Las ausencias del Informe y su mensaje: Gustavo A Vicencio
«Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer.»
Abraham Lincoln
Después de todo informe presidencial viene la guerra de cifras, unos defendiendo las dichas por la presidente y otras refutándolas y/o complementándolas. El dato oficial de 51% menos homicidios, se contrasta con el argumento opositor de que ocultan muertos en otras columnas, en una reclasificación mañosa. 35 mil millones de dólares en inversión, presumidas por la presidente, contra el argumento de que la inversión nueva no llega al 8%. Se jactan de una tasa de 2.7% de desempleo, en una economía con la mayoría de trabajadores fuera de la formalidad, quienes no cuentan con prestaciones ni seguridad social.
En esta ocasión resaltó otro detalle con mayor significado político. Lo que flotó en el ambiente fueron las ausencias notables de varios personajes, íconos del morenismo. No estuvieron en Palacio Nacional Adán Augusto López Hernández, exsecretario de Gobernación y hasta hace poco coordinador morenista en el Senado. Tampoco Gerardo Fernández Noroña. Tampoco Andy López Beltrán, junto con sus hermanos Bobby y José Ramón, ni Beatriz Gutiérrez Müller. Es decir: la familia López Obrador, en pleno, decidió no aparecer en el evento más importante del año político. Un año antes, en el primer informe, Andy sí había asistido y ocupado un lugar visible entre los invitados. Esta vez, ni registro. Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa señalado por una fiscalía de Estados Unidos, tampoco fue: pidió licencia y mandó a una interina en su lugar. Eso no es protocolo. Eso es un mensaje. Y es un mensaje que ninguna cifra del Informe puede desmentir, porque Sheinbaum misma lo confirmó sin querer: cerró su discurso con la frase «que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimiento». Nadie que gobierna sobre terreno firme necesita aclarar, ante gabinete y cámaras, que no hay ruptura. Se lo dice quien sabe que la pregunta ya está instalada.
Otra ausencia digna de tomar en cuenta fue la del “pueblo”. La presidente se atrincheró en Palacio Nacional. Evitó el Zócalo y las grandes multitudes. Sin porras, sin miles de acarreados. Dentro, con los gobernadores sentados en riguroso orden alfabético y con «pocos invitados», según describieron reporteros presentes. Aplausos seguros, terreno cómodo, sin la presión de que algunos manifestantes le pudieran aguar la fiesta. Por otro lado, hubo también una ausencia significativa. La panista Maru Campos quien fue la única gobernadora ausente. Ella lo explicó sin rodeos: fue «un acto de prudencia», después de la ofensiva que, dijo, lanzó morena en su contra por el caso de los agentes estadounidenses muertos en Chihuahua. Es decir, una gobernadora de oposición decidió que ir al Informe era, literalmente, un riesgo político. Eso dice más del clima de la relación federación-estados que cualquier discurso sobre «diálogo y cooperación» con Washington.
Lo relevante de este Informe no es lo que Sheinbaum dijo desde el podio, sino lo que el patio de Palacio Nacional dejó ver en los asientos vacíos: una cuarta transformación que ya no es un bloque monolítico, sino una coalición de tribus —la López Obrador, la Rocha, la propia Sheinbaum— que empiezan a medir distancias entre sí a la vista de todos, aunque el discurso oficial insista en que no pasa nada. El dato que debería llamar la atención es que, a dos años de gobierno, la presidente ya necesita convencer a su propia mesa de que sigue siendo una sola familia.
Este es un mensaje que la oposición debería ponerle toda la atención necesaria. Sería una verdadera lástima que las evidentes fracturas del oficialismo no puedan ser aprovechadas por las que está sufriendo la oposición, en especial el PAN. La salida de militantes destacados, las muestras de inconformidad al interior y en público de líderes que han luchado por años en sus filas, los llamados a constituirse en una oposición más combativa, más presente, más cercana a las causas ciudadanas representan focos rojos que deben ser atendidos y resueltos antes de que escalen a niveles inmanejables. Hay talentos suficientes, hay ideas, hay principios. Que las inercias internas, los intereses creados, los desacuerdos entre visiones distintas puedan dirimirse con diálogo, con una auténtica visión de Estado, de futuro, de esperanza. Todavía hay tiempo de rectificar errores y desterrar malas prácticas.
Ante la fractura oficialista, México necesita un PAN unido, no por conveniencia sino por contar con un proyecto común donde todos caben y todos pueden aportar. Trabajemos en lo importante y dejemos a un lado intereses personales y de grupo. Nuestra nación lo vale.
