La IA necesita un capítulo 9
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El poder tecnológico, sus riesgos
y la resistencia de Donald Trump
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En el artículo anterior describí la investigación de Kai Bird y Susan Goldmark, esposos y coautores de American Scoundrel: Roy Cohn’s Dark Journey from Joe McCarthy to Donald Trump. Conocí el libro mediante la entrevista que David Remnick hizo a Bird en The New Yorker Radio Hour, transmitida por NPR, y por el avance publicado en The New Yorker.
Roy Cohn enseñó a Trump a atacar, negar, intimidar, controlar la narrativa y nunca reconocer una derrota. Al escuchar su historia encontré un caso extraordinario de los mecanismos descritos en mi libro Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones, pero sin su capítulo 9, dedicado a ética y valores.
La pregunta ahora es mucho mayor: ¿qué sucede cuando una capacidad extraordinaria para acumular información, influir y actuar también se desarrolla sin un capítulo 9?
Capacidad no significa conciencia moral
La inteligencia artificial procesa cantidades inmensas de información, identifica patrones, persuade, imita voces e imágenes, escribe programas y participa en decisiones a una velocidad imposible para los seres humanos.
Pero capacidad no equivale a conciencia moral. Un sistema puede ser extraordinariamente eficaz sin comprender la dignidad, la justicia, la responsabilidad o el daño que produce.
Por eso numerosos científicos, empresarios y especialistas —incluidos varios de quienes desarrollan los modelos más avanzados— han pedido evaluaciones independientes, reglas de seguridad, transparencia, protección de datos, responsabilidad por los daños y supervisión de los sistemas de mayor riesgo.
No todos proponen las mismas medidas ni calculan los peligros de igual manera. Coinciden, sin embargo, en algo elemental: una tecnología con enorme capacidad de influencia no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de quienes la construyen o de quienes obtienen beneficios económicos y políticos de ella.
Regular la inteligencia artificial equivale, en buena medida, a escribirle su capítulo 9.
La regulación no produce automáticamente una conducta ética. Las leyes pueden resultar insuficientes, quedar rezagadas o ser capturadas por intereses particulares. Pero una regulación adecuada traduce valores colectivos en obligaciones verificables: qué usos deben prohibirse, quién responde cuando existe daño, qué información debe conservarse, qué pruebas de seguridad son necesarias y qué derechos tiene una persona afectada por una decisión automatizada.
No se trata de paralizar la innovación. Se trata de impedir que la velocidad sustituya a la responsabilidad. Los frenos no fueron inventados para impedir que los automóviles avanzaran, sino para que pudieran hacerlo sin convertir cada camino en una amenaza.
¿Por qué Trump se opone?
La resistencia de Trump a la regulación de la IA se vuelve comprensible a la luz de Roy Cohn.
En enero de 2025, Trump revocó la orden ejecutiva de Joe Biden sobre el desarrollo “seguro, protegido y confiable” de la inteligencia artificial. Después firmó otra titulada “Removing Barriers to American Leadership in Artificial Intelligence”: eliminar barreras al liderazgo estadounidense en IA.
Su política estableció como objetivo sostener y aumentar el “dominio global” de Estados Unidos. Posteriormente, su plan de acción presentó la IA principalmente como una carrera que Estados Unidos debe ganar frente a China.
Existen argumentos legítimos contra una regulación excesiva. Puede proteger a las grandes empresas, impedir la entrada de competidores pequeños, frenar descubrimientos útiles y dejar a Estados Unidos rezagado. Sería un error ignorarlo.
Pero también sería ingenuo aceptar que toda salvaguarda es una barrera y que toda limitación representa una derrota.
Trump privilegia la victoria sobre el límite, la competencia sobre la prudencia y el dominio sobre la responsabilidad compartida. Es la lógica aprendida de Cohn: las reglas son obstáculos; la supervisión es una amenaza; reconocer riesgos equivale a mostrar debilidad y aceptar límites significa ceder poder.
La IA, además, ofrece instrumentos especialmente compatibles con esa tradición. Permite amplificar mensajes, producir propaganda, vigilar poblaciones, clasificar individuos, desplazar responsabilidades y saturar el espacio público con tantas versiones de la realidad que la verdad pierde fuerza.
En manos de dirigentes sin escrúpulos, no solamente multiplica su capacidad de actuar. Multiplica también su capacidad de ocultar, negar y redefinir las consecuencias de sus actos.
Roy Cohn era un individuo. Su radio de acción estaba limitado por el tiempo, el espacio, sus relaciones y su mortalidad. La inteligencia artificial puede reproducir algunas de esas prácticas a escala masiva, instantánea y permanente.
Puede convertir la Micropolítica sin ética en infraestructura.
El tercer y último artículo de esta serie comenzará con el capítulo que no podemos permitirnos arrancar.
*Alfredo Cuéllar es profesor retirado de California State University, Fresno; consultor internacional, columnista y autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones. Para la preparación de este artículo, el autor utilizó inteligencia artificial como herramienta de investigación, organización de información y apoyo editorial. Las ideas, el enfoque, las conclusiones y la responsabilidad final corresponden exclusivamente al autor.
