¿SE VOLVIÓ LOCO EL MUNDO?

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Del derrumbe de las viejas certezas 

al nacimiento de un orden desconocido.

(Tiene razón mi amigo Blas Cruz)

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Un amigo muy apreciado, que probablemente representa la inquietud de muchos de mis lectores, me preguntó hace unos días: «¿Qué pasa con el mundo, que parece estar loco?». La pregunta puede parecer una expresión espontánea de desconcierto, pero la sensación que encierra está más que justificada. Guerras que se prolongan y se multiplican; conflictos armados que no siempre reciben formalmente ese nombre, pero producen muerte, desplazamientos y atrocidades; migraciones masivas; terremotos, inundaciones, huracanes y temperaturas extremas; democracias debilitadas; gobernantes populistas que prosperan mediante el miedo y la polarización; y una inteligencia artificial que comienza a transformar el trabajo, el conocimiento y hasta nuestra concepción de lo humano. No estamos contemplando una sola crisis, sino la coincidencia de muchas crisis que interactúan y se refuerzan. Ante semejante panorama, pensar que el mundo ha enloquecido no es necesariamente una exageración: es la manera cotidiana de expresar que las explicaciones conocidas ya no parecen suficientes para comprender lo que está ocurriendo.

Un mundo de guerras

Las guerras no han desaparecido con el progreso económico, la interdependencia comercial ni el desarrollo tecnológico. Rusia y Ucrania continúan destruyéndose en un enfrentamiento que combina trincheras, artillería y ocupación territorial con drones, ataques contra infraestructura energética, sabotaje, desinformación y guerra económica. La población civil permanece expuesta mientras la guerra se extiende más allá del frente: Ucrania ataca objetivos dentro de Rusia y las fuerzas rusas golpean ciudades e instalaciones esenciales ucranianas.

En el Medio Oriente, la guerra de Gaza forma parte de una confrontación regional mucho más amplia. Israel, Irán, Líbano, Siria, las monarquías del Golfo y Estados Unidos están involucrados, en distintos grados, dentro de un sistema de amenazas, ataques, alianzas y negociaciones cambiantes. Los Emiratos Árabes Unidos suspendieron el comercio con Irán después de recibir nuevos ataques con misiles. El estrecho de Ormuz, por donde circula una parte decisiva de la energía mundial, se ha convertido nuevamente en escenario de confrontación. Mientras Trump afirma que está abierto, Irán sostiene que permanece cerrado a la navegación. Ya no estamos solamente ante guerras delimitadas territorialmente: estamos ante conflictos que pueden alterar el comercio, la energía y la seguridad de países muy alejados del campo de batalla. (AP, 2026Reuters, 2026).

Las guerras que no siempre llamamos guerras

África muestra con particular crudeza las limitaciones de nuestras categorías. Algunos de sus conflictos no son guerras convencionales entre dos Estados o ejércitos claramente identificables. Intervienen milicias, grupos yihadistas, organizaciones criminales, fuerzas gubernamentales, mercenarios, comunidades armadas y potencias extranjeras. Sin embargo, que no siempre los llamemos guerras no reduce su violencia.

Sudán, Sudán del Sur, el Sahel, Somalia, la República Democrática del Congo y otras regiones padecen ataques contra civiles, violencia sexual, reclutamiento forzado, destrucción de comunidades y desplazamientos prolongados. En África oriental y meridional, los refugiados permanecen fuera de sus lugares de origen durante un tiempo promedio de casi dieciséis años. En África occidental y central había, en abril de 2026, cerca de veinte millones de personas desplazadas forzosamente o apátridas; más de catorce millones eran desplazados dentro de sus propios países. No se trata de emergencias pasajeras, sino de sociedades enteras viviendo durante años dentro de la precariedad y la violencia. (ACNUR, 2026ACNUR, 2026).

A esto se agregan crisis sanitarias que encuentran Estados debilitados y poblaciones en movimiento. El nuevo brote de una variante poco común de ébola en el Congo, según AP, alcanzó aproximadamente cinco mil casos y avanzaba con mayor rapidez que los esfuerzos de contención. La movilidad de los mineros artesanales dificulta localizar a las personas expuestas. Guerra, pobreza, explotación de recursos, desplazamiento y enfermedad dejan de ser problemas separados y comienzan a alimentarse mutuamente. (AP, 2026).

Fronteras que se convierten en instrumentos de presión

Las migraciones masivas procedentes de África, Asia y el Medio Oriente no obedecen a una sola causa. Algunas personas huyen de guerras o persecuciones; otras escapan de la pobreza, el deterioro ambiental, la violencia criminal o la imposibilidad de construir un futuro. Las diferencias jurídicas entre refugiado, desplazado y migrante son indispensables, pero no eliminan la experiencia común de abandonar el lugar propio porque permanecer allí se ha vuelto peligroso o inviable.

Ceuta y Melilla, las ciudades españolas situadas en el norte de África y fronterizas con Marruecos, condensan muchas de estas tensiones. Son territorio español, fronteras exteriores de la Unión Europea, objetos de una disputa histórica de soberanía y puntos recurrentes de entrada de migrantes. En mayo de 2021, miles de personas cruzaron hacia Ceuta en medio de una crisis diplomática entre España y Marruecos.

Ese acontecimiento mostró algo que debemos observar con cuidado: la migración puede ser simultáneamente una tragedia humana y un recurso de presión entre gobiernos. Las personas desplazadas dejan de ser solamente sujetos necesitados de protección y pueden convertirse en instrumentos dentro de una confrontación diplomática. La frontera ya no es únicamente una línea que separa territorios; se transforma en una arena donde confluyen soberanía, seguridad, desigualdad, identidad nacional y poder político.

La naturaleza también parece haberse desordenado

A la violencia humana se agregan terremotos, inundaciones, incendios, huracanes, sequías, calores extremos, y lluvias torrenciales. Aquí debemos evitar una confusión: los terremotos obedecen a procesos geológicos y no son provocados por el calentamiento global. Tampoco puede atribuirse automáticamente cada tormenta o inundación particular al cambio climático. Pero sí existe evidencia científica de que el calentamiento de la atmósfera y los océanos está modificando la frecuencia, intensidad o consecuencias de numerosos fenómenos extremos.

La Organización Meteorológica Mundial advirtió que un fuerte episodio de El Niño se intensificaría entre agosto y octubre de 2026, acompañado de temperaturas superiores a lo normal en gran parte del planeta y de alteraciones importantes en los patrones de lluvia. Algunas regiones recibirán precipitaciones excesivas; otras enfrentarán sequías y mayor peligro de incendios. El Niño es un fenómeno natural recurrente, pero ahora opera sobre océanos excepcionalmente calientes y sobre un calentamiento global producido principalmente por las actividades humanas. (Organización Meteorológica Mundial, 2026).

La sensación de locura surge, en parte, porque contemplamos simultáneamente tragedias de origen diferente. Un terremoto, una guerra y una inundación no poseen la misma causa. Pero sus consecuencias pueden converger: destrucción de viviendas, interrupción de servicios, inseguridad alimentaria, desplazamientos, migraciones y competencia por recursos públicos cada vez más insuficientes.

El ascenso de los populismos

El desorden no se limita a las guerras y las catástrofes. También afecta a las instituciones creadas para procesar pacíficamente los conflictos. Muchos ciudadanos han dejado de confiar en los partidos, los parlamentos, los tribunales, los medios de comunicación y los expertos. Perciben que las élites hablan entre sí mientras las condiciones de vida de grandes sectores permanecen estancadas o empeoran.

En ese ambiente prosperan dirigentes que ofrecen respuestas simples para problemas complejos. Identifican enemigos, prometen restaurar una grandeza perdida, desacreditan a los intermediarios institucionales y presentan cualquier límite a su voluntad como una conspiración. Su poder no proviene solamente de engañar a los ciudadanos. También se alimenta de agravios reales: desigualdad, inseguridad, pérdida de empleos, migraciones mal administradas, corrupción y la sensación de haber sido abandonados.

La evidencia disponible indica un deterioro democrático más amplio. El informe de V-Dem de 2026 considera que casi una cuarta parte de los países atravesaba procesos de autocratización y señala retrocesos incluso en democracias consolidadas. Incluye a Estados Unidos entre los casos nuevos y califica la velocidad de su deterioro como extraordinaria. Esto no significa que todas esas democracias hayan desaparecido; significa que sus mecanismos de control, libertades y normas están siendo erosionados. (V-Dem Institute, 2026).

Trump y la política de la contradicción

Trump representa de manera excepcional esta época. Parece actuar sin rumbo porque cambia de aliados, amenaza a gobiernos amigos, reduce ejercicios militares con Corea del Sur mientras busca una relación personal con Kim Jong Un, presiona a Ucrania y redefine sus compromisos internacionales. Impone aranceles y después negocia su suspensión; convierte acuerdos comerciales, alianzas militares y relaciones históricas en transacciones que deben renegociarse constantemente.

Pero describir su gobierno únicamente como caótico sería insuficiente. Detrás de las contradicciones puede reconocerse una orientación: debilitamiento del orden multilateral, personalización de la política exterior, utilización de aranceles como instrumentos coercitivos y sustitución de alianzas relativamente estables por relaciones condicionadas a la obediencia o al beneficio inmediato.

Corea del Norte, por ejemplo, rechazó públicamente que la reducción de los ejercicios militares entre Estados Unidos y Corea del Sur modificara su posición. Trump había presentado esa reducción como una señal de apertura y expresó su intención de reunirse nuevamente con Kim Jong Un. La política exterior queda así ligada a relaciones personales entre dirigentes, mientras los compromisos institucionales de largo plazo pierden certidumbre. (AP, 2026Reuters, 2026).

El hemisferio vuelve a convertirse en zona de intervención

La transformación resulta todavía más visible en América Latina. Durante el último año, fuerzas estadounidenses han bombardeado embarcaciones que Washington acusa de transportar drogas por el Caribe y el Pacífico. Cientos de personas habrían muerto. Ahora el gobierno anuncia que busca extender esa campaña hacia operaciones terrestres y afirma haber alcanzado acuerdos para realizar acciones conjuntas en varios países. Guatemala, sin embargo, negó haber aceptado uno de esos acuerdos.

Estados Unidos también envió fuerzas a Venezuela y capturó a Nicolás Maduro durante una operación militar en enero de 2026. Posteriormente intensificó la presión contra Cuba mediante un bloqueo petrolero, presencia militar, acusaciones penales y amenazas de intervención. En México, agentes estadounidenses habrían participado en operaciones contra laboratorios de drogas y Trump ha amenazado con acciones militares contra los cárteles. (AP, 2026AP, 2026).

Debemos formular una pregunta incómoda: ¿quién determinó que cada una de las embarcaciones destruidas transportaba drogas y que sus ocupantes eran narcotraficantes? ¿Qué evidencia se presentó? ¿Bajo qué autoridad jurídica se sustituyeron la captura, la investigación y el juicio por una ejecución militar?

Todavía sería prematuro afirmar que existe una doctrina hemisférica completamente articulada. Pero los hechos permiten plantear una hipótesis: Washington puede estar dejando de concebir el continente como una comunidad de Estados formalmente soberanos y tratándolo nuevamente como una zona de seguridad sometida a su jerarquía. Los instrumentos empleados —fuerza militar, aranceles, bloqueos, presiones migratorias y amenazas— borran las distinciones entre diplomacia y coerción, combate al crimen y guerra, cooperación y subordinación.

Los conflictos constantes con México y Canadá forman parte del mismo patrón. Dos de los socios económicos más importantes de Estados Unidos ya no pueden dar por sentada la estabilidad de su relación. La alianza deja de ser un compromiso duradero y se convierte en una negociación permanente bajo amenaza.

¿Por qué llegamos hasta aquí?

No existe una sola explicación. Han convergido transformaciones acumuladas durante décadas:

Las redes sociales aceleraron la circulación del miedo y la indignación, al mismo tiempo que facilitaron la propagación de mentiras, rumores y campañas deliberadas de desinformación. La desigualdad concentró recursos económicos y capacidad política. Las instituciones internacionales conservaron reglas diseñadas para un mundo que ya no existe. El cambio climático multiplicó presiones sobre alimentos, agua, vivienda y migración. Finalmente, la competencia entre Estados Unidos, China, Rusia y otras potencias debilitó el periodo de predominio occidental surgido después de la Guerra Fría.

No es que todas las sociedades hayan enloquecido al mismo tiempo. Es que muchos de los mecanismos que organizaban el mundo perdieron capacidad para contener sus conflictos.

La inteligencia artificial y el mundo que viene

En medio de esta transición apareció la inteligencia artificial generativa. Su importancia no consiste únicamente en que escriba textos, produzca imágenes o responda preguntas. Comienza a intervenir en el trabajo, la educación, la ciencia, la guerra, la vigilancia, la administración pública y la formación de opiniones.

La Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa. La mayoría de los empleos probablemente será transformada antes que eliminada, pero los beneficios y costos se distribuirán desigualmente. Un estudio de 2026 advierte que los países en desarrollo pueden experimentar la disrupción antes de recibir los beneficios de productividad, ampliando las diferencias existentes. (OIT, 2025OIT–Banco Mundial, 2026).

La IA puede ayudarnos a comprender enfermedades, anticipar desastres, aumentar la productividad y democratizar el acceso al conocimiento. También puede concentrar poder en pocas empresas y gobiernos, desplazar empleos iniciales, multiplicar la desinformación y convertir la vigilancia en una presencia permanente. No posee un destino político propio: será aquello que permitan y decidan las instituciones, los propietarios de la tecnología, los gobiernos y las sociedades.

¿Un cambio de paradigma?

¿Existe evidencia para afirmar que el mundo nunca volverá a ser el mismo? La expresión es tentadora, pero debemos emplearla con cautela. Todas las generaciones han sentido, durante guerras y revoluciones, que presenciaban el fin del mundo conocido. Algunas tuvieron razón; otras confundieron una crisis profunda con una transformación permanente.

Sin embargo, la convergencia actual contiene elementos de un cambio estructural: el debilitamiento del orden internacional construido después de 1945; la pérdida relativa del predominio occidental; la erosión democrática; la emergencia climática; la transformación tecnológica del trabajo y el conocimiento; y el regreso de la fuerza como instrumento abiertamente aceptado de política exterior.

Por separado, cada fenómeno podría considerarse una crisis. Juntos pueden estar anunciando un cambio de paradigma. Esto no constituye todavía una ley ni una conclusión definitiva. Es una hipótesis respaldada por señales importantes que debemos seguir examinando.

Entonces, ¿se volvió loco el mundo?

Mi amigo tenía razones suficientes para formular la pregunta. El mundo parece enloquecido porque guerras, migraciones, catástrofes, gobiernos autoritarios, cambios tecnológicos y decisiones contradictorias llegan simultáneamente hasta nosotros. Pero también porque las antiguas categorías dejaron de ordenar adecuadamente la realidad: ya no sabemos con claridad dónde termina la policía y comienza la guerra; cuándo una alianza se convierte en subordinación; cuándo una frontera protege y cuándo se utiliza como arma; cuándo una tecnología libera y cuándo concentra poder.

Quizá no estamos presenciando solamente la descomposición del mundo conocido. Puede estar naciendo otro.

Ese mundo nuevo no será necesariamente mejor ni peor por sí mismo. Dependerá de quién defina sus reglas, quién controle sus tecnologías, quién posea sus recursos y qué capacidad conserven los ciudadanos para limitar el poder. Nuestra obligación no consiste en mirar el desorden con resignación ni en refugiarnos en la nostalgia. Consiste en aprender a reconocer lo que está surgiendo.

Sí: el mundo parece haber enloquecido. Pero detrás de esa apariencia puede encontrarse algo todavía más importante y desafiante: un mundo diferente está luchando por nacer, y todavía no sabemos quién tendrá el poder para darle forma.

*Alfredo Máximo Cuéllar es profesor universitario jubilado, escritor, articulista, conferencista y consultor. Es autor de Micropolítica: El ejercicio del poder, obra en la que estudia el poder como un fenómeno relacional que adquiere significado dentro de intereses, dependencias, arenas, escenarios y circunstancias concretas. Actualmente trabaja en la tercera edición del libro.

Nota sobre el uso de inteligencia artificial: Para la preparación de este artículo utilicé inteligencia artificial como instrumento de investigación y colaboración intelectual. Me ayudó a localizar y organizar información, contrastar fuentes, estructurar el argumento, examinar posibles interpretaciones y revisar la redacción.

La pregunta que originó el artículo, su orientación conceptual, las decisiones analíticas y las conclusiones son mías. También revisé críticamente las propuestas de la IA, corregí generalizaciones y evité presentar hipótesis como hechos comprobados. La responsabilidad final por lo publicado —incluidos sus juicios, posibles errores y omisiones— me corresponde exclusivamente.

No considero que la inteligencia artificial sustituya al autor. Puede ampliar su capacidad de investigación, organización y análisis, pero no debe reemplazar su criterio, su experiencia ni su responsabilidad. En este artículo fue utilizada precisamente de esa manera: como una colaboradora bajo dirección humana, no como una autoridad independiente.

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