septiembre 4, 2026

La pobreza organiza el voto; la violencia, la abstención

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Casi todos damos por sentadas tres ideas sobre política que suenan tan razonables que pocas veces las 

cuestionamos: que la inseguridad le pasa factura a quien gobierna, que la pobreza compra votos y que el 

crimen y la marginación son, más o menos, la misma mancha sobre el mapa. De hecho, la justificación de 

la política de «abrazos y no balazos» de López Obrador se basa precisamente en esta última idea.

Para saber qué tanto respaldan los datos estas ideas, el ejercicio que presentamos aquí las puso a prueba 

con cifras oficiales. Cruzamos delito, pobreza y resultados de la elección presidencial de 2024, primero 

entre los 32 estados y después entre los cerca de 2,400 municipios para los que había información 

disponible.

El resultado, en tres frases: la pobreza define hacia dónde va el voto, la violencia define cuánta gente 

vota y los dos mapas casi no se tocan. Ninguna de las tres ideas de partida sobrevive al cruce. Lo que sigue 

explica por qué, y qué consecuencias tiene para quien diseña una campaña de cara a las elecciones de 

2027.

CÓMO LO HICIMOS

Se usaron las cifras de los delitos y homicidios que reporta el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional 

de Seguridad Pública (SESNSP), la población que proyecta el Consejo Nacional de Población (CONAPO) y 

los votos que contó el Instituto Nacional Electoral (INE) en 2024, casilla por casilla. La pobreza se midió por 

la proporción de electores que viven en los municipios analizados. 

La herramienta central es simple: observar si dos cosas suben y bajan juntas —por ejemplo, a más pobreza, 

¿más o menos voto por Morena?—. Y cuando aparece una relación sospechosa, se le compara con otras 

variables para ver cuál explica de verdad el resultado y cuál solo lo aparentaba. Bajar hasta el nivel 

municipal sirve para comprobar que el patrón es real y no un espejismo de mirar el mapa desde demasiado 

lejos.

HAY DOS TIPOS DE DELITOSY NO CONVIENE CONFUNDIRLOS

El «delito total» —dominado por el robo— es más alto en los estados ricos y urbanos que en los pobres. 

Pero ese mapa engaña. En 2024, según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad 

Pública (ENVIPE), de cada cien delitos apenas siete se denunciaron, y se denuncia menos justo donde la 

autoridad es más débil, que suele ser donde hay más pobreza. Así que ese mapa mide sobre todo 

urbanización y capacidad de denunciar, no crimen real.

La prueba está en cambiar de vara. Al medir el homicidio —que casi siempre queda registrado— la relación 

con la pobreza desaparece por completo. Estados igual de violentos pueden ser muy pobres o nada pobres: 

Guerrero y Guanajuato encabezan juntos el homicidio, con niveles de marginación opuestos. 

1.2.

La violencia letal no dibuja la pobreza; dibuja los corredores del crimen organizado. Son dos capas 

distintas sobre el mismo territorio.

EL VOTO SIGUE A LA POBREZANO AL DELITO

La relación más fuerte de todo el ejercicio es entre pobreza y voto por Sheinbaum: donde hay más 

marginación, gana Morena con más holgura, y la intensidad crece con la pobreza. 

El delito parecía importar —las zonas con más delito votaron menos por el oficialismo—, pero al ponerlo 

a competir con la pobreza se desinfla hasta desaparecer, y solo la pobreza queda en pie. Aquella aparente 

factura que la inseguridad le cobraba al gobierno era un reflejo de la pobreza, no una causa propia.

LA VIOLENCIA NO CAMBIA EL VOTOVACÍA LA URNA

Queda un cabo suelto. Si la violencia no define por quién se vota, ¿es irrelevante? No: pega en otro lado. 

No cambia hacia dónde va el voto, sino si la gente vota. Los estados más violentos registran menor 

participación —la frontera norte lo muestra en bloque—. Y aquí conviene añadir un matiz que cambia la 

lectura. 

Esa menor participación no altera hacia dónde se inclinan los que sí votan, pero no es neutral en a quién

le resta. El voto de Morena es un voto duro: sale a la urna llueva o truene. El electorado opositor es más 

blando y menos movilizado. Cuando la abstención sube —la empuje la violencia o el simple desánimo—, 

los que se quedan en casa son, en su mayoría, esos votantes blandos. 

Dicho sin rodeos: la abstención casi no le resta a Morena; le resta a la oposición. Convencer a alguien de 

cambiar su voto y lograr que salga a votar son dos problemas distintos, y la violencia solo toca el segundo 

—pero al tocarlo adelgaza, sobre todo, al lado que no tiene un piso garantizado. 

El resultado, aunque nadie lo haya buscado, es claro: en 2024 la abstención le recortó voto a la oposición 

y no a Morena, de modo que, por una vía puramente indirecta, terminó beneficiando a Sheinbaum. No 

cambió una sola preferencia; cambió quién se quedó en casa.

LA PRUEBA FINAMUNICIPIO POR MUNICIPIO

Todo lo anterior resulta de comparar estados enteros, y sobre eso pesa una sospecha legítima: que un 

estado pobre vote por Morena no prueba que las personas pobres lo hagan. Por eso se bajó la resolución. 

Municipio por municipio, los electores pobres votaron 72% por Sheinbaum contra 59% los no pobres, y la 

diferencia aguanta incluso comparando municipios de una misma región. El vínculo pobreza–voto es sólido 

y no un truco de agregación.

El vínculo delito–voto, en cambio, se desmorona: cambia de signo según la zona. En el centro del país el 

municipio violento castiga a Morena; en el sur, si acaso, lo premia levemente. Una relación que cambia de 

signo según dónde se la mire no es una ley: es un accidente de cómo está compuesto cada territorio.ESTO QUÉ IMPLICA PARA LA ESTRATEGIA ELECTORAL

Lo expuesto hasta ahora tiene tres consecuencias directas:

 Seguridad y pobreza son dos problemas separados, y no conviene meterlos en el mismo diagnóstico. 

Bajar la pobreza no reducirá los homicidios, y pacificar una zona no reacomodará su voto. Quien 

diseñe campaña o política pública debe atacarlos con instrumentos distintos, porque responden a 

lógicas distintas.

 El argumento de que «la inseguridad le cobra factura al gobierno» no se sostiene con los datos de 

2024, ni entre estados ni entre municipios. Lo que la violencia sí hace es adelgazar el padrón que 

efectivamente vota en las zonas más golpeadas. Y en una elección de baja participación gana quien 

tenga el voto más fiel y la mejor estructura territorial —sea quien sea—, porque ahí pesa más quien 

sabe sacar a su gente a votar que quien tiene el mejor mensaje. 

En 2024 ese «quien sea» tuvo nombre: la base morenista, de voto duro, resistió la abstención mucho 

mejor que la oposición, así que el vaciado de la urna jugó, sin proponérselo, a favor del oficialismo.

 Persuadir y movilizar se juegan en mapas distintos y piden tácticas distintas. La persuasión se decide 

sobre el eje de la pobreza, con más margen en el Bajío —el verdadero bastión opositor— que en el 

Norte. La movilización se decide, entre otras cosas, contra el freno que impone la violencia: donde 

más matan, más cuesta llevar a la gente a la urna, y esa es una batalla de estructura, no de discurso.

Al final, el mapa electoral de México se lee mejor con dos capas que casi no se tocan: una de pobreza, que 

ordena la preferencia, y otra de violencia, que ordena la ausencia. Confundirlas es el error más común del 

análisis político. Separarlas es el primer paso para entender qué se puede mover, dónde y con qué 

herramienta.

NOTA FINAL: Si alguien desea conocer el estudio técnico en el que se fundamenta este ensayo, por favor 

háganmelo saber.

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