La Integridad: La Competencia que NO Admite Negociación
“El poder no crea la integridad; simplemente revela la que una persona ya tenía.”
En las tres entregas anteriores hemos venido construyendo una idea que merece permanecer en el centro de esta reflexión. Primero entendimos que elegir un gobernador no debería ser un acto de popularidad, sino un ejercicio de evaluación. Después comprendimos que ganar una elección y saber gobernar son cosas muy distintas. Finalmente, concluimos que gobernar no depende únicamente del talento o del carisma, sino del desarrollo de competencias que se adquieren con preparación, experiencia y un liderazgo ejercido con responsabilidad. A partir de hoy iniciaremos el análisis de cada una de esas competencias. Y es natural comenzar por aquella sobre la que descansan todas las demás: LA INTEGRIDAD. Con frecuencia reducimos este concepto a la honestidad. Sin embargo, no significan lo mismo. La honestidad implica actuar con verdad y respetar lo que pertenece a los demás. La integridad va mucho más allá. Es la congruencia permanente entre lo que una persona piensa, dice y hace. Es mantenerse fiel a los propios principios cuando aparecen la presión política, los intereses económicos o la conveniencia personal. Es tomar decisiones guiadas por el interés público, incluso cuando ello represente un costo político. Por esa razón, la integridad no debe entenderse como una virtud que distingue a algunos gobernantes. Debe asumirse como la condición mínima para ejercer el poder con legitimidad. Quien gobierna no administra únicamente recursos públicos. Administra confianza. Y esa confianza se deposita cada vez que firma un contrato, designa a un funcionario, autoriza una obra, define un presupuesto o decide el destino de recursos que pertenecen a toda la sociedad. Por eso, la primera pregunta que un ciudadano debería formularse al evaluar a cualquier aspirante no es qué promete hacer. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿Ha demostrado integridad cuando ha tenido poder y responsabilidad? La respuesta no se encuentra en un discurso de campaña. Se encuentra en la trayectoria. En la forma en que ejerció los cargos que ya ocupó. En la transparencia con la que tomó decisiones. En su disposición para rendir cuentas. En la manera en que enfrentó los errores. Y, sobre todo, en la capacidad de colocar el interés general por encima de cualquier beneficio personal, político o de grupo. Porque las palabras pueden persuadir. Pero solamente los hechos generan confianza. Existe además una dimensión de la integridad que rara vez ocupa espacio en el debate público. Todo gobernante termina pareciéndose al equipo que decide construir. Quien tolera actos de corrupción entre sus colaboradores termina siendo corresponsable de ellos. Y quien privilegia la amistad, la lealtad política o los compromisos personales por encima del mérito y la capacidad comienza a debilitar las instituciones desde el primer día de su administración. La integridad, por tanto, no se limita al comportamiento individual. También se refleja en las decisiones que fortalecen o deterioran la calidad del gobierno. Cuando llegue el momento de evaluar a quienes aspiren a gobernar Nuevo León, convendrá mirar mucho más allá de la simpatía, del carisma o de la popularidad. Será necesario revisar su trayectoria. Analizar las decisiones que ha tomado. Observar los resultados que ha entregado. Y, sobre todo, valorar la congruencia con la que ha ejercido cada responsabilidad que la sociedad le ha confiado. Un gobierno puede corregir errores administrativos. Puede modificar políticas públicas. Puede rectificar decisiones equivocadas. Lo que difícilmente recupera es la confianza de los ciudadanos cuando la integridad se pierde. Ésa es la razón por la que esta competencia ocupa el primer lugar dentro de la metodología que estamos construyendo. No porque sea la única indispensable. Sino porque todas las demás encuentran en ella su fundamento. En la siguiente entrega analizaremos otra competencia esencial: la capacidad para tomar decisiones. Porque gobernar significa decidir todos los días, muchas veces con información incompleta, bajo presión y con la obligación de asumir plenamente las consecuencias de cada determinación.
¡¡La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector!!
“Porque hoy más que nunca, Nuevo León necesita menos ruido… y mucho más rumbo”.
Mtro. Miguel H. Botello Treviño Correo electrónico: mickbotello@gmail.com
