al precipicio de la inequidad social y la supresión de derechos.
La Presidencia de la República tiene las herramientas y la posibilidad de incidir en los equilibrios internos y el rumbo de los Partidos Opositores. Para propiciar que éstos tenganuna conducción divergente, pero responsable y comprometida con la Democracia y la Soberanía del país. La Presidencia de la República podría, por ejemplo, comunicarse y estimular políticamente a aquellos opositores que sí están identificados con el interés nacional. También puede contribuir al desgaste de los que no lo están.
Enfrente se encuentra en marcha una agresión externa. Por eso, la Presidencia de la República precisa reflexionar con oportunidad sobre las coincidencias adicionales a Morena. Eso le permitiría construirlas con paciencia y cuidado. Si las efectúa cuando sean urgentes, serán más costosas. Hasta para el Régimen: si la necesidad política es evidente, los Opositores tendrán más exigencias para responder al acercamiento.
El Caso Colombia es una muestra de esta necesidad pero también de los riesgos de postergar. Recientemente, la Izquierda (Pacto Histórico / Gustavo Petro) y la Derecha (Centro Democrático / Álvaro Uribe) se aliaron para viabilizar la designación de Honorio Enríquez, de Centro Democrático, como Presidente del Senado para 2026-27. Lo hicieron como parte de un intento por contener decisiones de entreguismo hacia EU por parte del Presidente Abelardo de la Espriella (ultraderechista), elegido este año. Esa convergencia tendrá utilidad. Pero ciertamente ocurre cuando apenas se escucha ya el bramido del toro pasado.
27 Septiembre 2026
