Las mujeres de la persecución y la cristiada
Jean Meyer, autor del gran libro “La Cristiada”, señaló que en entrevista Juan Rulfo le dijo: “si usted no toma en cuenta a la mujer, usted no entiende a la Cristiada, sin la mujer no hay Cristiada”.
La historia de esa trágica época, tan desconocida por los mexicanos de las décadas recientes, desde los 30 hasta ahora, pero que gracias a muchos esfuerzos de que se sepa la verdad de los acontecimientos de persecución y guerra de la década de 1920 se ha ido divulgando, hacen referencia a los hombres, los jóvenes y hasta niños que lucharon por la libertad religiosa con la oración, con la manifestación, el testimonio, el sacrifico, la muerte y protesta pública pero sobre todo la defensa armada: la Cristiada. Pero como sucede respecto a muchos episodios de la historia del mundo, no solo la mexicana, queda en la sombra el papel que las mujeres representaron en los hechos. Por eso Juana De Arco es tan importante.
Un viejo refrán dice que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. Y en la gran defensa por la libertad religiosa en México, civil y armada, detrás de esos grandes hombres que pusieron su vida y su muerte por su religión, muchos miles de grandes mujeres participaron de diversas maneras por la misma causa.
Y las mujeres actuaron de muy diversas formas, antes y durante la lucha armada de los cristeros. Valientemente se manifestaron públicamente por la defensa de sus derechos a vivir su fe, apoyaron a sus varones, hijos, hermanos, esposos, padres y quienes fueran, a defender su fe. Los apoyaron primeramente con sus oraciones al Señor con amor y de muchísimas maneras materiales.
Mientras miles de varones participaban en la defensa cristera de la fe, suplieron en lo posible sus actividades de sostener los hogares, con trabajos campesinos y de todo tipo, supliendo a quienes hacían la cristiada, la guerra. Cuidaban de sus hijos, de los huérfanos, de las viudas, de los ancianos. Cuando había ocasión buscaban y encontraban la manera de ayudar a sus hombres en lucha con alimentos, vituallas, cuidados de heridos, darles cobijo y esconder a quienes el gobierno buscaba para asesinarlos, incluyendo a sacerdotes que para celebrar los sacramentos y la misa tenían que hacerlo a escondidas.
Toda esa heroicidad femenina muchas veces se da por sentada y no se menciona y mucho menos se reconoce, se valora. Pero su importancia es extrema, como dijo Rulfo a Meyer: “si usted no toma en cuenta a la mujer, usted no entiende a la Cristiada, sin la mujer no hay Cristiada”.
Cuando un grupo armado lucha, la historia hace normalmente referencia a las batallas, pero se olvida lo que todo militar en campaña (o en paz) sabe: que se requiere una operación permanente logística de aprovisionamiento de todo, desde los alimentos diarios hasta atención a muertos y heridos, y esencialmente material de guerra, parque, es decir municiones y otros medios, más armas, uniformes, medios de lucha contra los elementos. Y algo esencial: comunicación.
Y al hablar de los cristeros, en sus muy diversos grupos (que eran más guerrillas que ejército, hasta que llegó el general Gorostieta a organizarlos como tal), la pregunta no hecha es ¿Cómo recibían todo lo necesario para guerrear de manera suficiente y organizada? A pequeña escala, cuando llegaban a poblados simpatizantes, la gente les daba alimentos, agua. alojamiento y alguna ayuda, pero no parque, por ejemplo. Entonces, ¿quién les proveía lo necesario en campaña? ¿Cómo mantenían comunicación entre sí, con sus centros de mando y con los activistas en las ciudades, como con la Liga Defensora de la Libertad religiosa, la “U” (es decir la Unión Popular) y con los sacerdotes?
La respuesta es femenina. En buena parte el avituallamiento y más de los grupos cristeros lo desempeñaba una organización muy eficiente, que se mantuvo en secreto hasta marzo de 1929, cuando el gobierno finalmente la descubrió. Se trata de una enorme entramada de mujeres que, en diversas brigadas, con estructura tipo militar integraban la organización llamada «Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco».
Desde una sede central en la Ciudad de México, las brigadas de Santa Juana de Arco llevaban a los cristeros mucho de lo necesario para subsistir, y para pelear. Se las arreglaban para recibir, guardar y transportar municiones, medicinas, mensajes secretos y más entre sus ropas, o en carretas llevando materiales escondidos entre cargas diversas. Arriesgaron sus vidas, y algunas las perdieron. La mayoría desempeñó sus actividades con alta eficiencia, lo que permitió a los cristeros abastecerse de muchas cosas necesarias.
La historia secreta de las Brigadas Santa Juana de Arco es maravillosa y de enorme mérito ante Cristo Rey. Describir sus actividades, su organización, sus mártires y sus heroínas es enorme y se ha descrito en algunos medios. Narrarla requiere de muchas páginas de texto y por tanto solo hago mención a ella. Tras los “arreglos”, la jerarquía les pidió que se incorporaran a las actividades de acción católica y social, ya no en secreto y con fines de evangelización, tras su desempeño logístico de campaña.
Y así hay que tenerlo presente, contarlo, que las mujeres desempeñaron papeles esenciales, de testimonio, de oración, de manifestación pública, de participaciones en actividades de “La Liga,” en apoyo a sus varones, tanto en los medios civiles, de ciudades, de poblaciones menores como de ayuda en múltiples formas a los cristeros, sin la cual los grupos cristeros no hubieran podido sobrevivir en campaña. Sin parque, los fusiles y pistolas son de adorno.
Un canto que vi citado y transcribo con gusto, desconociendo su autor, pero sí su verdad, es el siguiente: “Es la dama mexicana* Flor que recuerda simbólica* Algo a Isabel la Católica* Y algo a la guadalupana”.
